Columnistas

Hacerse polvo

La ‘muerte real’ de un ser querido...

GoogleSiga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

Medardo Arias Satizábal
'A este lado del estero', poemario de Medardo Arias Satizábal. | Foto: Medardo Arias Satizábal / Ser Zanja

6 de ago de 2026, 02:18 a. m.

Actualizado el 6 de ago de 2026, 02:18 a. m.

El próximo 11 de septiembre se cumplirán 25 años del derribamiento de las Torres Gemelas de Nueva York. Como corresponsal de El País ahí, escribí esta crónica:

Si alguien quiere saber dónde está la contracultura de Nueva York, el lugar donde la ciudad decide ser ella misma, por fuera de los dictados del alcalde Bloomberg y de la imagen ‘oficial’ que proyecta cierto orden por Madison, Lexington o la encopetada Park Avenue, debe visitar Union Square. Para los librepensadores, activistas, viejos hippies, músicos callejeros y para el propio Michael Moore, este es el lugar de ‘la protesta’, donde es menester decir algo, ahí muy cerca de NYU .

Cerca de esta plaza donde cualquiera puede llegar con una guitarra y recoger monedas con un sombrero al piso, la alcaldía hizo desmontar una enorme valla metálica donde los familiares de personas que se ‘esfumaron’ el 11 de septiembre de 2001, colocaban recordatorios, hojas de cuaderno con dibujos de niños, postales, fotos familiares, alguna prenda. El área parecía más un mercado de pulgas, pero la verdad es que nada se vendía ahí; los turistas llegaban para hacer fotos o hablar con los parientes de los desaparecidos, los mismos que continúan encendiendo velas, como una vigilia permanente, en Union Square.

Libertad Canseco es una mujer puertorriqueña que trabaja en una maquila en el barrio chino, desde hace tres años cuando perdió su esposo en las torres; “tengo tres hijos, dice, pero el gobierno no puede ayudarme porque mi esposo era indocumentado. Azael Mateo, procedente de la región de Marcoris, en República Dominicana, había llegado a los Estados Unidos después de una travesía azarosa por el Canal de la Mona, hasta la isla de Puerto Rico. Como cientos de quisqueyanos, llegó a vivir en el área de Washington Heights y trabajaba como mensajero de una pizzería del Lower East Side; “él llevaba pizzas hasta el World Trade Center”, desde hacía 1 año. Lo hacía en su propio carro y a veces debía trabajar horas extras”.

Mateo no aparece en las listas oficiales de muertos en las torres, pues desde aquel día, nadie dio cuenta de él. A Libertad le dicen que lo han visto en Miami, que es propietario de una compañía de construcción y que tiene “mucho chavo” (dinero), pero ella cree que estas son sólo habladurías de sus amigas, pues lleva ya varios meses soñando con él; lo ve elevarse en el cielo de Nueva York, hecho polvo y humo; desde arriba, le dice adiós, le recomienda que “cuide a sus hijos…”.

Libertad visitó recientemente a Okhan Falú, un babalao habanero que tiene su consultorio al final de la avenida Roosevelt; él le tiró los caracoles, una suerte que permite indagar realidades a partir de la manera como estos caen sobre un paño, para decirle finalmente que no lo busque más, pues Mateo fue una de las centenares de víctimas que efectivamente se hicieron polvo y humo en el aire de Nueva York, después del estrépito de los aviones.

Pero, si la santería le asegura una cosa, y los sueños le confirman esas sospechas desde otro lado, Libertad piensa que Mateo está en algún lugar, mirándola siempre, vigilándola y, lo que es mejor, “cuidándome; yo a veces salgo muy tarde de la fábrica en el barrio chino; ahí me pagan dos pesos por hora; es una explotación pero no hay más trabajo, y cuando voy a buscar la estación para volver a mi casa, siento que él me sigue, me habla, me indica por dónde voltear para evitar las acechanzas…”

Con Mateo, son 152 los ciudadanos neoyorquinos y de otros lugares del planeta, físicamente desaparecidos hace 25 años. Algunos de ellos no alcanzaron a conocer a sus bebés, y se sorprenderían, si les fuera dado volver, de los cambios en sus familias. Algunas mujeres al verse solas, ya contrajeron matrimonio, y los niños de ayer ya están en edad escolar. Nueva York sigue su rumbo y sus rutinas diarias, pero no escapa al dolor que enciende velas y marcha desde Union Square para reclamarle –¿a quién?- un indicio, una huella, el botón de una camisa, una prótesis, algo que delate al menos la ‘muerte real’ de un ser querido.

Medardo Arias Satizábal, periodista, novelista, poeta. En 1982 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Mejor Investigación. En tres ocasiones fue honrado con el Premio Alfonso Bonilla Aragón de la Alcaldía de Cali. Es Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia, 1987, y en 2017 recibió el Premio Internacional de Literaturas Africanas en Madrid, España.

Regístrate gratis al boletín de noticias El País

Descarga la APP ElPaís.com.co:
Semana Noticias Google PlaySemana Noticias Apple Store

AHORA EN Columnistas