Salí de Cali el sábado a las 5:50 a.m., rumbo a un evento sobre temas colombianos. El lunes desperté a miles de kilómetros, entré a Instagram y no podía creer lo que veía. Las primeras imágenes del terremoto empezaban a circular, y yo, que había salido apenas dos días antes, veía agrietarse el lugar que un extranjero como yo aprendió a llamar casa. ¿Cómo estaban los muchachos, sus familias, sus amigos? La noche anterior me había acostado eufórico, en la víspera del Petronio y de la temporada de fiesta en Cali. En horas, ese optimismo se volvió otra cosa.
Un terremoto no mide solo la fuerza de la tierra. Mide, sin piedad, lo que una ciudad tiene por dentro. Revela qué instituciones aguantan, qué liderazgos aparecen, y de qué está hecha, de verdad, la gente que la habita. Los caleños llevan días respondiendo a esa medición, y el resultado me obliga a escribir esto.
La cobertura de estos días ha mostrado una ciudad que, en vez de paralizarse, se puso de pie. Mientras la tierra se acomodaba, los equipos de El País y de los medios de la comunidad hicieron lo que ningún algoritmo puede hacer por una comunidad: convertirse en su registro. Cada nota verificada en medio del caos, cada transmisión en vivo, cada dato confirmado, fue una forma de servicio tan concreta como repartir agua.
Lo digo con conocimiento de causa. Una institución no es su marca ni su edificio. Es su gente. El medio que me toca dirigir se sostuvo esta semana no por sus 76 años de historia, sino por colaboradores que, con sus propias casas golpeadas, salieron a contar las de los demás. Como un avión que se arma en pleno vuelo. No es una lección nueva, pero esta ciudad la está dando con una claridad difícil de describir.
La solidaridad de los primeros días, sin embargo, es la parte fácil. El examen verdadero vendrá después, cuando las cámaras del mundo se vayan y quede la reconstrucción, que se mide en años y no en titulares. Las nuestras no se irán: seguiremos contando esas historias, haciendo seguimiento a cada peso y a cada promesa, y promoviendo la recuperación de la región. La pregunta incómoda es si la atención de hoy se traducirá en recursos reales, y si la región entera sostendrá la unidad cuando la urgencia deje de ser portada. Esa respuesta se escribe ahora, mientras usted lee. Pero si algo han mostrado los últimos días, es que en Cali la salsa retumbará otra vez.
Estos días, la gobernadora Dilian Francisca Toro me expresó una frase que ya suena a consigna: derrumbados pero no derrotados. Me quedo con ella, con una observación de extranjero: esta región ha visto muchos derrumbes, pero nunca ha sido derrotada. El Valle lleva años levantándose de golpes que no aparecen en ningún mapa sísmico. Por eso no me sorprende verlo otra vez de pie, sacudiéndose el polvo. Lo que no se derrumba no es el concreto. Es la fuerza de seguir. Cali y el Valle se levantarán, porque esa fuerza, en esta región, no la mueve ningún temblor.