Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, tuvo una idea insólita y brillante: invitar a Canadá a formar parte de la Unión como su primer miembro asociado. El anuncio llegó durante el discurso anual del bloque, en septiembre.
La presidenta sorprendió con la propuesta estratégica de crear una “fortaleza común” que incluya a Canadá, aunque algunos sospechan que la iniciativa viene de la reciente ruptura entre el gobierno de Donald Trump y su país vecino, histórico aliado comercial, político y cultural.
Ante la invitación, Mark Carney acogió públicamente la oportunidad y declaró ante el Parlamento Europeo que Canadá y Europa serían “más fuertes juntos”, con mayor autonomía, nuevos mercados y menor vulnerabilidad frente a Estados Unidos y China. Sin duda, estamos viviendo momentos extraños.
Detrás de esta acción audaz de los europeos hay claras intenciones políticas. La jugada representa un contrapeso a la disputa comercial entre Estados Unidos y Canadá, iniciada en 2025, una pelea creada fugazmente por el presidente Trump. Acusó al gobierno vecino de ser laxo frente a la entrada de fentanilo y migrantes, asuntos que nunca habían sido vistos como un verdadero problema fronterizo entre los dos países. Sin mayor contexto, llegaron anuncios de aranceles del 25 % sobre casi todos los productos canadienses. Canadá respondió de la misma manera.
El conflicto dejó de ser únicamente comercial cuando Trump empezó a referirse a Canadá como el posible “estado 51” y rebautizó en los mapas oficiales el lago Ontario como “Lake America”. Para los canadienses, aquello se convirtió en una agresión que desató una ola de nacionalismo frente a la amenaza contra su soberanía. Para el resto del mundo, abrió una oportunidad.
La movida de Ursula puede llegar a descolocar un poco a Estados Unidos, cuyas relaciones con Europa también están fracturadas. A la Otan, la alianza de posguerra que desde 1949 representa uno de los pilares de la democracia y la unidad de Occidente, parece interesarle cada vez menos al gobierno estadounidense.
Mientras Ottawa intenta disminuir su enorme dependencia del mercado estadounidense, la Comisión Europea piensa en términos geopolíticos.
La invitación a Canadá fue una provocación evidente y un mensaje de que Europa busca reducir su dependencia económica y estratégica de Washington. El acercamiento de Europa a Mark Carney también fortalece al bloque occidental frente a los riesgos provenientes de China, Rusia, las guerras del Golfo y, ahora, las presiones de Estados Unidos.
Todavía falta saber hasta dónde llegará la propuesta. Puede quedarse como un gesto político o convertirse en una nueva forma de alianza económica, tecnológica y de seguridad. Cualquiera de los dos escenarios deja una señal profunda: la geopolítica actual está empujando a los aliados históricos de Estados Unidos a buscar protección, mercados y estabilidad en otros lugares.