Hay papás que no sueltan. Le escogen la ropa al hijo, le administran la plata, le dicen qué estudiar, dónde trabajar y hasta con quién casarse. Si el muchacho quiere montar un negocio, primero pide permiso. Si se cae, papá lo recoge. Parece amor. Es una jaula con cojines.

Porque ese hijo crece, pero no madura. Llega a los cuarenta sin saber caminar solo.

En Colombia tenemos un papá así. Se llama Estado.

Que quede claro: el Estado hace falta. Queremos policías que nos cuiden, jueces que hagan cumplir la ley, colegios que enseñen, hospitales que atiendan y respaldo para quien de verdad no puede valerse. El lío empieza cuando se cree papá, mamá, profesor, banquero, empresario y consejero matrimonial al mismo tiempo. Quien todo lo abraza, nada aprieta. Y mientras más oficios se inventa, menos podemos reclamarle por los que le tocan.

Miremos a doña Marleny. Juntó los ahorros de toda una vida para abrir una panadería en su barrio. Alquiló el local, compró el horno, mandó a pintar el letrero. Antes del primer pan aparecieron los sellos, los formularios, las ventanillas, las tasas. Algunos protegen la salud de los vecinos. Otros parecen diseñados por alguien que nunca ha madrugado a amasar. Mientras ella hace fila, el arriendo vence, el horno se enfría y la plata se evapora.

Después nos rasgamos las vestiduras porque media Colombia vive en la informalidad. No es que la gente no quiera cumplir. Es que cumplir le sale más caro que esconderse.

La historia se repite en la casa. Una cosa es que el Estado garantice escuela, salud y protección a los niños. Otra es que se siente a la mesa a decidir cómo se cría a los hijos. Y se repite en el campo, en la fábrica, en la oficina. El trabajador que quiere crecer, el campesino que quiere sembrar, el empresario que quiere contratar: ninguno pide un capataz. Piden reglas claras, calles seguras y la puerta abierta.

Ojo, que esto no es una invitación a la indiferencia. Al que perdió el empleo, a la familia que golpeó la tragedia, al abuelo sin pensión, hay que tenderles la mano. Pero una mano que levanta, no una cadena que amarra. Ayudar es darle a alguien un bastón para volver a andar, no una silla para que se quede sentado de por vida. Ahí está el verdadero debate: proteger sin cortar las alas, acompañar sin reemplazar el esfuerzo.

Volvamos al comienzo. Un buen padre cuida, enseña, pone límites. Y un día, frente a la casa, hace lo más difícil: suelta la bicicleta. Corre unos pasos detrás, con el corazón en la boca, y deja que el muchacho encuentre solo el equilibrio. Si nunca la suelta, ese niño jamás va a pedalear. Va a vivir agarrado del sillín ajeno.

Eso le pedimos al Estado. Que suelte lo que no le corresponde y agarre con fuerza lo que sí. Que la seguridad sea seguridad. Que la justicia sea justicia. Que cada peso de impuesto se vea en el puesto de salud, en el aula, en la vía.

Bastante trabajo tiene. No necesita, además, vivirle la vida a cada colombiano.

Aquí nadie es menor de edad.

El Estado no es su papá.