Cuando los seres humanos, al concebir espacios para ser utilizados por ellos, agregan arte a su técnica constructiva, aparece la arquitectura tradicional; la que además debe responder al emplazamiento, función y placer en el uso de esos espacios, e incluso que su imagen genere emociones estéticas espontáneas. Pero en la arquitectura monumental la técnica está al servicio del arte y de la función, como suele ser en los templos desde la antigüedad; y, desde finales del Siglo XX, la arquitectura espectáculo prioriza el impacto visual, las formas extravagantes y el magnetismo mediático por encima de la funcionalidad, el presupuesto o el contexto urbano, generalmente con resultados lamentables tanto estéticamente como incluso para su segura construcción.
Ya desde inicios del siglo XXI, esa equivocada relación del arte y la técnica en la arquitectura se generalizó en muchas partes, como sucedió en Colombia en sus ahora muy grandes ciudades, en muchas de las casas, pero sobre todo en sus nuevos edificios de apartamentos, comprometiendo no apenas su funcionalidad, estética y disfrute, sino también su adecuada construcción respecto a las amenazas naturales, como, precisamente, los sismos. Y lo peor de todo es que esa desatinada interpretación de la arquitectura ha afectado mucho la regularidad de casi todos los espacios urbanos públicos de las ciudades en todo el país, llevando a la caótica imagen actual de las mismas; y, por supuesto, a su seguridad, tal como se pudo comprobar en el sismo del 2026 en Cali.
De ahí la importancia de la arquitectura regenerativa, más indicada ahora que nunca, ya que parte de lo existente en cada sitio para reutilizarlo lo más posible y generar menos escombros al no demoler todo; lo que además le permitirá ser renovadora del lugar, pero conservando parte de su imagen tradicional, la que revitalizará, y al mismo tiempo su uso habitual sin alterarla innecesariamente. Serían construcciones, ya sean casas o edificios, cada vez en mayor número, que serían responsablemente más adecuadas para conformar ciudades bien acomodadas a la geología de sus suelos, como a su clima y paisajes naturales; y edificaciones más sostenibles, ecoeficientes, funcionales y más seguras; y mucho más confortables, agradables y emocionantes para sus habitantes.
Hay que procurar entender que todos los lotes sin construir no están ‘vacíos’ como suelen aparentar a primera vista, sino que, por el contrario, siempre ellos están ‘llenos’ de la geografía de su sitio, en tanto relieve, geología, vegetación, fauna y clima, como de la historia de su lugar -su entorno-, ya sea este construido como natural, es decir, sus paisajes, tanto el urbano como el natural. Lo que, bien entendido, entonces debería conducir a entender a fondo cómo se debería sumar, en cada lugar específico de cada ciudad, el arte pertinente de su arquitectura a la técnica más adecuada para la nueva construcción de cada uno de ellos, según su emplazamiento y destino, como igualmente a su funcionalidad, buen uso y disfrute por todos los habitantes de la ciudad.
En consecuencia, hay que insistir en la actualización de la enseñanza/aprendizaje de la arquitectura, mediante grupos interdisciplinarios de profesores con estudios y experiencia en cada tema, en los programas académicos de las universidades. Insistir en la enseñanza de la historia de la arquitectura, incluyendo primero que todo la local, la que debe incluir la de su construcción para que sean complementarias, y oficializar las pasantías en reconocidas oficinas de arquitectura, que permitan a los estudiantes, aprendiendo en ellas, iniciar su práctica profesional; como también visitas críticas a obras paradigmáticas de cada ciudad, y viajes de estudio a otras ciudades similares, que permitan las debidas comparaciones, de las que siempre mucho se puede aprender.