Los demenciales atentados perpetrados en los últimos días en el suroccidente colombiano son el síntoma de algo más que terrorismo. Cuando se detonan explosivos que terminan afectando campesinos, familias y niños, no estamos simplemente frente a grupos terroristas al margen de la ley; estamos frente a cobardes. El terrorismo rompe los límites, pero la cobardía los ignora por completo.

El impacto trasciende todas las dimensiones. Se pierden vidas humanas, se fracturan hogares, se paralizan regiones enteras y se erosiona la confianza colectiva. Se deteriora la inversión, se frena el emprendimiento, se encarece el costo de hacer empresa, se debilita la institucionalidad, se normaliza la ilegalidad como camino viable y, lo más grave, se empieza a formar una nueva generación que crece viendo la violencia como parte natural de la vida. Esto no es solo un problema de seguridad; es un problema de futuro.

Cada explosión que deja viudas y cada ataque que deja huérfanos destruye confianza, rompe el tejido social y golpea la esperanza de un pueblo. Y sin esperanza, una sociedad puede empezar a rendirse incluso antes de ser derrotada. El miedo se instala como una forma de vida. Y cuando el miedo se normaliza, la libertad deja de ejercerse, antes de ser arrebatada.

Cuando el dinero ilegal se convierte en motor, la violencia se degrada, y lo que queda no es una confrontación, sino una práctica sistemática de terror. Colombia no puede resignarse a volver a vivir así. No puede aceptar que sus ciudadanos vuelvan a estar secuestrados en sus propias casas, en sus ciudades y en sus campos. Cuando el ciudadano pierde la sensación de libertad, la democracia empieza a debilitarse. Un país que enfrenta este tipo de amenazas requiere un nuevo gobierno fuerte, no el continuismo de un discurso populista, sin autoridad moral para actuar de manera contundente, ni voluntad concreta de proteger al ciudadano y de imponer límites claros a quienes deciden vivir al margen de la ley.

Permitir la continuidad de la forma de actuar del actual desgobierno es un riesgo estructural, un riesgo de avanzar hacia un punto de no retorno, donde se debiliten las libertades, la democracia, la libre empresa y, en el fondo, la dignidad misma del ciudadano. No podemos seguir siendo espectadores indignados que, al día siguiente, continúan como si nada hubiera pasado.

Colombia necesita ciudadanos que no normalicen la violencia, que no justifiquen lo injustificable y que no guarden silencio por comodidad o por miedo. Necesita empresarios que sigan apostando por el país, líderes que hablen con claridad y ciudadanos que entiendan que la libertad no es un derecho pasivo, sino una responsabilidad activa. Porque el verdadero cambio no empieza cuando todo mejora, empieza cuando dejamos de tolerar lo que está mal.

Nuestra amada Colombia necesita claridad moral, firmeza institucional y decisión colectiva. Hoy más que nunca, hay un deber que debemos honrar: salir a votar, absolutamente todos los colombianos, no por inercia, no por tradición, no por presión, sino por conciencia. Votar por el candidato que cada uno considere que puede retomar el rumbo de un país que hoy estamos perdiendo.