Si todos fueran capaces de mirarse en el espejo de la legitimidad, la invocarían con menos prepotencia. ¿Qué es, en realidad, la legitimidad? ¿Qué mucha gente crea en un relato moral? ¿Qué una mayoría se sienta representada? ¿O existe algún estándar objetivo que determine quién merece gobernar? La respuesta parece sencilla: en democracia, la legitimidad nace de las reglas y de los votos. Pero, en la práctica, el concepto se ha convertido en un traje hecho a la medida de las preferencias ideológicas.
Miremos algunos parámetros: Abelardo carece de legitimidad porque, como abogado, defendió a delincuentes de cuello blanco. Petro nunca la tuvo porque fue guerrillero, es un exconvicto y ha promovido violencia y destrucción. Cepeda ha dedicado buena parte de su vida política a interactuar y negociar con actores armados.
Si el criterio es la experiencia administrativa, Abelardo nunca ha ocupado grandes cargos públicos. Petro llegó a la Presidencia después de una gestión desastrosa de Bogotá. Cepeda ha sido solo activista político y nunca ha construido nada. Si se mira el perfil de estadista, Abelardo resulta sofisticado y elitista (y no se pone medias). Petro ha demostrado poca seriedad con sus deshilvanados discursos en medio de trabas y borracheras, incumplimientos, poses intelectuales de ambientalista supergaláctico y santero purificado. Cepeda no resuelve si es Mao o Gandhi, no es capaz de presentar una idea sin guía y solo produce tedio con su ideología gris y desueta.
La legitimidad ha dejado de entenderse como el reconocimiento de unas reglas comunes para convertirse en un arma política. Si gana el mío, el sistema es ejemplar; si gana el otro, la democracia está en peligro. Si la decisión favorece mis intereses, es expresión de la voluntad popular; si no, es prueba de manipulación, ignorancia o conspiración. Una democracia no puede funcionar así. El sistema electoral colombiano ha sido reconocido como impecable y es ejemplo para el mundo. Quien ha sido elegido por esa misma institución difícilmente puede descalificarla sin descalificarse a sí mismo. La legitimidad no puede depender exclusivamente de simpatías, odios o preferencias ideológicas. De lo contrario, la verdad termina siendo simplemente aquello que cada uno alcanza a ver desde la esquina política en la que decidió instalarse.