Se fue mi dama favorita de Cali. Así la llamaba yo, cada vez que la veía, siempre fascinada por su belleza sin edad, su personalidad, su sentido del humor, su inteligencia implacable y su sinceridad a toda prueba.
Decían por su carácter fuerte que era de amores y odios, pero quienes conocimos lo primero sabemos que su cariño no tenía dobleces y su generosidad era tan grande que daba a manos llenas su amistad, su lealtad, su risa, su emoción, su expresividad, su defensa, su apoyo y sus anécdotas, todas sorprendentes y cada una más divertida que la otra.
Mi dama favorita de Cali era única, un tesoro que no cabía en ningún molde o caja o joyerito. Su relación con el lenguaje era absolutamente singular, pues sabía ponerle las palabras más agudas y mordaces y precisas a todas las cosas, siempre con esa originalidad que jamás conocerán los mojigatos, los aconductados y los aburridos de bostezo.
Ella era torbellino y abrazo de seda, santidad y locura, puente y canal entre las altas esferas de la cultura, el poder y la sociedad, y la sencillez de los jóvenes, los niños, los humildes y los que sufren. En su mente siempre había una cruzada, cura, monja, colecta, recolecta, tricolecta, pentadonación, fundación y causa por apoyar.
Madrina de las letras y de todos los festivales y ferias del libro, hasta a Gabo acompañó en el camino de recibir el Nobel. Tenía la mirada amplia de quien ha visto mucho, vivido mucho, leído mucho, entendido mucho.
Repaso el catálogo de sus anécdotas y cada etapa de su vida era digna de un libro, de una serie o película.
Cali ha perdido a su gran socialité, a su hija más rebelde, a su madre más protectora, a su defensora más apasionada y al gran emblema de lo que una mujer puede ser cuando comete la afrenta de ser siempre ella y solamente ella y nadie más que ella.
Mi dama favorita de Cali lo era también de sus muchos lectores que extrañarán su columna, siempre sensible, directa y sin eufemismos.
Se ha ido una mujer verdaderamente libre y valiente, que no conoció la envidia y sentía emoción sincera por todo lo bueno que les pasara a los demás. Esa era la nobleza de su alma.
En tiempos donde las políticas en torno a la lucha contra las drogas dividen la opinión pública, ella dejó su postura clara: no estaba de acuerdo con la legalización. Advirtió con voz de profeta que ese sería el camino hacia el abismo para la juventud, para la sociedad entera, una caja de Pandora que jamás debíamos abrir so pena de perder el rumbo como humanidad. Importante recordar su sabio consejo.
La disfruté, la amé, la admiré, atesoro todas las charlas con ella, pues cada una equivalía a leer el libro más interesante de todos, no escrito con tinta, sino con la gracia de su vida excepcional.
Me queda un dolor inmenso y una molestia grande conmigo misma, pues hace un tiempo un gran editor de una gran editorial me propuso hacerle una entrevista muy larga, en formato libro, para repasar toda su vida y sus reflexiones. Una suerte de diálogo entre dos generaciones.
A las dos nos encantaba la idea, pero lo urgente me hizo aplazar lo prioritario. Nunca llevamos a cabo esa entrevista final y hemos perdido ese legado escrito, pero nos quedan sus columnas deliciosas y su libro autobiográfico que ojalá una editorial inteligente reedite en el nivel y con el despliegue que esa obra maravillosa merece.
Adiós, querida Aura Lucía Mera, Aura de Luz, Auralú, dama favorita de Cali; gracias por enseñarnos que para la piel más hermosa, aceite de oliva; para los dolores sinceridad y para el alma, amores, pasiones, amigos, hijos, nietos, sobrinos y libros.