Columnistas
Llamarlo Puerto Rellena es un acto de resistencia
El problema no es el Monumento, que además quedó atravesado en medio de una troncal del MÍO, sino el significado que tiene para unos y para otros
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23 de jun de 2026, 12:44 a. m.
Actualizado el 23 de jun de 2026, 12:44 a. m.
El domingo de elecciones, en medio del trabajo periodístico de este diario, me correspondió cubrir la sede de Iván Cepeda en el barrio San Antonio para esperar los resultados de las votaciones con sus seguidores, una multitud de jóvenes que se agolpaban en las afueras, atentos a la transmisión de Radio Nacional de Colombia, en medio de una fiesta de música y vítores cada vez que el candidato del Pacto recortaba alguna diferencia con el finalmente ganador Abelardo de la Espriella. Digo fiesta porque lo que allí vi fueron caras alegres que a pesar de la derrota no perdieron la sonrisa y aceptaron esperar los resultados de los escrutinios como pidió su candidato.
En la Calle Quinta hubo arengas y pancartas pero nadie pidió sangre ni se excedió en la manifestación; otra cosa sucedía en Puerto Rellena frente al monumento a la resistencia donde un grupo de vándalos se dedicó al terror y a la destrucción, estoy seguro que ninguno de ellos siquiera votó, no participaron de la democracia pero sí del vandalismo.
Cali quedó traumatizada tras el paro de 2021, es algo de lo que no se recupera todavía, en el que durante tres meses fue secuestrada con más de 50 puntos de bloqueo dentro de sus fronteras. La noche del domingo, ese mal recuerdo regresó vía redes sociales a los ojos de miles de caleños, comenzando por el alcalde Eder, que actuó de inmediato para controlar la revuelta en el Oriente, a diferencia de hace 5 años cuando el gobierno local permitió que el vandalismo se acomodara y tomara el control de toda la ciudad.
El objetivo principal de los vándalos el pasado domingo eran las cámaras de fotodetección, no la protesta o las denuncias de fraudes electorales. Los que las derribaron son los mismos que andan con las placas tapadas, sin seguros, ni elementos de protección en motos ‘emproblemadas’ sin papeles ni origen claro; cuatro de ellas quedaron destruidas, estas cámaras no estaban allí sólo para controlar el tránsito, también efectuaban labores de vigilancia electrónica y reforzamiento de la seguridad en la zona. Sin ellas este populoso sector del oriente caleño perdió esa herramienta para combatir la delincuencia.
La millonaria reparación y reposición de estos elementos será costeado por todos los caleños, comenzando por los vecinos de los barrios aledaños, que, como muestran los videos compartidos en redes, celebraban la llegada de la policía antidisturbios porque mucha paciencia han tenido los habitantes de Mariano Ramos, Holguín, Villa del Sur y República de Israel que al comienzo acogieron y hasta pidieron la licencia para levantar el monumento que se volvió un punto de disturbios cada vez que hay aniversarios y visitas presidenciales, y ahora no saben qué hacer con esa estructura que concejales y hasta candidatos presidenciales han amenazado con echar abajo.
El problema no es el Monumento, que además quedó atravesado en medio de una troncal del MÍO, sino el significado que tiene para unos y para otros dependiendo de la narrativa que manejen según la cual o es ‘tierra sagrada’ para la lucha social o es un homenaje al terrorismo, por lo que varios influenciadores y políticos de derechas van a hacerse videos de forma provocadora apoyando su demolición.
Qué hacemos entonces con el bendito monumento, otra vez en el ojo del huracán. En mi opinión, dejarlo quieto y apoyar el entorno, fortalecer la seguridad en el sector trabajando con los comerciantes, integrar a los jóvenes que lo custodian para que el sitio se convierta no en un lugar de disturbios sino de industrias culturales y sobre todo de paz y de reconciliación qué es lo que más necesita esta ciudad tan sufrida. Y las cámaras, que las regresen de inmediato son necesarias.

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