El gobierno lo intentó todo y perdió. El Jefe de Estado hizo campaña desde el cargo, 556 quejas por participación indebida, repartió medio billón en contratos electorales, y le dio vía libre a los grupos armados que presionaban el voto. No fue suficiente. El efecto fue el contrario. Lo que más unió a los colombianos fue el miedo a Petro y su constituyente. Como el plan no funcionó en las urnas, ahora necesita un incendio para reactivarlo.

La constituyente, que durante meses fue la principal amenaza del petrismo, no era un capricho retórico. Es el as bajo la manga, listo para cuando aparezca un incendio que lo justifique. El documento planteaba quitarle autonomía al Banco de la República. Hacer esto con el órgano independiente que controla la inflación es, básicamente, darle al borracho las llaves del carro prometiendo que puede manejar mejor. El jurista Mauricio Gaona dibujó la línea exacta entre un presidente y un caudillo. Si una asamblea constituyente le da a un mandatario poder sin límites, deja de ser una reforma. Se convierte en el paso de la democracia a la dictadura. A pocos días de la elección, de repente, la constituyente dejó de ser prioridad. El cálculo electoral hace esos milagros. El plan es maquiavélico. Encender el país y después ofrecerse como el único bombero capaz de apagarlo, con constituyente en mano.

Mientras esperan la excusa, el verdadero incendio ya arde. La seguridad fue, sin duda, una razón profunda detrás de su triunfo. Los grupos armados ilegales crecieron 23,5 % en solo un año y ya superan los 27.000 integrantes. Las disputas territoriales entre ellos crecieron 34 %, la cifra más alta de la última década, y según el informe de la FIP, hoy existen al menos 13 regiones del país bajo disputa armada activa, casi el doble que al inicio del gobierno saliente. El desplazamiento forzado creció 71 %. No es una crisis que se resuelva con un decreto. La paz total no la apagó, la propagó. Por eso Colombia habló en las urnas.

La seguridad no fue el único incendio que dejó el gobierno saliente. La herencia económica tampoco es menor. El déficit fiscal primario, sin intereses de deuda, cerró 2025 en 3,5 % del PIB, el más alto en tres décadas, salvo en la pandemia. Para este año, Bancolombia proyecta que podría llegar hasta 7 %, lejos de la meta oficial de 5,1 % que el propio Gobierno se había fijado. La deuda neta superará el 58 % del PIB, y cada punto adicional cuesta más que antes, porque el país hoy se financia a tasas de hasta 14 %. En 2021, una crisis fiscal similar provocó el estallido social que le costó el puesto al ministro Carrasquilla. El mismo Petro que apoyó las protestas del paro nacional contra esa reforma terminó aprobando una de 50 billones, casi el doble, sin que sus propias bases salieran a protestar. El mismo Petro que calificó de “máximo grado de irresponsabilidad” comprar aviones de guerra terminó comprando los suyos, pero más caros. De la Espriella tiene que corregir todo esto, sabiendo que cualquier ajuste fiscal que proponga será el pretexto para un nuevo estallido.

Pero el fuego no lo prende solo Petro. Gustavo Bolívar y Carlos Carrillo lo incitaron con sus propias palabras, anticipando que el país se incendiaría si Cepeda perdía. No es protesta, es el chantaje de quien no sabe perder. La izquierda colombiana, sin embargo, tiene una historia distinta a la que ellos proponen. Carlos Gaviria perdió en 2006 con la votación histórica más alta de la izquierda. Nadie habló de incendiar nada. Navarro Wolff perdió en 1994 y siguió construyendo el país desde la institucionalidad. Roy Barreras, del mismo sector progresista, pidió respetar al ganador, sea quien sea, y contener la escalada verbal. Quienes hablan de fuego no son la izquierda histórica de Colombia. Son una facción que decidió que perder es motivo de guerra. La oposición, cualquier oposición, puede ejercerse de muchas formas legítimas. La amenaza no es una de ellas.

Anoche, mientras Cali ardía, de la Espriella hablaba de proteger la Constitución. Habló de respetar a la oposición y a quien piensa diferente. Y prometió ganarse a quienes no votaron por él con resultados. Otros, esa misma noche, incitados por las palabras de sus líderes, optaron por la violencia. Gustavo Bolívar dijo que el país se incendiaría. En Cali, lo escucharon. Eso no es una profecía, fue una convocatoria. El contraste no pudo ser más claro.

Esto apenas empieza, y la prueba real no se gana en campaña. De la Espriella tiene que apagar varios incendios al mismo tiempo. El más importante de todos es ganarse la confianza de todo el país. Si cumple lo que prometió anoche, el incendio se puede disipar. Si no, habrá heredado la llama solo para avivarla.