Según Gallup, el 40 % de los adultos en el mundo reportó sentir preocupación durante gran parte del día anterior. No es una estadística abstracta: es casi la mitad de la humanidad despertándose con el peso del día encima antes de que el día empiece. Revisar el celular se convirtió para muchos en una mezcla de necesidad, vigilancia y castigo. En pocos minutos pasamos de una noticia económica a una tragedia, de una pelea política a una alerta climática, de una opinión indignada a un comentario diseñado para humillar. No es raro que tanta gente se sienta cansada, irritable o ansiosa. Lo raro sería permanecer intactos.
La ansiedad es una respuesta del cuerpo ante la percepción de peligro. Y el problema es que hoy el peligro muchas veces no llega como un hecho concreto, sino como una posibilidad permanente: ¿y si todo empeora?, ¿y si gana el otro?, ¿y si el país se rompe? La incertidumbre, repetida todos los días, termina convirtiéndose en clima.
Los números ayudan a ponerle nombre a lo que sentimos. La OMS estima que cientos de millones de personas viven con trastornos de ansiedad. Y la Asociación Americana de Psicología ha documentado que la política, la economía y el futuro de la democracia figuran entre las principales fuentes de angustia. No estamos ante una fragilidad individual, sino ante una condición colectiva.
Pero hay algo que vale la pena decir con claridad: buena parte de esa división es fabricada. No responde necesariamente a diferencias reales entre ciudadanos, sino a estrategias diseñadas para separar al electorado, activar el miedo y la rabia, y asegurar votos. Esa lógica puede ser rentable para algunos políticos y sus organizaciones, pero rara vez construye bienestar para nadie. La polarización agrava el cuadro porque transforma la diferencia de opinión en enemistad. Ya no vemos a alguien que piensa distinto, sino a alguien que amenaza lo que somos. Y cuando el miedo y el desprecio dominan la conversación pública, el cuerpo no distingue demasiado entre una pelea en redes y una amenaza real: se activa, se defiende, se agota.
Mientras tanto, la vida real sigue ocurriendo lejos de los discursos incendiarios. La mayoría de las personas no se levanta pensando en destruir al otro, sino en trabajar, sostener a su familia, pagar sus cuentas, cuidar a sus hijos y construir algo. Ahí está la verdadera fuerza de un país: no en la división que se grita desde los extremos, sino en la determinación silenciosa de millones de ciudadanos que todos los días hacen lo que les corresponde.
Eso no significa desentenderse de la realidad. Ser ciudadano implica informarse, opinar, votar, exigir. Pero hay una diferencia entre estar comprometidos y vivir secuestrados por la indignación. Una democracia necesita debate intenso, pero también salud emocional. Necesita ciudadanos vigilantes, no ciudadanos exhaustos.
Colombia no empieza ni termina en una elección. El país se construye todos los días: en cada empresa que abre, en cada familia que educa, en cada joven que estudia, en cada ciudadano que decide no odiar al que piensa distinto. Podemos defender nuestras ideas sin romper los vínculos. Podemos discutir el futuro sin destruir el presente.
Cuidar la salud mental también es cuidar la convivencia. Y cuidar la convivencia, aunque no aparezca en ninguna papeleta, es también un acto político.