Unos hijos indiferentes, unos parientes problemáticos, un cónyuge conflictivo, una vida aburrida, un trabajo tóxico, un socio dañino, un colega difícil, unos padres egoístas, un allegado suspicaz, son unos pocos ejemplos de las circunstancias cotidianas que mucha gente tolera por demasiado tiempo (a veces toda la vida), sin atreverse a poner límites efectivos.

Las víctimas de estas circunstancias son conscientes de la vida infeliz que llevan, pero lo único que hacen es quejarse y amenazar, sin hacer nada efectivo para cambiar esa realidad. Han concluido que es más fácil aguantarse que liberarse, y erróneamente, deciden dar tiempo a unas circunstancias tóxicas destructivas, porque creen que ‘las cosas van a mejorar solas’.

Tolerar semejantes circunstancias, sin hacer algo efectivo, porque se asume que no tienen solución, y que por lo tanto están condenadas a tolerarlo, es un error que siempre resulta costoso. Lo único que se logra con esta actitud pasiva, es perpetuar las circunstancias destructivas que se van acumulando a lo largo de la vida y se constituyen en una fuente de dolor, frustración y miseria vital, que en silencio van produciendo graves trastornos.

El estrés no es sólo un estado mental, sino un fenómeno corporal, que inflama los tejidos de todos los sistemas. Enferma el cuerpo, humilla el alma, acelera el envejecimiento celular y conduce invariablemente al proceso de deterioro, pero no afecta de igual forma a todas las personas en las diferentes etapas de la vida.

Marca la vida prenatal, ya que el feto ‘lee’ el ambiente a través del cortisol materno, y lo afecta en una forma comparable a la desnutrición, la violencia o la pobreza. Diversos estudios han demostrado la asociación del estrés, y los efectos dañinos a nivel celular de los recién nacidos.

En la infancia media y en la adolescencia entre los 6 y los 18 años, el abuso, la negligencia, el matoneo y las condiciones conflictivas crónicas, elevan la inflamación de varios sistemas orgánicos y son factores directamente asociados al colapso de los mecanismos inmunitarios. Entre los adultos, el estrés laboral, la discriminación y la inseguridad económica producen daños a nivel físico y emocional.

En los ancianos el estrés produce un daño mucho mayor, por su indefensión y susceptibilidad y porque con la edad cae la capacidad de tolerancia a la frustración, y es entonces cuando la soledad y la viudez hacen masa crítica y se agudizan los mecanismos que contribuyen a un envejecimiento más rápido.

La persona afectada por el estrés es fácil presa de una multiplicidad de condiciones patológicas desde las virosis hasta el cáncer. Por tanto, nuestro objetivo a nivel individual es reducir las fuentes de estrés en la medida de lo humanamente posible, si queremos tener una vida más saludable.

Para ello es necesario recordar que las circunstancias mencionadas no mejoran solas, razón por la cual es necesario aprender a poner límites a las personas y a las situaciones tóxicas modificables, que están a nuestro alcance, antes de que sea demasiado tarde.