Faltan tres meses para que Gustavo Petro sea expresidente de Colombia y poco se habla en el país político sobre cómo será su rol como expresidente. Mientras la gran discusión se centra en las elecciones y en cómo vencer al candidato gobiernista, es hora de que también abramos la discusión sobre cómo pasar la página de uno de los gobiernos más divisivos de la historia reciente del país.
Desde ya debemos tener claro que Petro será uno de los más activos expresidentes de la política colombiana, desde sus plataformas digitales y las plazas públicas. Sin la responsabilidad de ejecutar presupuestos, entregar resultados y liderar grandes equipos de trabajo, Petro podrá regresar como expresidente al campo donde más se siente cómodo: el de la retórica. El problema es que el país ha visto lo poco que le importa radicalizar su tono y convertirse en uno de los mayores factores de división en la política nacional.
En un primer escenario, si la Presidencia es alcanzada por la oposición, por medio de la candidatura de Paloma Valencia o de Abelardo de la Espriella, podemos saber el rol abiertamente crítico que tendrá Petro, incluso antes del inicio de la nueva administración. Desde ya, el presidente ha sido claro en que podría desconocer un resultado electoral adverso y que incluso llamaría a las protestas de la ciudadanía como lo hizo en los paros de 2019 y 2021. Y a comparación de esas ocasiones, Petro como expresidente tendrá un poder y una plataforma mucho más fuerte que cuando era un senador de la oposición.
Ese escenario es uno de los más predecibles y claros. Pero, en cambio, la pregunta que propongo es cuál será el rol del presidente si gana su candidato, Iván Cepeda. Porque si algo ha demostrado Petro durante años de liderazgo político es la inestabilidad de sus equipos y su facilidad para romper con sus antiguos aliados. Su rol como eventual figura de poder detrás del poder, sumado a su famosa impulsividad, podría llevar a una difícil relación política con su posible candidato ganador. Así mismo, la experiencia política de Colombia y América sugiere que los sucesores están lejos de hacer felices a sus mentores.
Normalmente, escoger sucesores funciona para las temporadas de elecciones, pero usualmente los caudillos pelean con quienes eligen para reemplazarlos. Sin ir más lejos, Rafael Correa señaló a Lenín Moreno como su continuación y ahí comenzó una de las mayores disputas políticas de América Latina. Y el país conoce el caso del enfrentamiento de Álvaro Uribe con dos sucesores que escogió: Iván Duque y Juan Manuel Santos. Menos conocida ahora es la famosa fractura de Miguel Antonio Caro con José Manuel Marroquín, que llevó a una difícil crisis a comienzos del siglo XX. También podemos repasar historias mucho más lejanas, como la muy discutida ruptura entre Roosevelt y Taft, quienes habían sido cercanos colaboradores durante años.
Esto suele ocurrir en la izquierda y la derecha por igual y tiene una explicación sencilla: que quien llega a la presidencia rara vez cumplirá las órdenes de su jefe político y tomará decisiones desde el criterio propio. Y así como muchos dirigentes respetan la autonomía de sus sucesores, los caudillos esperan tomar decisiones en cuerpo ajeno y no tienen problema en desatar grandes crisis ante el primer choque con sus reemplazos. Y aquí la pregunta de fondo que debe quedar en la discusión política colombiana es qué tanta vocación de gobernar sin autonomía tiene Iván Cepeda, y a su vez cuánta tolerancia tendrá Petro si su elegido toma decisiones sin consultarlo. Para mí, la respuesta a estas dos preguntas lleva a prever una muy posible ruptura en el futuro.
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Posdata. Se acercan las elecciones de primera vuelta presidencial y el candidato Iván Cepeda está feliz: puntea en las encuestas y anunció que no irá a los debates. Mientras habla de una supuesta revolución ética, detrás suyo el Gobierno Petro mueve todo su aparato de propaganda, usa su presupuesto ilimitado y libera a jefes criminales para construir uno de los terrenos electorales más desiguales de la política reciente del país. Mientras usa la fachada de un discurso de ética, de fondo emplea una estrategia del ‘todo vale’.
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