Es como un cáncer, uno de aquellos bien agresivo, que al erradicarlo de algún lugar del cuerpo hace metástasis. Otro órgano lo asume y parece una tarea de nunca acabar. Siempre existe un foco de infección. Es tan arraigada la patología que pareciera imposible sanarla. Por algo se dice que la enfermedad es lenguaje. ¿Ese cáncer esparcido por el cuerpo, no es acaso una expresión de guardados no dichos que no son atendidos a tiempo?
Hace siglos un ‘atrevido’ Galileo dijo que la tierra era redonda. Desde el olimpo del poder religioso y político, se lo condenó y silenció porque era demasiada su audacia de desafiar al poder católico. La ciencia le dio la razón y siglos después en un acto más de apariencia que de convicción, le pidieron perdón. Claro, como dijo hace poco De La Espriella, “la ignorancia es atrevida” (mirando la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio). A los poderosos se les olvida la vigencia de esa expresión: la ignorancia atropella desde su prepotencia y habrá que esperar que el ignorante aprenda. No siempre lo hace porque su ego (e inseguridad) no lo soportan..
Hoy Colombia enfrenta una situación que pasa desapercibida para muchos porque se vive a través de intangibles. Como si nos estuvieran envenenando el aire que se respira o el agua que se toma. Suave, sutil, como con vaselina, modifican patrones de conducta que habían abierto posibilidades de respeto y equilibrio en sociedad. La pluralidad logró reemplazar el unanimismo, un único camino, un único enfoque, una única manera de enfrentar el mundo. La pluralidad dio paso al respeto por la diferencia, dándole opciones a muchas vidas de habitar el mundo con más confianza.
Pero repitiendo la expresión presidencial, “la ignorancia es atrevida”, hoy se toman decisiones nacidas de la ignorancia, del miedo y del abuso de poder, como si el país le perteneciera a un hombre que considera que ‘su’ verdad debe ser la de todos. Es increíble la forma en que se atropella creyendo que el poder da licencia para hacerlo. No se ve, no trae sangre ni cadáveres a la vista de todos, no. Por ello es absurda la dualidad presidencial: persigue criminales en aras de la seguridad social pero genera violencia doméstica, emocional y personal buscando imponer su creencia. Como si tuviéramos que escoger con qué clase de violencia se quisiera convivir: la de las balas o la de las ideas. Con el agravante de que la violencia de las balas se nutre a sí misma y genera más violencia. La única que despeja el futuro es la confrontación de ideas. Pero a esta pareciera que se le tiene mas miedo que a la que produce muertos. No en vano es placentero caminar entre cadáveres.
El patriarcado ha regresado. Las diferencias están abolidas. Es peligroso disentir. La rabia masculina pasará factura… no es solo que vuelva un hombre a decirle a la mujer cómo debe vivir, vestir, creer o parir. Vuelve un sistema completo donde autoridad se confunde con autoritarismo, donde sometimiento y obediencia son sinónimos. Cuando se pierde la pluralidad lo primero que se pierde es el cuerpo de las mujeres. Siempre ha sido así. El primer territorio que coloniza el autoritarismo es el cuerpo ajeno, porque si controla cómo naces, cómo amas y cómo abortas, ya controlo tu futuro. Vuelve el dogmatismo disfrazado de orden, de familia, de Dios, de tradición. Años de equidad ganados con nombres, con marchas, con leyes, con muertes, con niñas que por fin pudiron decir “yo decido”, borradas de un plumazo por decreto, por sermón, por miedo, por control, “porque sí”.
Pero no es un tema solo de mujeres. Es el termómetro de la democracia. Un país que vuelve a encerrar a la cultura (y a la mujer) en una única manera, es un país que ya decidió que no soporta la diferencia. Y eso, como todo cáncer no tratado a tiempo, no avisa cuando hace metástasis. Solo un día despiertas y ya no hay como volver…