En el otro país que queda dentro de Colombia, un antídoto para el gota a gota: se llama Glac y funciona con una caja de madera.

Parece cuento: ¿Gente que se reúne a ahorrar plata en una caja de madera? Por grupos, se juntan cada quince días para meter dinero en un cajón que luego, sin ningún truco distinto a la disciplina de ese ejercicio, les dejará cumplir varios sueños urgentes: ir al médico, mandar para la universidad de la niña, conseguir una marrana paridera o comprar una canasta de pollos de engorde. Hasta ahí más o menos todo normal. El asunto es que tiempo después y en la mayoría de ocasiones, de la caja también salen ganancias que son repartidas en partes iguales, así como podría ocurrir en un cuento donde la solidaridad y la confianza escriben al final la moraleja. Entre las planicies de hierba asoleada de Santo Domingo, una vereda de Caucasia, en el Bajo Cauca antioqueño, uno de esos grupos de gente le ha encargado por estos días el cuidado de la caja a Rodrigo Peralta que, envolviéndola en un bolsa de plástico negra, la guarda en un armario de dos naves que tiene en su casa. Toda la protección entonces del ahorro de otras 18 personas de la vereda, es esta: los 62 años del señor, una cortina de velo que cuelga antes de que abra la puerta del cuarto, y la cerradura del armario, que en la mitad tiene empotrado un espejo. Bueno, además el hombre es cristiano. Y la llave del armario la mantiene escondida. Aunque tener los ojos de Dios encima del cajón no está de sobra, esa no fue la razón fundamental para encomendarle el dinero sino la seriedad que ha demostrado en años de vida honesta y sin exageraciones. Un mujerón de nombre Sadith y que está entre los ahorradores, dice que el prestigio de ser buena persona fue suficiente para que le delegaran la responsabilidad, que incluye el trasteo quincenal de la caja al sitio de reuniones, que suele ser la caseta comunal construida al otro lado de la carretera. De manera pues que cuando llega la hora, el señor Rodrigo, agricultor de bigote y botas de caucho, hace presencia con la caja al hombro, sorteando hasta ahora como principal peligro en el camino la velocidad de cólico que llevan las flotas que van para Cáceres y El Bagre. Además de cuento, este también parece otro país. Y de cierta forma es otro el lugar donde todavía pueden suceder estas cosas;  es el país donde los hospitales quedan muy lejos. Para la seño Margarita, que tiene 82 años, 10 hijos de los que depende con angustia, y una artritis que se le riega por todas partes, el hospital de Caucasia es tan remoto como le resulta a ella conseguir diez mil pesos para los pasajes de ida y vuelta; así que los doscientos mil que ahorró en ocho meses se los ha gastado yendo y viniendo sin afanes.  En ese mismo país donde la falta de oportunidades es un paisaje idéntico de sur a norte, el ahorro le sirvió a Domingo Ramón Vergara y a su mujer, Adiela Arrieta, para montar una cría de pollos de engorde que ahora se hinchan en los salones de una escuela abandonada; de ahí también ha salido para mandarle a la hija de Adiela, que cursa quinto semestre de Administración de Empresas en una universidad de Medellín.  Es el país de gente tan verraca como esa, o como la misma seño Margarita y su hija Deya, y don Rodrigo, que también es su hijo, que trabajando la tierra ahora tratan de construir una marranera que les ayude a alivianar la carga; además de la familia, que se reparte en dos casas de paredes de madera, está un señor por el que llevan velando los últimos 26 años,  desde que llegó a sembrar y no pudo seguir caminando por su cuenta. Es el país de esa categoríade gente. Nuestro país rural. Tan igual en tantos lados tan distintos. Es allí donde desde hace más de cuatro años está funcionando el cuento de estas cajas, que además de formar ahorradores está ayudando a reconstruir comunidades acortando las distancias entre vecinos y familiares, puesto que la dinámica se activa con base en el principio elemental de la cooperación: darle la mano al otro y creer en el otro para jalar juntos hacia el mismo lado. El modelo es tan simple como la explicación de la sigla que lo resume: Glac, Grupos Locales de Ahorro y Crédito. Y eso es tal cual, grupos de personas que se unieron para ahorrar y prestarse entre sí, parte de esos ahorros, con el propósito de atender los sueños urgentes sin tener que recurrir a los atajos que literalmente desangran a todo Colombia, gota a gota. Para que funcionen deben conformarse grupos que vayan de las 11 a las 19 personas, con lo que de entrada se elimina la posibilidad de que el mecanismo opere como una captadora ilegal. Además los ejercicios de ahorro regularmente se liquidan a los ocho meses, como explicó hace dos semanas el periodista Víctor Diusabá en la columna de opinión que los lunes publica en este periódico.  Al inicio, de manera concertada se establecen cuotas fijas de ahorro con las que cada miembro del grupo debe cumplir por quincenas.  Faltar a la reunión de ahorro se traduce en una multa que será cobrada por una  junta directiva. [[nid:507728;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/02/a11act14feb16n1photo02.jpg;full;{Esta la caja construida por la comunidad para ahorrar. Fotografía: Jorqe Enrique Rojas | El País}]] Esas multas, que también contemplan intervenciones fuera del turno de la palabra, van a dar a un fondo de solidaridad que en la liquidación final también se reparte. Agarrando los aportes de todos, los grupos también invierten en pequeños negocios que les permitan poner a trabajar la plata. El Glac de Santo Domingo, es el caso, compró en agosto pasado quince pipetas de gas de 40 libras, convirtiéndose en un punto de distribución de la zona. A las cuotas de ahorro les dicen acciones, que pueden ir desde los dos hasta los veinte mil pesos, aunque lo más común es que no sobrepasen los cinco mil. Para preservar la igualdad, en cada reunión todos deben comprar una acción pero nadie puede comprar más de cinco. El dinero que queda de esa compra es el que constituye la bolsa de donde saldrán los créditos para los mismos ahorradores. A partir del primer mes podrán prestar tres veces lo ahorrado, pero no todos podrán hacerlo al tiempo para no descapitalizar el fondo. Y ese préstamo, con un interés que nunca supera el 3%, deberá ser pagado reunión a reunión, en no más de noventa  días. Los intereses que todos paguen, al final también son distribuidos entre el grupo.  El cuento es tan legal que los Glac están aprobados por el Gobierno, que los respaldó inicialmente a través de su programa Banca de las Oportunidades. Los Glac empezaron desde el 2008 gracias al impulso de la organización social Iniciativas Empresariales de Desarrollo, que para el 2012 ya había ayudado a montar 1.500 grupos de ahorro. Desde ese año cuentan con el patrocinio de Colombia Responde, programa financiado por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo que surge para llevar “institucionalidad” a zonas apartadas y golpeadas por los azotes del conflicto y el narcotráfico. Colombia Responde los apoya para que sigan en marcha como escuelas de educación financiera en el país donde tampoco llegan los bancos. El mismo con otros lugares tan lejanos como para que no lleguen ni los Glac, y la única opción de campesinos que no tienen más que un atado de gallinas para respaldar una deuda, sigan siendo los mismos bandidos  de siempre. Por fortuna, cuenta Jaime Martínez, especialista de Servicios Financieros de Colombia Responde, el modelo ya se ha esparcido a lo largo y ancho de 16 municipios de Córdoba, Bajo Cauca, el  norte antioqueño y Nariño, por donde se han establecido 1.946 grupos de ahorro que en los tres últimos años favorecieron a 29.000 personas que, entre créditos, ahorros, intereses y ganancias, movieron $6.200 millones. El cuento, que también puede sonar a viejo por todo el tiempo que lleva de transcusrrido, tiene hoy  varias novedades; el apoyo institucional que requiere es para pagar dos cosas básicas: el kit de ahorro (cada caja vale $80.000) y el sueldo de un “facilitador”, que es un muchacho  que se gana un mínimo por asesorar a la gente a la hora de poner en marcha el Glac (por cada 25 grupos se asigna un facilitador). Las novedades están en que hasta este año habrá recursos de la cooperación internacional para seguir patrocinando el programa, por los que no se sabe si los facilitadores quedaran en vilo.  Pero las novedades también  están en que en este país de maravillas inadvertidas, muchos de los grupos más antiguos, ya desprovistos de asesoría institucional, siguen andando como el motor de un sinnúmero de pequeñas comunidades que así han dejado  de sentirse como otro punto más en el mapa de los pueblos olvidados. Ver el contenido de una caja de esas, que es apenas más grande que una caja de zapatos, es recordar el funcionamiento del mundo en su forma más simple: adentro  hay dos vasijas donde se recoge la plata de las acciones, bolsitas para guardarla, libretas con los nombres de cada miembro del grupo, tinta, y un sello con el que se registra lo que cada uno tiene; dependiendo de cada grupo,  las acciones podrán quedar ejemplificadas en la libreta con el sello de  una estrella o de un piecesito. También hay un cuaderno. Y lapiceros. Eso es todo lo que necesitan. Eso y tres candados que cierran la caja, y tres manos distintas para guardar las llaves garantizando de esa forma que nunca nadie pueda abrirla sin que al menos otros dos lo sepan.   Liliana Arango Márquez, una madre cabeza de familia con dos hijos que salió desplazada del sur de Bolívar, cuenta que entre el 2008 y el 2009 resultaba de lo más normal que la gente del corregimiento El Jardín,  a Media Hora de Caucasia,  es decir, a un vuelo en avioneta hasta Medellín, se fuera a dormir a las cinco de la tarde. O que como mínimo cerrara la puerta. Ella y su familia supieron de dos muchachos que mataron después de esa hora por el solo hecho de estar en la calle; uno de ellos era  estudiante.  Así como ocurrió y ha ocurrido en tantas otras esquinas de Colombia, la vida se hizo muy dura por ahí para mucha gente. Y lo sigue siendo pero de manere distinta. Con el tiempo,   las desmovilizaciones, las decersiones, en medio de los diálogos de paz y las treguas, poco a poco y como en un cuento, las cajas fueron llegando al barrio y la disciplina del ahorro fue entrando de casa en casa como una forma de nutrir pequeños  emprendimientos que movilizaron la economía del barrio y poco a poco  lo fue convirtiendo en otro:  Laura Castro, que tiene dos hijos, ahorró y  prestó, y ahora tiene un negocio de uñas para el que a veces le faltan manos con tanta clienta; doña Candelaria Tuirán ahorró para conseguir una fileteadora de segunda con la que ahora cose uniformes de colegio,  y a Liliana Arango y a su mamá Doris Márquez, les alcanzó para remodelar la cocina, enchapar, instalar un ventilador de techo y pintar la casa de verde. En la cuadra donde viven las mujeres  a veces llega la noche sin que nadie se apure por cerrar la puerta. Es el otro país. El mismo que se prepara para el postconflicto.