Durante más de seis décadas, el régimen cubano ha logrado convertir la escasez en virtud moral y el estancamiento en épica revolucionaria. Su longevidad no se explica por la eficacia de su modelo ni por el bienestar de su población, sino por la administración disciplinada de un relato que transformó el fracaso estructural en resistencia heroica. La revolución dejó de ser un proyecto político para convertirse en un dogma cultural: impermeable a los datos, inmune a la comparación histórica, hostil a la duda. Hoy, sin embargo, el agotamiento del sistema es tan visible que incluso sus antiguos defensores recurren más a la nostalgia que a los argumentos.

La Cuba previa a 1959 no fue una democracia ejemplar, pero tampoco el infierno monocromático que la propaganda posterior necesitó fabricar. El régimen de Batista combinó autoritarismo, corrupción y una connivencia obscena con el crimen organizado; La Habana fue durante años un escaparate donde política y mafia compartían intereses. Aquella realidad era condenable, pero también funcional: Cuba tenía una economía dinámica, una clase media sólida y niveles de desarrollo superiores a buena parte del continente. El problema era político; la respuesta revolucionaria fue totalizante: no corregir el sistema, sino abolirlo.

Fidel Castro no encabezó una transición frustrada, sino una toma del poder por las armas que derivó rápidamente en un Estado de partido único. La promesa de restaurar la legalidad fue sustituida por fusilamientos, expropiaciones indiscriminadas y la clausura sistemática del espacio público. Con los Castro, el poder dejó de ser contingente y se volvió permanente, casi dinástico, sostenido por una épica que exigía obediencia a cambio de supervivencia.

En ese panteón revolucionario, Ernesto ‘Che’ Guevara ocupa un lugar revelador. Convertido en icono global, fue menos un idealista romántico que un doctrinario de la violencia. Defensor explícito del fusilamiento como pedagogía política, despreciador de la democracia liberal y convencido de que el individuo debía disolverse en la causa, el Che fracasó como gestor económico y triunfó como símbolo. El mito sobrevivió; las víctimas quedaron fuera del encuadre.

El legado del castrismo fue un experimento prolongado hasta el absurdo. La planificación central sustituyó la racionalidad por consignas, la eliminación de incentivos anuló la innovación y la represión cotidiana convirtió el miedo en método de gobierno. El resultado no fue solo pobreza material, sino empobrecimiento moral: generaciones educadas para resistir, no para prosperar; para obedecer, no para crear. La escasez dejó de ser anomalía y se volvió identidad. Muertes en el mar, enfermedades tratables sin tratamiento y hambre disimulada bajo estadísticas opacas completan el balance humano de un Estado que prometió abolir la explotación y terminó monopolizándola.

Cuba no se confinó a su insularidad. Exportó su método. Su simbiosis con Venezuela selló un trueque perverso: recursos a cambio de control político, inteligencia represiva y legitimación ideológica. El colapso venezolano no fue una desviación, sino una réplica. En el plano internacional, la alineación con potencias autoritarias respondió a una lógica elemental de supervivencia: los regímenes que temen a sus ciudadanos tienden a reconocerse y protegerse entre sí.

Hoy, incluso ese edificio narrativo muestra grietas. En los márgenes del poder circulan hipótesis impensables hace una década: que sectores del establishment estadounidense, vinculados a un eventual retorno de Donald Trump y figuras como Marco Rubio, exploren canales discretos con miembros de la élite cubana, incluso herederos directos del castrismo histórico, no para reformar el sistema, sino para administrarle una salida. Si esta lectura es correcta —y por ahora pertenece al terreno de la especulación estratégica— la ironía sería perfecta: una revolución que terminaría negociando su extinción con aquello que juró combatir.

Ese reacomodo geopolítico tiene ecos inmediatos en la región. En Colombia, la reciente reunión entre Gustavo Petro y Trump puede leerse menos como un gesto protocolario que como una señal de límites. Petro, que aspiraba a proyectar su gobierno como eslabón de una izquierda continental con vocación de posteridad, quedó súbitamente desarmado en su narrativa. Sin una Cuba mitificada como faro moral y con Estados Unidos redefiniendo interlocutores sin complejos ideológicos, el proyecto de una izquierda histórica y hereditaria pierde sustento estratégico. La posteridad, como el mito, no se decreta: se construye, y a veces se desvanece antes de nacer.

Cuando caen los regímenes, los países cambian. Cuando caen los mitos, las ideas quedan desnudas. Y la pregunta que permanece, incómoda pero inevitable, no es solo si Cuba está llegando al final de su ciclo histórico, sino si América Latina está finalmente dispuesta a abandonar las ficciones que durante décadas le enseñaron a llamar justicia a la escasez y heroísmo a la obediencia. Mientras tanto, en Irán, miles de personas siguen siendo silenciadas, capturadas, torturadas y asesinadas por un régimen muy afín al cubano castrista, en el que la vida no tiene un valor real más al que los mismos perpetradores designan en el devenir de sus pobres gentes. ¿Y en dónde están los activistas, defensores de derechos humanos, feministas, políticos de izquierda, etc.?

X: @rosenthaaldavid