Hoy es el grado de Universidad de mi hijo Camilo. Aunque uno cree estar preparado, especialmente porque no era el primero, llegó demasiado rápido y cargado de emociones. Han sido cuatro años lejos de casa, aprendiendo a vivir sin la protección diaria de la familia, sin las comidas favoritas, sin el cuarto propio y sin la falsa sensación de que todo está bajo control. Sin duda un grado es un diploma, una ceremonia bonita con fotos, abrazos y flores, y también el fin de una etapa que marcó la vida de ellos y la nuestra. La sacó del ruedo en estos cuatro años. Se clavó a estudiar mientras navegaba la libertad y también la soledad, las dudas, ansiedad, amistades profundas, relaciones pasajeras, profesores inolvidables y otros flojos. Fueron años de aprender a organizar el tiempo, comerse el menú mediocre de la cafetería, clavarse veinte horas escribiendo un ensayo, y llegar a clase después de una fiesta. ¿Y ahora?
Esa es la frase que veo en cada uno de estos graduandos. Todos reflejan en los ojos una mezcla extraña de ilusión y cansancio, entusiasmo y miedo, quizás porque saben que les tocó llegar a la adultez en un momento particularmente duro en el mundo entero para su generación. Se gradúan en medio de guerras que parecen no terminar nunca, economías imposibles, sociedades tensas y un mercado laboral que cambia cada seis semanas.
Mientras ellos hacían amigos y preparaban trabajos finales, el mundo discutía inteligencia artificial, despidos masivos, polarización política, inflación, salud mental y crisis climática.
Hay varias cosas que transformaron para siempre el futuro de esta generación. La primera es un sistema global roto y frágil, donde ya nadie parece sentirse completamente seguro.
Acaparando todo es la tecnología, que abre oportunidades inmensas, pero también reemplaza empleos, altera relaciones humanas y nos volvió adictos a vivir mirando una pantalla. La economía donde comprar una casa, tener estabilidad o simplemente planear a largo plazo parece un lujo, cambia los sueños y las expectativas. También tratan de esquivar la inseguridad, que ya no pertenece solamente a países como Colombia, sino a buena parte de las grandes ciudades del mundo.
Pero aquí viene lo interesante: ellos entienden todo esto mejor que nosotros. Los Camilos y Camilas de hoy crecieron sabiendo que la vida no necesariamente consiste en trabajar hasta agotarse para acumular cosas. Por eso valoran otras prioridades. Quieren tiempo.
Quieren salud mental. Quieren viajar. Quieren trabajar, sí, pero también vivir. Saben disfrutar un café largo, un amanecer, una conversación tranquila, El sol y el agua, hacer ejercicio o desconectarse del teléfono aunque a veces no lo logren. Muchos adultos miran a esta generación con crítica o desconcierto, pensando que son flojos. Pero tal vez son ellos los que tienen la razón, porque les tocó madurar rápido, adaptarse a cambios brutales y aun así tratar de manejar la salud mental y física.
Tal vez ahí está también el reto para los padres. Entender que ya no somos los dueños de las respuestas y que esta etapa requiere menos sermones y más compañía. Menos cantaleta y más confianza. Nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan saber que, pase lo que pase allá afuera, siempre habrá un lugar seguro al cual volver, un arroz con pollo, unos brownies, su cuarto disponible y una conversación sin juicio.
Hoy celebro a Camilo. Pero también a todos los jóvenes que salen al mundo en tiempos difíciles, intentando construir una vida mejor y, ojalá, un mundo un poco más humano que el que les dejamos.