Durante décadas, Gustavo Petro construyó su identidad política alrededor de una idea persistente: Estados Unidos como ‘el imperio’, como el responsable último de los males de América Latina, como el antagonista moral frente al cual había que resistir. No fue una postura circunstancial ni limitada a su presidencia. Fue un eje vital de su discurso, repetido como convicción y presentado como verdad histórica.
Por eso, el reciente cambio de tono frente a Washington no desconcierta por diplomático, sino por abrupto. El presidente Petro pasó, en cuestión de semanas, de la confrontación retórica a la cordialidad explícita con el señor presidente Donald Trump, celebrando encuentros, cooperación y entendimiento. No hay nada reprochable en recomponer relaciones. Al contrario: Colombia necesita una relación sólida con Estados Unidos, basada en intereses compartidos, valores democráticos y seguridad regional. Lo inquietante no es el acercamiento, sino la negación de todo lo que se dijo antes.
Porque Estados Unidos no cambió. Cambió Petro.
Y cuando alguien desmonta de forma tan súbita una narrativa que sostuvo durante toda su vida pública, es legítimo preguntarse por qué. El discurso antiimperialista no era una anécdota: era una bandera. Abandonarla sin una sola explicación, sin una reflexión pública, sin reconocer los excesos del pasado, no parece un acto de madurez política, sino un ajuste forzado por nuevas circunstancias.
El contexto regional ayuda a entender el momento. Los acontecimientos recientes en Venezuela, las señales inequívocas de firmeza por parte de Washington frente a regímenes autoritarios y el mensaje de que ciertas líneas no son negociables, reordenaron el tablero. De pronto, el antagonismo dejó de ser rentable. La retórica encendida dejó de ser funcional. Y cuando el discurso ya no protege, se reemplaza.
Pero hay una dimensión que rara vez se aborda con franqueza: la del después. La política no termina con el mandato, y los presidentes no desaparecen cuando entregan la banda. Las relaciones que se construyen —o se rompen— durante el ejercicio del poder tienen efectos que se extienden más allá del cargo. Movilidad, vida internacional, relaciones financieras, reputación global: todo eso también pesa cuando se toman decisiones que antes parecían ideológicas y hoy se vuelven prácticas.
No se trata de afirmar temores personales ni de imputar hechos. Se trata de observar un patrón: nadie modifica tan radicalmente su conducta sin que haya intereses concretos en juego. Y cuando esos intereses se proyectan hacia el futuro, cuando el poder empieza a tener fecha de vencimiento, las posturas absolutas suelen diluirse.
Por eso, en medio de la cordialidad y las sonrisas, queda flotando una pregunta incómoda: ¿qué cambió realmente? ¿Qué ocurrió para que el ‘imperio’ dejara de serlo? ¿Qué preocupaciones aparecen cuando el horizonte ya no es el gobierno, sino la vida después del poder?
Porque el verdadero punto no es la foto ni la reunión. Es el después.
¿Dónde estará el presidente Petro cuando deje de serlo? ¿Cómo se moverá? ¿Cómo vivirá? ¿Con qué libertades y con qué restricciones? Los hechos recientes en la región recuerdan que el poder no es eterno y que las consecuencias llegan. Tal vez por eso el discurso se moderó. Tal vez por eso el enemigo se volvió interlocutor. No por convicción, sino porque el futuro —cuando el cargo se acaba— también pesa.