Es insólito que un político decida retirarse del escenario público, porque casi siempre presenciamos un aplazamiento eterno en el que el personaje cambia de cargo o de partido, pero rara vez abandona el juego por completo. Un deportista tiene una lesión irreversible que decide su destino, un magistrado deja la toga por la edad, pero en el contexto colombiano ninguna fuerza institucional u orgánica obliga al dirigente a dar ese paso definitivo hacia el costado.

El gobernante elegido solo piensa en la siguiente contienda electoral, y mientras exista una urna disponible en el calendario, la salida voluntaria queda como una promesa postergada. Estos personajes confunden el ejercicio del poder con la simple permanencia en el cargo. La contumacia describe bien ese vacío ético, la condición de quien se niega a acatar una realidad evidente pese a haber sido debidamente notificado.

Esta conducta es el arte de repetir el mismo error de manera sistemática. El contumaz no ignora los hechos, actúa como si las advertencias carecieran de valor real. El dirigente ve el fracaso numérico en la tarjeta electoral y sigue su marcha imperturbable, sordo al mensaje explícito de la ciudadanía. Detrás de esa necedad opera un cálculo frío, la memoria colectiva se desvanece antes que la ambición personal.

Nadie insiste en la misma estrategia sin apostar a que los ciudadanos viven agobiados por urgencias cotidianas. Las crisis familiares y económicas transforman el escándalo actual en un titular borroso, y el político tramposo se aprovecha de ese cansancio acumulado para maquillar el desprecio que recibió en las urnas. Esa soberbia se puso a prueba recientemente, cuando un veterano con dos décadas de carrera pública anunció un retiro elegante, intentando disfrazar de tregua lo que en realidad fue una expulsión democrática.

Aquel discurso sobre el descanso merecido coincidió sospechosamente con un proceso judicial activo que escapa a su control directo. La retirada pretendía proyectar sabiduría, pero camuflaba el portazo de unos electores que ya no lo querían allí. El otro episodio resultó igualmente patético, pues aquella adalid de la transparencia obtuvo una votación tan raquítica que el veredicto popular fue un no rotundo y explícito, uno que ella decidió ignorar para no aceptar su irrelevancia.

En lugar de leer ese resultado, la dirigente prefirió ignorar el veredicto de las urnas y apareció sonriente junto a aquel con quien hasta hace poco cruzaba insultos en público, traicionando su bandera para mendigar un espacio en la foto del día. Ese abrazo de conveniencia constituye una afrenta absoluta a los millones de ciudadanos que creyeron en sus promesas morales, y ejemplifica la desfachatez de una élite dispuesta a devorarse sus propias palabras con tal de garantizarse un rincón de visibilidad.

En sociedades con sistemas democráticos maduros, quienes alcanzan la cúspide asumen roles formativos dentro de sus propias organizaciones. Nuestro entorno carece de esas dinámicas estables porque predomina el caudillismo, con estructuras hechas a la medida de egos insaciables. Frente a esa inercia histórica, radica la verdadera oportunidad de transformación que seguro comparten ustedes, los lectores críticos. Ese liderazgo derrotado puede reconvertirse en la dirección técnica de proyectos colectivos que transformen la frustración actual en un faro de gobernanza real.

Hablamos de gestionar causas específicas mediante un esfuerzo que prescinda de las pantallas y se valore por impactos humanos tangibles, lo cual exige abandonar el protagonismo mediático antes de que el sistema lo margine definitivamente. ¿Tan lejos estamos de comprender que la dignidad política consiste precisamente en saber soltar el micrófono antes del silencio forzado?

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Claridades: Cómo olvidar a Cali en esto: el dos veces alcalde, con las cuentas congeladas hace casi cuatro años y más de veintiséis procesos abiertos entre Procuraduría, Contraloría y Fiscalía, pontifica sobre liderazgo y ‘aconseja’ desde las redes a quien lo sucedió, sin descartar volver, esta vez por la Gobernación del Valle.

Álvaro Benedetti, Consultor internacional