El comentario ocurrió en horario estelar de la televisión colombiana. Durante una dinámica del reality La Casa de los Famosos Colombia, del Canal RCN, la actriz Jhoanna Fadul, conocida por su papel como Daniela Barrera en la telenovela Sin Senos sí hay Paraíso, le dijo al bailarín caleño Franck Stiward Luna Valencia, conocido como ‘Campanita’:
— Me posiciono ante ti y quiero que te vayas de la casa porque definitivamente tanto tu alma como tu mente están igual de oscuras que tu color de piel.
El episodio terminó con la salida de la actriz del programa y abrió un debate nacional: ¿qué papel juega la televisión cuando reproduce discursos racistas? ¿Cómo repercute esto en la sociedad y en los comportamientos cotidianos de las audiencias?
Para investigadores, críticos de medios de comunicación y escritores consultados por El País, lo que sucedió en La Casa de los Famosos va mucho más allá de un escándalo viral. Se trata de expresiones de una historia más profunda de exclusión racial que, en ocasiones, encuentra gran eco en la tv.
Según el crítico de televisión Omar Rincón, este tipo de episodios no pueden analizarse aisladamente del contexto social que los produce: “La televisión siempre ha sido un espejo de la sociedad que la realiza. Si tenemos un país racista, clasista, machista y xenófobo, es lógico que la televisión refleje esas formas de discriminación”.
Y menciona como ejemplo la permanencia, durante más de cinco décadas, de programas humorísticos que normalizaron estereotipos. “Sábados Felices lleva más de 50 años al aire haciendo chistes que se presentan como ‘blanquitos’, en nombre de la risa, pero que han sido racistas, clasistas, machistas y homofóbicos”.
Y agrega: “Si uno revisa las telenovelas colombianas, hay muy pocas protagonizadas por personas afro y aún menos por comunidades indígenas. Incluso cuando aparecen personajes afro, muchas veces se los representa desde la exotización o el folclor”.
Según Rincón, incluso los avances en inclusión televisiva siguen teniendo limitaciones simbólicas. “Hoy vemos presentadoras afro en televisión, pero el libreto, el comportamiento y la estética siguen respondiendo a modelos culturales blancos. En ese sentido, la diversidad todavía es superficial”.
De otro lado, para el sociólogo Carlos Charry, director del doctorado y la maestría en Estudios Sociales de la Universidad del Rosario, el episodio sucedido en La Casa de los Famosos evidencia que estos discursos raciales discriminatorios siguen profundamente arraigados en Colombia.
“Lo que se observa en la escenas de este reality es un proceso discursivo de discriminación que se expresa sin recelo, como si fuera algo natural. La asociación entre oscuridad y características negativas evidencia un sesgo histórico hacia las personas negras”, dice.
Charry advierte, además, que este tipo de expresiones no afectan únicamente a individuos, sino que pueden interpretarse como un acto discriminatorio contra toda la población negra del país.
“Teorías como el análisis crítico del discurso muestran cómo el racismo suele ocultarse tras el humor o la exageración de rasgos físicos, lo que ha sido muy frecuente en la televisión, no solo de Colombia, sino del mundo. No es un fenómeno nuevo”, comenta el sociólogo, quien cita a uno de los filósofos más influyentes en temas raciales y el anticolonialismo: Frantz Fanon.
En su obra ‘Piel negra, máscaras blancas’, Fanon explica que el racismo no opera únicamente como agresión directa, “sino como un sistema simbólico que vincula el color de piel con atributos morales e intelectuales”.
El autor denominó este proceso como la “epidermización de la inferioridad”, es decir, la forma en que prejuicios sociales terminan inscritos simbólicamente en el cuerpo de las personas racializadas.
“Estoy de acuerdo con el pensamiento de Fanon. El racismo, al igual que otros ‘ismos’, como el sexismo, el clasismo o los fundamentalismos religiosos, parten del supuesto de una superioridad moral por parte de quien discrimina”, explica Charry.
Y continúa: “El germen de estas prácticas es la creencia de que esa supuesta superioridad moral o material otorga el derecho de imponerse sobre los demás, algo que debe ser cuestionado en nuestras sociedades, que con frecuencia no reconocen la existencia de formas estructurales de discriminación”.
Precisamente, para el académico, lo que pasó en La Casa de los Famosos amerita que el programa haga una alusión directa al tema y dedique un espacio a la rectificación. Si no se hace, explica el docente, el silencio podría interpretarse como complicidad.
“Debe existir una rectificación, teniendo en cuenta que en Colombia hay una ley contra la discriminación. Sin espacios de reflexión, diálogo y crítica será muy difícil avanzar en transformaciones culturales que eviten que estas formas de discriminación se sigan reproduciendo, especialmente en la televisión”, anota.
La escritora y periodista afrocolombiana Edna Liliana Valencia sostiene, por su parte, que el episodio debe analizarse más allá de la indignación emocional: “Claro que duele. El racismo es doloroso. Pero no sorprende. Estos hechos siguen ocurriendo en Colombia y también en los medios”.
Recuerda que ella misma vivió un episodio racista durante su paso por RCN Televisión, cuando compañeras de trabajo realizaron una práctica de blackface en una fiesta privada del canal: “Se disfrazaron pintándose la cara de negro y caricaturizando a las mujeres afro. Decían hacerle un homenaje a las vendedoras de mango del Valle del Cauca. Se pusieron pelucas, labios grandes. Fue en una fiesta de Halloween y se formó una polémica por este caso de blackface, una práctica que está prohibida en Estados Unidos, porque ha sido usada históricamente para ridiculizar a las personas negras. Pero me sacaron del canal a mí, que no tenía nada que ver, por ser reconocida como una persona que defiende los derechos de la población afro”.
Edna advierte, además, que el racismo mediático puede convertirse en contenido televisivo rentable. Es decir, el acto racista puede capitalizarse como un show que llame la atención y genere rating.
“Me llama la atención que en este caso el canal saque a Fadul, pero enseguida mete al reality a Karina García, que está siendo demandada por una familia del Pacífico también por racismo, al exponer a una niña de 6 años en unos de sus videos”, argumenta Edna.
Para ella, “en este caso la doble moral es evidente. Estamos viendo cómo instrumentalizan el episodio de racismo para buscar audiencia. No es que realmente les interese dar una lección o defender los derechos de la población afro. Para ellos es maravilloso, porque les trajo rating, aunque, insisto, el debate nacional que se formó ayuda, por lo menos, a que medios como El País se pregunten por estos temas y la gente reflexione”.
Valencia advierte que uno de los mecanismos más persistentes para reproducir prejuicios es el lenguaje cotidiano, probablemente la herramienta más potente para consolidarlos.
“La narrativa general suele señalar lo negro como lo malo y lo blanco como lo bueno. Dios es blanco, así como los ángeles y la pureza; en contraste, aparece la noche negra, el alma negra, la oveja negra. ‘Denigrar’, por ejemplo, es una palabra profundamente racista: traduce rebajar como si fuera negro, como si ser negro fuera malo”.
¿Qué hacer, entonces, para desterrar el racismo en Colombia, o por lo menos, en la televisión? Omar Rincón plantea que los episodios racistas deben generar conversación pública, más que censura: “En distintos países se ha normalizado que líderes políticos, figuras públicas e influenciadores expresen prejuicios sin sanción social. Eso habilita que estos discursos aparezcan en televisión”.
Sin embargo, “una sociedad racista no se transforma ocultando el racismo. Entre más se exprese, más permite debatirlo. El problema no se resuelve diciendo ‘no soy racista’, sino reconociendo que el racismo está presente en nuestra cultura”, sostiene Rincón.
Y hace una salvedad: exigir a los canales de televisión que actúen como agentes morales absolutos puede resultar irreal: “Su responsabilidad principal es hacer rating. Pretender que sean más coherentes que el entorno político, digital o social del país es complicado”.
Lo que sí considera es que pueden generar escenarios de discusión: “Sería un golazo, pero es algo que compete al Ministerio de las TIC: proponer que, antes de cada programa, en vez de decir que es apto o no para toda la familia y que puede contener escenas de sexo y violencia —que es un saludo a la bandera, un lavado de manos de canales, políticos y sociedad—, hubiese un semáforo de racismo. Si es verde, significa que tiene cero racismo; si es amarillo o rojo, otros niveles de racismo. Lo mismo aplicaría para clasismo, xenofobia, machismo y diversidad sexual”.