Fue Harold Nicolson, el diplomático americano más recordado, quien nos enseñó sobre el método diplomático. Él estudió la práctica de los griegos, los italianos y los franceses para inferir las enseñanzas que deberían guiar a los diplomáticos de nuestro tiempo.

El método diplomático, así lo aclaro, no es la política exterior de un país; es, ni más ni menos, la manera como un país tramita sus acuerdos y desacuerdos con otros.

Nicolson recoge las enseñanzas de un experimentado negociador francés del Siglo XVII, François de Callieres. Según él, y así lo comparte Nicolson, una diplomacia sensata está basada en la creación de confianza y esa confianza solamente está inspirada por la buena fe.

Nada de engaños, mucho menos de mentiras o de hipocresía. El secreto de la diplomacia, argumentó, es el de armonizar los intereses reales de las partes. No debe haber ni amenazas ni abuso de poder. Y añade, en forma contundente, la expresión “triunfo diplomático” es una que jamás debe ser utilizada.

Ello está bien claro. Y su vigencia ha perdurado por varios siglos. Quienes confunden el arte de la diplomacia con el engaño están destruyendo las bases de cualquier futura armonía. Recuperar la confianza no es una cuestión fácil.

Esa reflexiones vienen muy bien, con ocasión del encuentro y el intercambio de opiniones entre el presidente Trump y el presidente Petro. Quedaron atrás todas las actitudes y expresiones que iban en contravía del método diplomático. Ojalá se conozcan todos los detalles de esta reunión, porque servirá de ejemplo para la conducción permanente de las relaciones internacionales, o sea, para el manejo de la política exterior, que requiere de un instrumento fundamental que se denomina el método diplomático.

Y ese método se expresa de muy diversas maneras, tanto en una retórica de gran altura, siempre moderada, siempre respetuosa, y en una serie de formalidades que van desde el vestido hasta la buena mesa. Todo eso que muchos consideran superficial, innecesario, banal y demasiado costoso.

Y ese método diplomático está protegido por la inmunidad, tanto de las personas como de los bienes, que es la manera óptima de expresar el respeto por quienes tienen el encargo de mantener y mejorar las buenas relaciones entre las naciones. Es la protección de quienes tienen como principal tarea evitar el conflicto, como la confrontación, el desprecio, y así el camino que lleva a la guerra. Son los auténticos mensajeros de la paz, de la buena voluntad, de los mejores sentimientos y actitudes aún entre naciones desiguales, o con intereses que pueden aparecer como desbordantes.

Cancillerías o Ministerios de Relaciones Exteriores, embajadas y consulados tienen esa encomiable tarea. Es principalmente preventiva y es indispensable cuando se ha roto la armonía y retumban los tambores que anuncian confrontaciones peligrosas y hasta letales. Pero ahí está el método diplomático para superar esas situaciones y recuperar el buen trato, el respeto, la armonía.

El 3 de enero de 2025 y el 3 de febrero de 2025, Caracas y Washington, un mes de diferencia, son dos ejemplos, uno de confrontación y el otro de armonía, uno de fracaso de la concertación y otro de buen manejo del método diplomático.