Ayer lunes 14 de septiembre tuvimos (hasta la hora en la que escribo esta columna) cinco temblores entre las 3:00 p. m. y las 5:40 p. m., después del terremoto del 10 de agosto, cuyas consecuencias todos conocemos y padecemos de sobra, es mucha descarga de adrenalina para una sola tarde, las alarmas de las unidades residenciales disparadas y los vecinos saliendo con lo que tenían puesto a las zonas de encuentro, todos reviviendo la pesadilla de ese lunes fatídico que partió la historia de Cali nuevamente. Los nervios de punta y el cortisol al máximo porque andamos con el sismógrafo encendido las 24 horas gracias a las alarmas sísmicas de los celulares, que en lo personal decidí desactivar para vivir (o morir si es el caso) tranquilo.
Esto sumado a las altas temperaturas, los incendios y la amenaza de un racionamiento de agua. ¿Qué es lo que está pasando? La cajera del supermercado me “explicó” que la tembladera está dizque relacionada con la ola de calor; un amigo me dijo que la intensa radiación solar, un colega univalluno que los temblores son culpa de la extracción de gas y petróleo de las multinacionales y que “Trump y Netanyahu están detrás de todo porque quieren quedarse con nuestro petróleo y nuestras selvas”. Dejen de ver tanto Instagram.
Inicialmente, atribuí los temblores al estruendo de la ruta P52D del MIO que se parquea al lado de mi edificio con sus motores diésel, sus frenos de aire y sus aires acondicionados encendidos desde las 5:00 a. m. hasta las 11:00 p. m. todos los días, pero el ruido era demasiado suave y no había el “humero” que producen esos buses y no era eso. Pensé que tal vez se trataba del vecino que deja su puerta abierta para que la brisa azote sus bisagras a placer, pero no, tal vez el exosto de las motos caleñas modificadas para hacer todo el ruido posible o alguna ambulancia caza SOAT con sus motores de gas a tope, pero no, no era ninguna de las anteriores: otra vez las capas tectónicas se ensañaron con nuestros nervios.
Desde el pasado 10 de agosto, un amigo cercano duerme en la sala de su apartamento, ubicado en un primer piso, con sudadera puesta y una maleta en la puerta, listo para evacuar; unas conocidas de la Flora pasaron 20 días durmiendo en la sala de recepción de su unidad y los demás residentes comenzaron a llevarles desayuno, almuerzo y cena conmovidos por la escena de verlas en sus colchonetas todos los días presas del pánico. Entraban a su apartamento estrictamente al baño diario y a cambiarse de ropa; otro colega sacó de su casa todos los objetos de valor y herramientas de trabajo a un lugar “seguro” para no perderlas en caso de un nuevo terremoto y ya está vendiendo el apartamento; se va a vivir a casa de un solo piso. Así estamos de “rayados”; en mi caso, esta es la tercera columna consecutiva relativa a la sismicidad. Los psicólogos recomiendan para el estrés postraumático hablar sobre los sucesos que lo causaron y, en el caso nuestro, es un trauma colectivo, por lo que no ha habido otro tema en la ciudad este último mes.
Ojalá existieran las gotas de ‘nervocalm’, el tranquilizante que tomaba el papá de Mafalda y que Emcali lo pudiera disolver en el agua que tomamos en la sucursal del cielo, o pudiéramos entrar en una especie de meditación colectiva de relajamiento como Kalimán, el inolvidable personaje de las radionovelas colombianas.
Su método no era de pastillas, era puro control mental. La frase que le decía siempre a Solín, su compañero de aventuras: “Serenidad y paciencia, mi querido Solín. Mucha paciencia”.
Y su método para relajarse era este:
1. Dominar la respiración: Inhalar lento y profundo por la nariz, retener 3 segundos, exhalar lento por la boca. 3 veces.
2. Dominar la mente: Él decía: “El que domina la mente, lo domina todo”. No dejaba que el miedo pensara por él. En vez de decir “estoy nervioso”, decía mentalmente: “Mente serena, cuerpo relajado”.
3. Postura: Se sentaba derecho, con las manos sobre las rodillas, cerraba los ojos y aflojaba todos los músculos desde la cabeza hasta los pies.
Kalimán practicaba yoga y meditación. En la radionovela lo explicaban como: cierra los ojos, respira, repite “serenidad y paciencia” y deja que los pensamientos pasen como nubes, sin agarrarlos. Al borde de un ataque de nervios, al estilo de Pedro Almodóvar, te invoco, Kalimán: “Serenidad y paciencia”.