Por: Krish Benvenuti, comunicador y coach de bienestar, guía de longevidad consciente (Especial para El Pais)
Hay preguntas que aparecen después de las noticias. Y hay noticias que, más allá del impacto inmediato, nos obligan a mirar algo más profundo. En las últimas semanas, Colombia volvió a vivir hechos que estremecen y que, más allá del dolor que generan, deberían invitarnos a abrir una conversación que sigue siendo incómoda: la salud mental.
En Cali, un hombre ingresó a la Iglesia La Ermita y destruyó imágenes religiosas mientras pronunciaba frases incoherentes. Días antes, en Bogotá, un hecho violento ocurrido en el set de grabación de Sin Senos Sí Hay Paraíso terminó con víctimas mortales y abrió preguntas difíciles sobre prevención, acceso a tratamientos y acompañamiento oportuno.
No escribo estas líneas para simplificar tragedias ni para caer en conclusiones apresuradas. Tampoco para alimentar estigmas. Todo lo contrario.
Lo primero que debemos entender es algo esencial: tener una condición de salud mental no convierte a una persona en violenta. Millones de personas viven con ansiedad, depresión, trastornos afectivos o condiciones psiquiátricas y jamás protagonizarán un acto agresivo.
Pero también debemos poder hablar de algo incómodo: cuando existen señales de alerta que pasan desapercibidas, barreras de acceso a atención especializada, tratamientos interrumpidos, entornos de aislamiento o profundas dificultades emocionales no atendidas, las consecuencias pueden ser devastadoras.
Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿Estamos hablando suficiente de salud mental en Colombia? Mi sensación es que no.
Vivimos en un país resiliente. Un país que ha aprendido a levantarse después de décadas de violencia, crisis sociales, incertidumbre económica y cambios permanentes. Pero también vivimos en una sociedad profundamente agotada.
Estrés financiero. Jornadas laborales cada vez más demandantes. Sobreexposición digital. Soledad urbana. Polarización. Dificultades económicas. Miedo. Ansiedad.
Y, al mismo tiempo, seguimos actuando como si el bienestar emocional fuera secundario. Todavía escuchamos frases como “eso es falta de carácter”, “todo está en la mente”, “hay gente con problemas peores” o “usted lo que necesita es distraerse”.
Todavía demasiadas personas sienten vergüenza de decir: “no estoy bien”.
Los datos muestran que no estamos hablando de casos aislados. La Encuesta Nacional de Salud Mental en Colombia ya advertía hace años un crecimiento importante de los trastornos relacionados con ansiedad y depresión, condiciones que hoy representan una de las principales cargas de enfermedad y discapacidad en el país.
Más recientemente, cifras oficiales del sistema de vigilancia en salud pública reportaron durante 2024 más de 38.000 intentos de suicidio en Colombia. Detrás de cada número hay una historia. Una familia. Una señal que quizás llegó tarde. Una conversación que tal vez nunca ocurrió.
Y mientras las cifras crecen, muchas personas siguen encontrando barreras para acceder a atención psicológica o psiquiátrica. En algunas regiones del país conseguir una cita especializada sigue siendo difícil. Para otras personas, el obstáculo es económico. Y para muchas más, el problema sigue siendo cultural: pedir ayuda todavía se interpreta como debilidad.
Desde mi visión de bienestar integral y longevidad consciente, creo que necesitamos ampliar la conversación.
Porque la salud mental no empieza únicamente cuando aparece una crisis. Empieza mucho antes. Empieza en la infancia, aprendiendo a reconocer emociones.
Empieza en las familias, cuando normalizamos hablar de ansiedad, tristeza o agotamiento sin culpa.
Empieza en las empresas, entendiendo que productividad no puede significar desgaste permanente.
Empieza en las ciudades, creando entornos más humanos.
Y empieza también en algo profundamente personal: el trabajo interior.
Vivimos acelerados. Respondemos mensajes mientras caminamos. Comemos mirando pantallas. Saltamos de una preocupación a otra sin detenernos a escuchar qué está pasando dentro de nosotros.
Por eso prácticas como el mindfulness —la atención consciente al momento presente— han empezado a ocupar un lugar cada vez más relevante dentro de la conversación sobre bienestar emocional. Investigaciones desarrolladas durante décadas por el científico Jon Kabat-Zinn y múltiples estudios internacionales han mostrado beneficios en reducción del estrés, regulación emocional y calidad de vida.
No se trata de romantizar el sufrimiento ni de pensar positivo todo el tiempo.
Tampoco reemplaza una terapia psicológica o una atención psiquiátrica cuando son necesarias.
Se trata de desarrollar herramientas. Aprender a detenernos. A respirar conscientemente.
A reconocer señales tempranas de agotamiento emocional. A dormir mejor. A crear momentos de silencio. A mover el cuerpo. A conectar con la naturaleza. A pedir ayuda antes de llegar al límite.
Desde mi camino personal ligado al bienestar integral y la longevidad consciente, he aprendido algo que cada vez siento más verdadero: cuidar la salud mental no es un lujo; es prevención, es calidad de vida y es también una forma de construir sociedad.
Pero las soluciones no pueden depender únicamente del esfuerzo individual.
Necesitamos educación emocional desde los colegios. Más acceso a servicios especializados. Más prevención. Más inversión pública. Más conversación. Más humanidad.
Y quizá algo muy sencillo que hemos ido perdiendo: volver a preguntarnos unos a otros cómo estamos. Pero preguntarlo de verdad.
Pienso en Cali. Pienso en Bogotá. Pienso en cuántas señales silenciosas estamos dejando pasar.
Y vuelvo a la misma pregunta con la que empecé: ¿Estamos hablando suficiente de salud mental en Colombia?
Mi sensación sigue siendo la misma. Todavía no. Pero todavía estamos a tiempo.