Como ya se dijo en esta columna (Historia y Política, 27/11/2025) los problemas más evidentes de este bello, pero peculiar país, precisan candidatos, mujeres y hombres, que planteen propuestas concretas y realizables debidamente asesorados por ministros competentes, y que estén informados del territorio en tanto su geografía e historia, y con experiencia en su manejo político administrativo. Que no sean populistas, ni polarizadores, ni basados en informaciones falsas o difundiéndolas; intelectuales que hayan escrito sobre lo que piensan de Colombia y el Mundo, y no que se limiten a la oratoria agitadora desde el balcón y las redes sociales aprovechándose de que aunque el país ya no es mayoritariamente analfabeto se comporta como si lo fuera.
Candidatos que sean conocedores de las regiones Andina, Caribe, Pacífica, Orinoquía, Amazonía e Insular, y con una visión más federalista que centralista del país, y que entiendan la importancia que han cobrado últimamente las ciudades en el Mundo, ciudades en las que en Colombia ya habita alrededor de las tres cuartas partes de la población total, a base de gentes venidas del campo y de pequeñas poblaciones, ellas o sus padres, por lo que aún no han tenido tiempo de adquirir una sólida cultura urbana, y su comportamiento en la calle y con los vecinos deja mucho que desear. O sea, candidatos que entiendan que en el Siglo XX Colombia pasó de ser un país rural a ser uno ya urbanizado, pero no ‘urbano’ y lo que esto implica en no pocos aspectos.
El candidato ideal procede de una respetable familia de clase media, se educó en un excelente colegio, estudió en la mejor universidad del país y realizó su posgrado en Europa, más otras especializaciones, y su trayectoria profesional es importante. Ha viajado por todo el mundo y habitado en varias ciudades. Su experiencia en cargos políticos se ha destacado por su eficacia y rechazo a la corrupción; conoce bien todo el país; y el partido que lo apoya es respetado. Su plan de gobierno parte de identificar y priorizar los principales problemas del país, luego vienen sus propuestas al respecto y como poder llevarlas a cabo, incluyendo las personas que se ocuparían de ellas en su gabinete; y su candidato a la vicepresidencia es muy parecido a él y han trabajado juntos.
Pero a menudo, un ‘mejor’ candidato (por currículum y preparación) no coincide con lo que el votante busca emocionalmente. Los que se centran solo en propuestas técnicas no logran conectar con la realidad cotidiana de la gente. En entornos altamente polarizados, se suele votar más por ‘miedo al otro’ o por alineación partidista o por simple polarización, que por las capacidades individuales del candidato. En muchos partidos actuales, la elección de candidatos no lo es por mérito puro, sino por el respaldo de líderes nacionales, y resultado de pujas y acuerdos entre políticos locales y la dirigencia nacional. Un candidato puede ser el mejor teóricamente, pero, si su estilo de trabajo no encaja con la incipiente cultura política del país, difícilmente será elegido.
Considerando todo lo anterior, hay que insistir en que hay que evolucionar a un sistema de gobierno parlamentario (Elegir la democracia, 23/06/2021), en el que el jefe del gobierno es designado por el parlamento, y sus miembros elegidos por los ciudadanos en orden de preferencia (voto ranqueado). Parlamento al que dicho jefe debe responder por su actuación, pública y personal, y su mandato controlado por el poder judicial. No más presidentes elegidos directamente por una minoría de ciudadanos debido a los que prefieren no votar a hacerlo en blanco. Unos ‘presidentes’ que cada vez en el mundo se tornan ‘dictadores elegidos’ sean de extrema izquierda o de derecha, que entonces buscan su tramposa reelección hasta su muerte o golpe de estado o ‘extracción’.