De las tétricas calles de Alfonso López etapa II, justo en el Jarillón del Río Cauca, y en medio de un ambiente hostil, emergió uno de los mejores pesistas de Colombia: Arley Bonilla, quien tuvo una turbulenta niñez que lo llevó a robar, a ser víctima del conflicto armado y a estar rodeado de las drogas. Sin embargo, el deporte fue su salvación, y lo dice con orgullo.
“El deporte salvó mi vida”. Con esa frase de batalla camina día a día Arley, sacando pecho en cada paso que da, tras convertirse en el orgullo de la familia y en todo un ejemplo a seguir.
Su constante disciplina, entrega y amor por el levantamiento de pesas ha conducido al halterista no solo a darle un vuelco a su vida, sino a la de sus seres queridos, que también han vivido años de angustia.
Tras tres meses de haber empezado en las pesas, dio un golpe de autoridad: se consagró campeón de los Juegos Departamentales, con solo 14 años de edad.
A partir de allí todo ha sido gloria. A sus 23 años, Arley ostenta múltiples títulos nacionales, es campeón de Juegos Panamericanos Junior en Cali, medallista de oro de los Campeonatos Iberoamericano, Panamericanos y Suramericanos.
Pero el logro más importante fue el conseguido en el Mundial Juvenil de Grecia, en 2022: dos medallas de bronce que lo catapultaron entre los mejores del planeta en la división de los 110 kilogramos.
Pero para llegar a esta cúspide, Arley Bonilla sufrió, su madre Yiniva Granada padeció y su familia pasó tragos amargos, desde lo vivido con su padre hasta lo que el propio pesista soportó sobre sus hombros por los flagelos de las drogas, las armas y el robo.
Una vida turbulenta
El pesista residía en el barrio Alfonso López etapa II, de Cali, en donde el conflicto social tocó su hogar de primera mano.
Su madre, Yiniva, trabajaba en un restaurante de la zona, tratando de sacar adelante a sus siete hijos, ya que se había separado de Norman Bonilla, el padre de Arley.
Precisamente ver a don Norman, quien falleció hace siete años, era tormentoso para él, pese a que su padre trataba de aconsejarlo.
“Mi papá tenía unos vicios: consumía y tomaba mucho trago”, confesó el pesista, conmovido.
Ver las drogas, la muerte, los robos y tantas cosas del bajo mundo, ese que rodeaba de pequeño a Arley, lo llevó a caer en un pozo profundo.
Por si fuera poco, su casa era de madera y sufrieron mucho la tragedia de las inundaciones.
“Llegamos a perder varias cositas cuando nos inundábamos. Se nos dañaban muchas cosas. Casi toda la ropa se la llevaba al río, las neveras se mantenían quemando y los televisores también”, cuenta hoy en día.
Actualmente ya no viven allí. Doña Yiniva tiene su casa en Jamundí; varios de sus hermanos tomaron rumbos distintos y Arley, junto a Adrián Bonilla, su hermano menor de 18 años, otro exitoso pesista, se fue a vivir en el barrio Alirio Mora Beltrán, en donde compró su domicilio.
Eso sí, de lunes a viernes residen en la Villa Deportiva de Indervalle, localizada en las Canchas Panamericanas.
Cayó en el bajo mundo
Con mucha tristeza, Arley confiesa que “hubo veces que, si veía un carro mal parqueado, le robaba la placa. A veces, en la tienda, hasta unas galletas robaba; también pasteles, o sea, cosas mínimas de peladito”.
El pesista salía de su hogar, ubicado en cercanías del Jarillón del Río Cauca, desde muy temprano. Incluso, se volaba del Colegio Vicente Borrero, donde cursó hasta sexto de bachillerato.
No era aplicado, no le gustaba estudiar y desde las 9:00 de la mañana se iba a trasegar el barrio, “a buscar lo que no se le había perdido”.
Incluso, a sus 13 años la noche se convertía en su mejor aliada y la calle en su ‘segunda’ casa.
Eso sí, indicó el halterista, “nunca probé el vicio, pero sí mantenía robando”.
Al trasegar por la nebulosa, Arley reveló cómo su vida dio un vuelco, gracias a la Fundación Bosconia La María, a la que lo llevó su madre desesperada.
“Yo estaba estudiando, tenía 13 años” y lo llevaron para Zarzal, un municipio del norte del Valle del Cauca, en donde están las instalaciones de la fundación para menores de edad.
Cuenta el Bonilla que los primeros días fueron agobiantes, llenos de tristeza y mucha nostalgia, situación que quiso dejar a un lado buscando jugar fútbol, pero que fue un callejón sin salida.
“Había un muchacho que tenía unas botas muy grandes y me estaba tirando pata y le dije: ‘Si usted me pega una patada con esas botas, aquí nos vamos a las manos, porque yo no me voy a dejar pegar con esas botas”.
El debut del pesista fue trágico. Arley no se contuvo y “me agarré y empecé a convivir así con los llamados ‘caciques’; ellos se mantenían pegándoles a los más pequeños, entonces en mi primer día yo peleé con uno de esos dos pelados, porque eran muy abusivos”.
No obstante, con el pasar de los días hizo amigos. Sus primeros meses fueron melancólicos. Su familia, por ser de muy escasos recursos, no podía visitarlo en Zarzal.
Y justo en medio de esos días, llegó el profesor César Rayo, quien se convirtió en el ‘ángel’ guardián que cambiaría su vida para siempre.
Él les ofreció a los niños entrenar pesas y a Arley eso le llamó la atención.
En su primer día se estrelló: “Yo pensé que era un gimnasio y que me iba a poner viga”; sin embargo, con lo que se encontró fue con un recinto donde se practicaba levantamiento de pesas: “Me encantó”.
A los tres meses participó en los Juegos Departamentales del Valle y se consagró campeón; no se cambiaba por nada ni nadie.
Pero cuando más feliz estaba, un nuevo golpe del destino lo sacudió: pasados varios meses dejó la fundación en Zarzal porque creció y se tuvo que devolver a la sede de Cali.
“No me gustó mucho, porque la de Cali era un encierro. No me pude acostumbrar y me volé”, confiesa hoy.
En medio de su relato, el deportista caleño aseveró que “nunca a nadie le obligan a hacer las cosas, no hay malos amigos. Gracias a Dios, por mí mismo aprendí que lo ajeno no era bueno cogerlo”.
Incluso, arrepentido y con tono enérgico, el atleta asegura que “el deporte cambia vidas y eso fue lo que hizo cambiar mi destino”.
Y gracias a las pesas, hoy Arley cuenta con su casa, recibe un salario de parte de Indervalle, y, aunque no terminó el bachillerato, vive feliz, representando al departamento y a Colombia.
Es el quinto mejor halterista del mundo y sueña con ganar una medalla olímpica para ofrecérsela a su mayor tesoro: Jaylee Ariadna, su hija de 5 años de edad.