Este domingo Colombia tomará una de las decisiones más importantes de su historia. No solo será escoger entre opciones de candidatos a presidente y vicepresidente, sino entre dos modelos políticos y económicos.

Colombia evaluará entre un modelo estatista como el que ha tratado de imponer Petro y que seguramente con Cepeda se acentuaría, o un modelo de iniciativa privada con la regulación estatal. La salud es un buen ejemplo. Trasladar el manejo de la salud a la nación ha sido un caos, con incremento de mortalidad y morbilidad, ante la improvisación y la desatención en la atención adecuada y el oportuno suministro de medicamentos.

Hoy los ciudadanos tienen dos modelos del pasado para comparar: el desastroso Instituto del Seguro Social o, en la otra esquina, el esquema de las EPS privadas vapuleado en este gobierno. Los comunistas, a quienes les interesa más la ideología que las vidas, optan por el modelo público y no por la libre competencia entre prestadores privados del servicio de salud que trajo tan amplia cobertura en todos los sectores sociales con altas calificaciones. En ese modelo surgieron instituciones como la Fundación Valle del Lili, hoy la segunda en América Latina.

Las comparaciones las podríamos llevar a la financiación de la educación superior, a las pensiones, a la independencia de la junta del Banco de la República, entre muchos otros. Obviamente, los escenarios del capitalismo social no son perfectos y, sin dudarlo, son susceptibles de mejorar y es una responsabilidad hacerlo; pero abolirlo para cambiar totalmente de régimen y tratar de montar modelos que han fracasado en Latinoamérica es un error garrafal que jamás entenderán las generaciones que nos sucedan.

Colombia también decidirá este domingo entre candidatos a las más altas dignidades de la nación. Siempre los aspirantes a la Presidencia de la República se someten a pruebas rigurosas en unos casos, y en otros perversos y hasta infames. Anteriormente, las entrevistas inquirían sobre los aspectos más inquietantes para el electorado, en lo que con sagacidad profundizaban los opositores. Hoy las redes y las bodegas no preguntan. Estas suponen, inventan y arman reels increíbles sobre episodios que a veces son verdad, pero usualmente buscan generar las dudas en el votante, revocándole sus emociones y valores para presentar al candidato como incompatible con las expectativas del sufragante.

La inteligencia artificial ha multiplicado esta potencialidad al punto que ya no sabemos qué es verdad y qué no lo es. El efecto es tal que la gente comenta como noticia de última hora lo que recientemente vio en su celular, viralizando así al mismo tiempo dudas, certezas e infamias. Todas en una misma licuadora que procesa noticias para que el lector las asuma en medio de su ingenuidad y prisa.

Termina siendo obligatorio hacer procesos mentales de calificar esas certezas y dudas hasta una decisión final. ¿Qué seguridad me da José Manuel Restrepo como gerente de un nuevo gobierno? Me da certeza. ¿Y Aida Quilcué? Me da duda. ¿Y candidatos a presidente? Personalmente, hay aspectos de Abelardo que a mí no me satisfacen, me generan duda. Pero en cambio tengo la certeza de que con Cepeda retrocederemos décadas y el país continuará la ruta hacia el fracaso. De eso no tengo duda.

Es así como en diferentes aspectos vamos calificando a los candidatos, que, como todo ser humano, están lejos de ser perfectos, pero es inevitable escoger una opción, la mejor, o por lo menos la que menos perjudique a Colombia. Lo que sí no conviene es votar en blanco, esa masa indecisa o que busca protestar, pero que al final no gana nada, espectadora del triunfo de alguno de los imperfectos.

Colombia merece un mejor destino y de allí que hoy sea el día de tomar decisiones. Esto es de salvación, no de lograr la perfección.