Luego de un rapto consentido, y de haber sido encontrados por el Servicio de Inteligencia de Colombia de Rojas Pinilla, la caleña Amparo Caicedo y el fotógrafo Leo Matiz se casaron obligados por los padres de la novia. A pesar de que no fue un matrimonio feliz, pocas mujeres conocieron tan de cerca al célebre genio de la cámara. Historia revelada.
Desde el sexto piso de un edificio en la Avenida Jiménez, la mujer obtura el botón que activa el mecanismo para abrir la puerta de entrada. Hay un corredor estrecho, sin matas. Se cuela una corriente helada. El ascensor solo llega hasta el quinto piso donde le siguen escaleras en forma de caracol.
Entonces la mujer, 78 años, pelo a los hombros, saludo cordial, abre la puerta de su apartamento. En el salón principal la ventana dibuja una hilera de edificios antiguos que parecen guardar historias de una Bogotá de otros días. A la derecha, el Cerro de Monserrate.
Yo no sé para qué quieren que hable de Leo Matiz si eso pasó hace mucho tiempo, se apura a decir como quien se arrepiente a último minuto de hacer una confesión peligrosa. Pero no pasará mucho tiempo antes de que traiga en una caja de cartón un cerro de fotos en blanco y negro y una pila de recuerdos listos a ser sacudidos del polvo y la nostalgia.
Se llama Amparo Caicedo. Lleva puestos unos tenis, un pantalón raído y la mirada curiosa. En su rostro se apina la belleza que alguna vez la habitó. Se sienta frente a un enorme óleo de la artista Lucy Tejada que tiene recostado sobre una pared y empieza a recordar.
Mira, esta me la tomó en Fusa en un paseo que hicimos. Yo me estaba arreglando el vestido de baño, dice mientras muestra una imagen de una mujer muy joven de pelo desordenado y piernas interminables. Y esta otra, recién casados, fue para un especial de brujería que publicó en Cromos y que fue muy comentado... Qué linda, ¿no?.
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Amparo Caicedo Montesdeoca era una señorita de la clase acomodada caleña, hija de un ingeniero civil que había participado en la construcción de varias carreteras del Valle. Tras haber estudiado algunos años en el Liceo Benalcázar, ella y su familia se mudaron a Bogotá. Sin embargo las visitas a su tierra natal eran frecuentes y largas.
El encuentro que torcería su destino se daría justamente en Cali, una tarde a finales del año 50, en el tradicional Club San Fernando, donde para entonces transcurría la vida social de una ciudad sin mayores sobresaltos.
Yo estaba jugando ping-pong con mis amigas y de pronto se aparece ese hombre tan raro con sus cámaras colgadas al cuello. Tenía una mirada profunda y muy misteriosa y una hilera de dientes blancos. Era atractivo. A mí me gustó.
El encuentro entre el hombre de 35 años y la risueña adolescente de 17 no superó el saludo recatado y los halagos respetuosos, comunes en la época. Pero ella, curiosa y caprichosa, no dejó de pensar en él.
Para entonces, Leo Matiz ya era una figura reconocida en el mundo de la fotografía. En 1939 había sido corresponsal gráfico de Estampa, El Tiempo, El Liberal y El Espectador. Y un año después, con tan solo 24 años, había emprendido un recorrido en barco, en tren, a caballo y a pie por Centro América para llegar a México, que para entonces era una suerte de París latinoamericana.
Fueron los años cuarenta una de las décadas más prolíficas de su vida. En México realizó un centenar de trabajos de fotoperiodismo para las revistas Así, Hoy, Nosotros y Mañana. Y a partir del 56 inició un contrato con Selecciones del Readers Digest, para hacer las portadas de la revista. Según cuenta el fotógrafo e historiador mexicano Ernesto Peñaloza Méndez en el libro Macondo visto por Leo Matiz, en 1947 el otro cataquero ilustre firmó un contrato exclusivo con la Agencia PIX Newsletter para cubrir encargos en América Central y del Sur. Por medio de esta reputada agencia, varios de los más prestigiosos diarios y revistas de Estados Unidos publicaron fotografías de Leo Matiz.
No era extraño entonces que Amparo supiera bien quién era ese hombre con aire de gitano que las había cortejado, y que había llegado a Cali con la misión de fotografiar no solo los clubes San Fernando y Campestre que para entonces vivían momentos de expansión, sino para registrar la inmensidad de los cultivos de caña del Valle del Cauca. Ella había visto sus fotos publicadas en las revistas y soñaba, en secreto, estar algún día frente a su famoso lente.
Su curioso capricho no tardó en convertirse en realidad. Meses después, estando en Bogotá, le pidió a su mamá que la llevara a su estudio para que él le hiciera unos retratos. Ella aceptó a regañadientes, me imagino, porque era muy famoso. Porque mis papás eran extremadamente conservadores y ese tipo de cosas no les gustaban, dice.
Lo que siguió les gustaría mucho menos: la brevísima relación que surgió luego de las fotos entre el hombre de 35, con cuatro matrimonios a cuestas, y la jovencita de 17. Y su desenlace inesperado.
Leo me hizo un montón de fotos. Yo le gusté porque era muy bonita. Después de eso me empezó a mandar recados y me escribía notas en los cuadernos de mis hermanos cuando se los encontraba en la calle. Hasta que un día me llamó y me dijo que se iba para el Lago de Tota y me preguntó si quería acompañarlo para servirle de modelo. Yo le dije que sí.
Audaz, arriesgada, Amparo tomó un papel y un lápiz para escribirle una breve nota a su mamá antes de salir de su casa con una pequeña maleta en la mano. 48 horas más tarde el Servicio de Inteligencia Colombiano, el temible SIC del gobierno de Gustavo Rojas Pinilla, la buscaba por todo el país.
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Eso fue un escándalo, recuerda desde su apartamento, ubicado exactamente en el mismo sitio donde durante años funcionó el Estudio Leo Matiz, en la Jiménez con Quinta. El mismo lugar donde el pintor Fernando Botero realizó su primera exposición.
Y es que, en esa época, la fuga de una menor de edad con su novio, veinte años mayor, no era poca cosa. Mi papá era amigo de Carlos Arango Vélez, un político muy prestigioso de la época, y gracias a sus buenos oficios se realizó un operativo que creo que incluso llegó hasta Cúcuta porque creyeron que yo me había ido a Venezuela. Me encontraron como a los ocho días en Ráquira, un pueblito cerca de Tota, en un hotel frío y feo. Un policía me preguntó mi nombre y tras responderle me informó que estaba detenida.
Amparo Caicedo fue a parar ese día a un convento de monjas y Leo Matiz a la cárcel. Y fue cuestión de dos, tal vez tres días, para que el padre organizara con un cura alemán, amigo de la casa, una ceremonia religiosa para sellar esa unión que, desde ese preciso momento, estaba condenada a fracasar.
-¿Pero usted estaba enamorada de Leo Matiz?
- Yo no estaba enamorada. Eso era una locura de juventud, contesta sin mirar.
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Las mujeres fueron en la vida de Leo Matiz absolutamente imprescindibles. Galán y enamoradizo, encontraba en ellas una fuente de inspiración y de felicidad.
Se dice que durante su larga estadía en México tuvo múltiples amores, conquistados quizá con esa mirada profunda y un aire de bohemio incontenible acentuado por su bigote, su cámara y su infaltable boína. El más famoso de los romances que se le atribuyeron fue tal vez el de María Félix, una de las más grandes actrices mexicanas de todos los tiempos: María Bonita. Según se narra en el libro Macondo visto por Matiz, en una entrevista Darío Arizmendi le preguntó si era cierto ese rumor. Matiz, en una salida rápida, le contestó: Pero quién no se iba a enamorar de María....
Fue en México también donde contrajo matrimonio por partida doble. Primero con una costarricense y luego con una mexicana.
Amparo Caicedo asegura que esos, matrimonios fugaces, seis meses a lo sumo, no fueron de gran importancia para la vida de Leo, o al menos nunca se lo hizo saber así. Sin embargo, admite que fue la artista Donelda Fazakas, una pintora mayor que Leo con quien tuvo una hija, Maya, y con quien vivió en Nueva York, la mujer que más lo inspiró en la vida y la que más le aprendió.
Vivir con un artista, en todo caso, no fue fácil para ninguna de ellas. Tampoco para Amparo Caicedo. En nuestro matrimonio hubo de todo. Sobre todo peleas. Era terrible, pero también pertido. No puedo negar que era un hombre sumamente interesante, pero como buen artista tenía un ego inmenso y solo pensaba en él, afirma Amparo.
Hace unos años cuando Santiago, hijo del escritor Álvaro Mutiz, le pidió que le contara cómo recordaba a Leo Matiz, escribió lo siguiente: Todo lo hacía con una pasión obsesiva. Cuando yo posaba para él siempre terminábamos peleando. Y por cualquier cosa montaba en cólera. Si se había quedado algo olvidado, si se trataba de una cámara, si no encontraba el lente o el filtro exactos o si no le parecía como yo me veía, cuando algo así pasaba, le daban ataques de ira, regañaba a gritos a los ayudantes, a todo el mundo y por supuesto también a mí. Para él la fotografía era un trabajo demasiado serio. Los muchachos corrían de lado a lado cambiando las cámaras o los reflectores de lugar, cargando y descargando maletines. Siempre daba órdenes cuando estaba trabajando. Cuando no también. Pero al rato se le pasaba y se moría de la risa. Era temperamental.
Con todo y su enrevesado carácter, Matiz encontró en su mujer una modelo perfecta para muchos de sus trabajos. De la caja que posa encima de su regazo, Amparo saca montones de fotos donde aparece de falda larga, de pelo corto, con la mirada perdida, con una sonrisa insinuada. Fue justamente ella a quien fotografió vestida de campesina, recolectando café, para que fuera la imagen de Correos de Colombia. La foto a la postre sería convertida en una ilustración para ser utilizada en las estampillas.
Amparo también le posó de bruja. O mejor, caracterizó a una pitonisa. Lo hizo para un informe de brujería que sería publicado en Cromos, una de las revistas para las que Matiz trabajó.
Posar para él, sin embargo, no fue lo que más disfrutó. Si me preguntas qué era lo que más me gustaba hacer a su lado era visitar las exposiciones, porque le aprendía muchísimo. Para mí eso era un verdadero placer. Y no es que él explicara nada, es que yo lo oía hablar y estaba en sus conversaciones y todo eso me parecía encantador, recuerda con aire de nostalgia.
También disfrutaba los paseos en familia, en los que Leo invariablemente llevaba sus cámaras para fotografiar. Él podía quedarse horas, todo un día, esperando que la nube se ubicara donde él la quería fotografiar. Al otro día, si no le gustaba, había que ir a tomar la misma foto. Era una cosa exagerada, tenía 120 cámaras y a veces era capaz de comprar una para hacer una sola foto. Tenía montones de lentes y trípodes. Eso era su pasión.
De su matrimonio con Matiz, que duró cerca de 20 años, nacieron dos hijos: Alejandra y Leíto, con quienes de niños fue extremadamente cariñoso. Le encantaba consentirlos y se volvía otro niño con ellos. A ambos les tenía apodos: a ella le decía fija, como hija en el español antiguo; y a él, Cocoliso, como el hijo de Popeye, cuenta. Hoy Alexandra Matiz vela por el legado artístico de su padre a través de la Fundación Leo Matiz, en México. Leo, el hijo, falleció en 1973.
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La cita se acerca a su fin y Amparo repasa el libro Macondo visto por Leo Matiz que fue presentado en la Feria del Libro de Bogotá y publicado por Semana Libros.
Da unos golpes suaves y rápidos a las páginas buscando con angustia una foto que ella recuerda cuando fue tomada. Es un niño colgado en la rama de un árbol leyendo un periódico sobre un río que se ve correr. Luego de dos, tres pasadas, por fin la encuentra. Está en la página 153 y se llama Leyendo sobre el río, tomada en Cali en 1963.
A él le encantaba robarse esos instantes de la gente. Tenía esa sensibilidad para sacar lo bonito donde uno no veía más que un simple paisaje. Mire la foto, es muy bella. ¿No? Esa la tomó en uno de los viajes que hacíamos a Cali. Yo y mis hijos nos quedábamos donde las primas, pero él se quedaba en un hotel y salía a fotografiar.
-¿Lo extraña, a Leo Matiz?
Amparo prefiere no contestar. Luego dice, antes de despedirse: Leo Matiz no era ninguna perita en miel.