En esta semana se conmemoró el aniversario 55 de la primera reunión global de gitanos, en Londres, para definir aspectos claves en su identidad ante el mundo como su denominación común, himno, bandera, etc. Allí, en 1971, se acordó que el nombre del pueblo será Rom, para sustituir en lo posible zíngaros, gipsy, gitanos.

Para mí, todo lo que tenga que ver con ellos es fascinante. Representan la subsistencia vertical de un pueblo nómada o seminómada, originario hace mil años del norte de la India, que ha sido desplazado en muchos países que no han comprendido el apego a sus costumbres y valores, la importancia de la oralidad y su capacidad para sobrevivir con la metalurgia, la talabartería, la doma y comercio de caballos o la habilidad de ellas para leer el futuro en la palma de las manos, ganándose unas monedas en su peregrinar.

Seguramente esa trashumancia y la capacidad para entrar en el alma de las personas a través de la quiromancia para hablarles de sus riesgos, augurar sus infidelidades o sugerirles tratamientos para la salud, fueron generando temor en las comunidades donde llegaron en su largo peregrinar. El miedo a lo desconocido es generalizado y se les termina temiendo a quienes aparentemente se mueven con confianza en el inframundo. En las dos guerras mundiales fueron de los primeros pueblos que debieron huir. Los nazis mataron entre 320.000 y 500.000 gitanos, una cifra inmensa en proporción a la población romaní.

En América, los primeros cuatro gitanos llegaron en el tercer viaje de Colón y han deambulado por el país, especialmente en la Costa Caribe, al punto que en Cien años de Soledad, Melquiades, el gran patriarca gitano, es un personaje fundamental, pues su sabiduría asiática “que lo hacía conocer el otro lado de las cosas” deslumbró a José Arcadio, quien a través de él conoció el hielo y la alquimia.

No me cabe duda de que, como tanto se ha dicho, García Márquez supo relatar las historias de su familia y de su pueblo y fue así como esa sorpresa que los niños tuvimos con la llegada de los gitanos a nuestras ciudades fue la que hizo que los ojos infantiles de Gabo se desorbitaran en Aracataca, trasladándolo después a Macondo de manera brillante.

Y no solo fue García Márquez; también fascinado y solidario con ellos estuvo García Lorca en su Romancero gitano, Bizet en su ópera ‘Carmen’ o Víctor Hugo en ‘Nuestra señora de París’. En la música flamenca sin duda está presente el duende gitano. Su himno, ‘Gelem Gelem’ es una canción andaluza que refleja el dolor de su historia milenaria. Se ha dado un cambio en su imaginario y la estigmatización está siendo poco a poco sustituida por sabiduría mística, intuición y sensualidad. Telenovelas exitosas como ‘Kassandra’, escrita por la cubana Delia Fiallo y producida en Venezuela, con adaptaciones en muchos países, así lo confirman.

Mi fascinación arranca cuando los romaníes llegaban a Buga. Un tío, Ramiro Ruiz, genial y aventurero, se había escapado muchos años atrás en una caravana de gitanos y, cuando regresó y hasta su muerte, era inigualable con sus historias actuadas, con galope imaginario de cómo hacían para que los caballos estuvieran briosos y altivos, mediante un corcho que, a manera de supositorio picoso, hacía que el animal se comportara enérgico. Ramiro después trabajó en circos y fue gerente de la Ciudad de Hierro.

No dudo de que la huella romaní lo marcó para siempre. Yo veía las caravanas desde prudente distancia. Siempre temí que los ojos penetrantes de una gitana, su sonrisa serena y sus caderas bamboleando en su falda multicolor fueran el antecedente para seguirla hasta encontrar el paraíso. El temor y la curiosidad permanecen.