“Ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan/ ahora que albando la toca, las altas suenan campanan/ y que los rebuznos burran, y que los gorjeos pájaran/ y que los silbos serenan y que los gruños marranan…” son rezongos de La Serenata de Marroquín.
Este es uno de los poemas que Gabriel García Márquez aprendió de memoria en el colegio secundario de Zipaquirá. Su autor era el literato y expresidente de la nación, José Manuel Marroquín. Quizá no haya sido un gran presidente de Colombia (1900-1904), pero lo claro sí es que se trataba de un gran poeta. Escritor y estadista, fue precedido en el poder por Manuel Antonio Sanclemente, y debió afrontar la dura realidad de perder a Panamá. “Me entregaron una república y yo les devuelvo dos…”, dizque afirmó con sorna Marroquín Ricaurte, cuando supo que Estados Unidos apoyó la separación de Panamá, una región que venía a ser como un departamento vecino del Chocó.
Marroquín depuso a Sanclemente y lo encarceló. La historia registra que Sanclemente fue humillado y abofeteado en prisión. Representaba al partido conservador y Marroquín al liberal, pero el bugueño jamás se rindió. No quiso firmar su dimisión, no obstante los constantes mensajes que le enviaban para que protocolizara el nuevo Statu Quo con su firma.
Marroquín dio plenos poderes a los Estados Unidos, para hacerse a una franja de cinco kilómetros a lado y lado del canal acordado mediante el tratado Herrán Hay, pero el Senado no lo respaldó. El 3 de noviembre de 1903, los Estados Unidos enviaron barcos de guerra a la zona, para contestar así a una hipotética respuesta bélica de Colombia, la que nunca se dio. Estados Unidos tomó el territorio de manera militar y puso de su lado a los políticos panameños de entonces, quienes corrieron a contratar con una modista la nueva bandera del istmo, el símbolo de una nueva república.
Perteneció Marroquín a la edad de oro de la gramática en Colombia, un tiempo en el que fue más importante ser poeta o literato que político avezado. Firmó buena parte de su creación literaria con los seudónimos de Gonzalo González de la Gonzalera, Pedro Pérez de Perales y el Parlanchín Entremetido.
Se conocieron también sus novelas Blas Gil, de 1896; ‘Entre primos’, dada a conocer en 1897, y ‘El Moro’, del mismo año.
Pero no solo en Colombia el arte literario llegó a ser más importante que la política. Desde siempre, en el mundo antiguo se le concedió al poeta el privilegio de ser portador del fuego de los dioses, un fuego que llegó a la multitud a través de la oralidad y de la oratoria, y hecho seducción y embrujo en la palabra escrita.
En latín existe la expresión ‘Locus amoenus’, el lugar idílico, o el espacio ameno, expresión que remite a esa circunstancia idealizada en la que “el lector prefigura el paraíso, se mece en olas de dulzura, se adormece en el placer de imaginar bosques sombríos, ríos caudalosos, días de cielos limpios, olor y sabor de comidas remotas”.
La crítica literaria logró escindir con suficiencia ese tempo que permite al artista prodigar segundos o minutos de ensoñación al lector, espacios muchas veces trajinados ya en la poética de los lugares comunes.
Si tuviéramos que buscar ejemplos magníficos de ese lugar idílico en la literatura, en su génesis, podríamos mencionar en la Biblia ciertos pasajes del Eclesiastés, de los Salmos y el Cantar de los Cantares, momentos en los que la poesía aparece de manera deliberada.