Con rostro circunspecto, mi hijo se acercó con una prenda en su mano y me dijo: “Papi: debo reconocerte que tú cada día eres mejor persona”. Yo le agradecí tímidamente pues sabía que esa no era la frase principal.
“Pero cada día estás peor vestido. ¡Tú elegancia en el vestir quedó en nada!”, y me mostró unos pantaloncillos blancos, recién planchados, pero con rotos debajo del resorte. Le reconocí que la pandemia transformó mi forma de vestir como a millones de personas.

Trabajo más desde casa; se acabó la gestión comercial presencial; no me llegan visitantes a la oficina; solo he ido a un funeral y a un mínimo de eventos en estos 18 meses. No volvimos a viajar entonces no renovamos vestuario y nos encariñamos con los chiros. Le pedí que me diera los pantaloncillos porque precisamente los necesitaba para mi jornada del día siguiente: un recorrido por las cordilleras del Cauca donde estamos adquiriendo un predio para un transmisor. “¿Insistes en ponértelos?”, preguntó. “Nadie me los va a ver. Estaré con nuestro ingeniero, un topógrafo, los vendedores de Popayán y sus trabajadores. Además, me dolería botar una prenda que sabe mucho de mi pasado y de mi presente”. No se dijo más.

A las 4:00 a.m. estaba yo esperando elegantemente que me recogieran. Elegancia externa. Buen jean, camisa blanca de manga larga especial para estos recorridos; botas para hacer ‘trekking’ y un sombrero australiano. Me sentía el Indiana Jones de Buga. Cuando llegamos a medir el boscoso terreno en ese caluroso día, fuimos abriendo trocha por donde seguramente ningún humano había pasado por años.

Todos ayudábamos a poner los mojones cuando repentinamente comencé a sentir cantidades de picadas en mis extremidades.
Centenares de hormigas rojas ascendían por mis piernas violentamente. Al principio bailé mejor que Lola Florez pero las picadas ya superaban la rodilla y no podía dejarlas llegar más arriba. Los acompañantes comenzaron a gritar: “Bájese los pantalones y sacúdaselas! (se referían a las hormigas, no lo olviden)”.

Yo alcancé a zafarme la hebilla del cinturón, pero recordé mi dramática ropa interior. Por primera vez repetí una frase de las señoras: “Primero muerto que sencillo”, y decidí comenzar a revolcarme estrangulando con las manos los cientos de insectos. Cuando terminé sabía que dentro del jean, el etnógrafo culinario Germán Patiño, encontraría “puré de hormigas rojas del Valle del Pubenza”.

Ayer volví por primera vez a los centros comerciales. Gocé mucho viendo la reactivación de la gente en sus exteriores y yo... incluso en mis interiores. ¡Cuanto aprendizaje por la pandemia!