El “niño terrible” del periodismo y la literatura latinoamericana ya tiene 61 años, pero su voz y su rostro siguen engañando al tiempo. Así me pareció mientras conversaba con Jaime Bayly, quien visitó Colombia durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo 2026), donde presentó su más reciente novela ‘Los golpistas’.

Es la primera vez que Bayly escribe —desde la ficción— sobre un hecho político de la historia reciente de Suramérica, en particular, del golpe de Estado que los militares dieron a Hugo Chávez en abril de 2002.

Como en un vodevil de tema tropical representado en las ferias pueblerinas, vemos a los hombres más poderosos reducidos a caricaturas dominadas por su ambición y ciegos ante su propia infamia. Aunque en principio la novela es una sátira contra las dictaduras de izquierda, la derecha no sale mejor librada.

Dado que Cali ahora es universal, surgió el tema y me contó que hace más de 20 años “estuve allá, cuando fui a presentar un monólogo de humor sobre mi novela ‘No se lo digas a nadie’. La obra se realizó en un teatro; eso debió ser en 2003 o 2004”.

“Terrible”, sobre todo, sigue siendo su inteligencia, incómoda para los simplistas que entienden la historia y la realidad desde los extremos, los mismos que hasta ahora no saben dónde ubicar a Jaime Bayly, una ambigüedad que, en vez de preocuparle, disfruta. Como demuestra en esta conversación.

Bayly ganó el Premio Herralde de Novela, en 1997, por ‘La noche es virgen’. Otros libros son ‘La mujer de mi hermano’ y ‘Yo soy una señora’. | Foto: Julia Juncadella

—El fallido golpe de Estado al presidente Hugo Chávez en 2002 está bastante documentado y algunos de sus protagonistas aún viven; teniendo toda esta información disponible, ¿por qué decidió escribir una novela y no un reportaje periodístico? ¿Qué lo llevó a inclinarse por hacer literatura de este hecho histórico?

Yo soy primero periodista y después escritor. Llegué a ser un escritor gracias a que antes fui un periodista. Como tal, he seguido siempre mi curiosidad y, en el caso de ‘Los golpistas’, yo perseguía una pregunta bien simple a la que no encontraba respuesta fácil: ¿Por qué el golpe de Estado contra Chávez triunfó el primer día y fracasó al tercero? ¿Por qué los golpistas se arrepintieron? ¿Por qué le permitieron a Chávez recuperar el poder? De esa pregunta surgió el deseo de escribir la novela, porque yo me siento más cómodo escribiendo literatura, novelas que exigen mucho trabajo periodístico, pero que no son periodismo.

En un reportaje periodístico estás obligado a decir la verdad, pero en una novela te puedes permitir unas ciertas licencias para inventar, mentir y decorar los hechos históricos con tu imaginación.

Por ejemplo, en esta novela, como en la anterior, ‘Los genios’, los diálogos son absolutamente cruciales para entender a los personajes y todos fueron recreados por el autor. Yo no estaba ahí, yo no sé cómo hablaron realmente ellos, así que tengo que imaginármelo.

Si este libro fuera periodístico y tuviera una pretensión histórica, entonces tendría que ser rigurosamente apegado a los hechos, en estos casos no puedo permitirme licencias para la ficción. Así que opto por la literatura, donde me siento mucho más cómodo y puedo entregarme a intuiciones y recrear con la información disponible, donde puedo mejorar, recrear, embellecer la vida misma y la historia.

—Antes que tomar una posición política por alguno de los bandos, la novela muestra la torpeza y la violencia detrás de quienes ejercen el poder en Latinoamérica, desde la izquierda y la derecha…

La novela se titula ‘Los golpistas’ porque casi todos los personajes en ella son golpistas. Quiero decir, Chávez fue un golpista, dirigió golpes de Estado que fracasaron y fue a la cárcel por ello. Chávez y sus discípulos fueron siempre golpistas. Incluso cuando ganaron unas elecciones limpias y democráticas, una vez que se instalaron en el poder, siguieron siendo golpistas y dinamitaron desde adentro a la histórica democracia venezolana.

Dicho eso, los enemigos de Chávez también eran golpistas. Él era un golpista de izquierda y sus enemigos eran golpistas de derecha, estos sí bendecidos por los curas, aliados con los empresarios, pero golpistas a fin de cuentas. Por lo tanto, la novela es una riña entre golpistas de un lado y del otro.

—Sin embargo, hay una crítica demoledora de los líderes sagrados de la izquierda: Castro y Chávez. ¿Sobre qué aspecto de estos gobernantes quería profundizar?

‘Los golpistas’ parte del fallido golpe de Estado a Chávez, para retratar por dentro la izquierda de Latinoamérica. | Foto: Galaxia Gutenberg

Sobre su traición a la democracia. Es simple: si Chávez se hubiera comportado como un demócrata, ese golpe fallido de abril del 2002 no hubiera ocurrido. Él era muy popular y querido entre sus compatriotas, pero una vez que se juramenta como presidente a principios del año 1999, casi de inmediato se convierte en un dictador.

La izquierda venezolana, pero también otras izquierdas de la región, han resultado tremendamente traidoras a la causa democrática. Usan a la democracia para llegar al poder; sus candidatos simulan ser demócratas, prometen que van a respetar las reglas de la cohabitación en una nación, pero una vez que llegan al poder, se vuelven autoritarios, subvierten el orden constitucional, se obsesionan con cambiar la Constitución, con aprobar la reelección indefinida, con darse poderes inmoderados y, entonces, aquel candidato que fue elegido como un demócrata, luego en el poder no gobierna como tal y se hace un dictador.

Esto lo hemos visto no solamente en el caso de Venezuela con Chávez y con Maduro, con sus fraudes electorales. También lo hemos visto en Nicaragua con Daniel Ortega, en Ecuador con Rafael Correa y Lenin Moreno, lo hemos visto en Bolivia con Evo Morales y Luis Arce. Es decir, es un modelo y este se lo explicó muy bien Fidel Castro a Hugo Chávez. Le dijo: “Tú vas a llegar al poder fundando un partido político, vas a ganar las elecciones democráticas y luego no vas a entregar el poder nunca”.

—¿Por qué dedicarle una novela a Chávez? ¿Qué lo obsesionó de este personaje?

A mí Chávez siempre me pareció un personaje novelesco. Tuvo una vida novelesca y creo que no soy el primer escritor en lengua española que se obsesiona con la figura de un dictador latinoamericano. Me interesó mucho porque era un militar atípico, era simpático y hablaba bonito, era un hombre que adoraba salir en televisión, por eso, yo creo que la verdadera vocación de Chávez no era la política, no era convertirse en un dictador, él quería ser un animador de televisión y lo logró.

Recuerde que cuando ya era dictador, él daba unos discursos que duraban horas en su programa de televisión y todos los canales tenían que unirse en cadena nacional y propagar esos discursos. Chávez me parecía un personaje rico literariamente, muy diferente al típico dictador militar, tieso y tonto.

—Todos los protagonistas, que en su mayoría son militares, fueron descritos de forma grotesca, ¿por qué decidió convertir a los poderosos en caricaturas?

Tal vez porque el golpe mismo fue una caricatura, un hecho esperpéntico. Un golpe de Estado perpetrado por tres generales que, en verdad, bien mirados, eran un poco ridículos. Es raro que un general de división se presente en público y sea mórbidamente obeso. Yo estoy gordo y no pasa nada, porque no me entreno para ir a la guerra, no soy general, no soy coronel, no estoy obligado a estar en buena forma física. Soy escritor, puedo darme el lujo de estar gordo, no me arrepiento y no pido disculpas.

Pero si eres un general, no puedes estar tan gordo como estaban gordos esos tres generales golpistas. Eso a mí me pareció siempre muy gracioso. Ver sus fotos y verlos tan hinchados, inflamados, adiposos y, sin embargo, tan simpáticos en su gordura, todos tan torpes y chapuceros. Es que, fíjese, ese golpe fracasó por una sola razón: porque esos tres generales golpistas, a los que llamo Velásquez, Rosado y Rondón, no estaban preparados ni para ir a la guerra, ni para dar un golpe de Estado, ni para asumir el poder. Eran unos aficionados, no eran golpistas profesionales.

—¿Cómo analiza los liderazgos políticos en el continente?

Yo veo muchos líderes ridículos, a la de derecha y a la de izquierda Solo que ellos no se dan cuenta de que están haciendo el ridículo. Comencemos por Trump, que hace el ridículo todos los días. Ahora último, con la visita del rey Carlos III del Reino Unido a Estados Unidos, este le dio una lección de grandeza intelectual, moral, de cómo se pronuncia un discurso con vuelo intelectual y de estadista.

Jaime Bayly visitó Colombia en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026. | Foto: Julia Juncadella

Y entre nosotros, en los países de lengua española, yo veo a líderes muy esperpénticos todo el tiempo. Sin ir más lejos, en mi propio país de origen, el Perú, en los últimos 10 años hemos tenido nueve presidentes. El Congreso destituye a los presidentes por temporadas y los elegidos no están a la altura de las circunstancias.

Me parece que ahora la derecha está más o menos de moda. Pero yo no me siento parte de esa derecha, porque si es una derecha representada por Trump, Bukele, Milei y Kast, yo no encuentro que sea una derecha liberal. Creo que esta es una derecha conservadora, reaccionaria y antiliberal.

Esos presidentes no creen verdaderamente en las libertades individuales. No creen en la libertad de las mujeres embarazadas para interrumpir, si así lo desean, su embarazo. No creen en la libertad de las personas del mismo sexo para casarse y adoptar niños. No creen en la libertad de los adultos para consumir drogas, para intoxicarse, si así lo consideran conveniente. No creen en la libertad de los inmigrantes para ir a un país soñando con un mejor futuro. Esos líderes, que dicen ser liberales, no lo son. Nos venden gato por liebre, porque en realidad son líderes de derecha conservadora, homofóbica, xenofóbica, machista, o sea, la derecha rancia, la antigua y de siempre.

—¿Y los liderazgos de izquierda?

De la izquierda no vamos tampoco tan bien, pero hay una izquierda que yo sí quiero rescatar, que son la chilena y la uruguaya. Estos dos países han demostrado que cuando gana la izquierda, todo sigue más o menos bien. Es decir, en Chile ha demostrado, primero, que respeta la democracia, que no cambia la Constitución, que no hacen fraudes electorales, que no se convierten en dictadores. Y, segundo, que el modelo económico lo dejan más o menos en pie para que siga funcionando.

En Chile y Uruguay la izquierda ha tenido suficiente madurez para comprender esas dos cosas, que uno no debe dinamitar la democracia y que tampoco conviene pelearse con los empresarios, nacionalizar, confiscar y estatizar todo, y, por lo tanto, terminar dañando a los más pobres. Chile es un país que ha progresado con la izquierda más que con la derecha. Y esto es notable, porque Boric a mí me pareció un gran presidente de izquierda, que no tenía miedo de criticar a Maduro, de llamarlo dictador. Esta es la izquierda que yo veo con simpatía en la región.

—En su novela anterior, ‘Los genios’, que podría definirse como un estudio de las vacas sagradas en su intimidad, resuelve el mayor chisme de la literatura latinoamericana: el motivo detrás del puñetazo de Mario Vargas Llosa a Gabriel García Márquez. ¿A qué información privilegiada logró acceder?

La mayor parte de las cosas que he narrado en esa novela ocurrieron de verdad. Yo investigué bastante y por muchos años para atreverme a escribir ‘Los genios’. Aunque fui muy amigo y cercano a la familia Vargas Llosa, no lo fui tanto de García Márquez; apenas lo conocí. Pero sí cumplí su sugerencia para saber quién era en verdad, o sea, hablé con sus amigos. Así fue como ellos, en tono conspirativo y bajando la voz, diciéndome cada tanto “no se te vaya a ocurrir citarme, Jaime”, me contaron su versión de por qué a Vargas Llosa se le había salido el cadete militar y le había dado una trompada a García Márquez.

Más que chisme, este es un hecho histórico, y yo solo me pregunté por qué carajos, si eran tan amigos, Vargas Llosa sintió ese impulso primario de golpear a García Márquez. Alguien tenía que atreverse a hacer ese trabajo, digamos, peligroso, y hasta parricida, porque yo sabía que escribir esa novela implicaba ajusticiar o matar a mi padre literario, que era Vargas Llosa, pero alguien tenía que hacerlo. Puedo asegurar que casi todos los secretos que he narrado allí ocurrieron en verdad y así me fueron contados.

—¿Cómo fueron las réplicas de los familiares?

Por una parte, los hijos de García Márquez me hicieron saber que les había gustado la novela. También es verdad que él y Mercedes Barcha quedan mejor que Vargas Llosa y Patricia, pero, bueno, vamos a ver, en la vida real quien dio el puñetazo fue el peruano. ¿Que si debió pegarle porque se lo merecía? Claro que no. Fue un exabrupto machista, un gesto de prepotencia y un acto reñido con el espíritu de un liberal, como se autoproclamaba Vargas Llosa.

Quiero decir, si él pensaba que Gabo se había acostado con Patricia, con su mujer en ese momento, o que Gabo había tratado de acostarse con ella, y si Vargas Llosa era un verdadero liberal, no correspondía darle un puñetazo. Podrían haber conversado de esto, tomándose unas copas y de pronto comprender la naturaleza ambigua de los deseos humanos.

Mario quedó muy mal al pegarle a Gabo, y peor aún cuando se negó a una reconciliación. Supe que Carmen Balcells, la agente literaria de ambos, trató en vano de que restablecieran su amistad. Gabo sí quería reconciliarse, darse un abrazo con Mario antes de morir, y él se lo negó. Eso estuvo muy mal, porque, digamos, él se aferró a un rencor que yo siempre encontré injustificado y hasta estúpido. Es que Mario había escrito un libro diciendo que Gabo era Dios y, bueno, si Dios quiere follarse a tu mujer, no deberías enojarte.

—Se cumplió un año del fallecimiento de Mario Vargas Llosa, ¿cuál considera que es el lugar del Nobel peruano en la literatura y la política actual?

Los peores errores que cometió Vargas Llosa estuvieron dictados por su vanidad. Uno no debería permitir que la vanidad nos domine; esa es una bestia salvaje y muy peligrosa. Mejor conviene tenerla enjaulada. Pero don Mario era muy vanidoso, por eso quiso ser presidente del Perú y fue un gran error; es que cuando un escritor se mete a político profesional, está cometiendo un suicidio artístico y le está diciendo a su público: “Yo prefiero el poder político que el arte”. Esa es una trampa mortal en la que cayó por vanidad.

‘Los genios’, novela de Bayly sobre Vargas Llosa y García Márquez. | Foto: Galaxia Gutenberg

Y otro grave error que cometió, esta vez, me parece, turbado por la vanidad y la arrogancia, fue enamorarse de Isabel Preysler. Él había escrito un ensayo titulado ‘La civilización del espectáculo’, burlándose de la frivolidad, de la revista Hola, de la gente que se exhibía. Y luego se enamora de una señora que personificaba todo aquello que él había demonizado, y además a las puertas de cumplir 80 años. Creo que cuando un hombre llega a esta edad debe irse preparando para morir, y más todavía si es un escritor. En ese sentido, creo que Vargas Llosa envejeció mal.

Yo siempre voy a preferir al primer Vargas Llosa, el de novelas como ‘La ciudad y los perros’, ‘Conversación en La Catedral’, ‘La casa verde’, ‘La tía Julia y el escribidor’, obras de los 60 y 70.

Luego se convenció de que él tenía que ser, además de genio literario, rico, famoso y poderoso, amigo de los reyes y de los príncipes, amigo de los presidentes de derecha, eventualmente marqués, y así fue. Y su vida se enrareció al final de sus días; basta recordar cuando cumplió los 80 años y dio una fiesta en un hotel en Madrid, teniendo a su lado a Isabel Preysler, de quien dijo: “Por fin he descubierto el gran amor de mi vida”. ¿Y quiénes más lo acompañaban? Casi todos eran políticos, muy pocos artistas. Eran todos hombres poderosos, de la política: la gente de Uribe, la gente de Aznar, la gente de Rajoy, la gente de Vox, que es un odioso partido de extrema derecha.

Me parece que él no envejeció bien y creo que García Márquez fue mucho más sabio para usar su poder y enjaular a la bestia de la vanidad, para no dejarse turbar por la tentación de la política.

—En su oficio como periodista y analista político, ¿cómo hace para conservar su ética y su capacidad crítica interactuando con todos estos personajes poderosos, cada uno de ellos buscando inclinar su posición hacia algún extremo?

Un periodista, lo mismo que un escritor, tiene que estar siempre en la oposición al poder de turno. Por suerte, soy ambos. Nos corresponde estar en la oposición a los poderes, ser rebeldes y marginales. Porque el periodista, cuando aspira a ser diputado, senador, ministro o embajador, está jodido. No estamos para aplaudir al poder, sino para criticar, para hacer preguntas difíciles, para tenderles zancadillas a los poderosos.

En mi caso, tal vez esta actitud rebelde se debe a que, cuando era niño, viví con un padre dictador. Yo era su hijo mayor y me llamaba como él, un hombre muy jodido que se ensañaba conmigo y, en ese momento, no entendía por qué. Él era muy violento conmigo, verbal y físicamente; fue muy terrible para mí. Por eso, creo que, desde entonces, he tenido una profunda alergia a los dictadores, a la gente que usa mal su poder y abusa, que aplasta a los débiles. Siempre he creído que debo mantener muy viva esa rebeldía y ver a los poderosos políticos, a los poderosos del dinero, a los poderosos de las confesiones religiosas, verlos siempre de lejos, guardando una distancia prudente, diría incluso higiénica.

Cuando los trato, no confío en ellos y, por principio, descreo de lo que dicen. Aunque, si puedo, actúo como un vampiro, les extraigo información, revelaciones, confesiones y luego trato de convertir eso en una novela, en un relato, en una columna periodística. De manera que tengo que estar un poco lejos, pero no demasiado, lo suficientemente cerca como para chuparles la sangre.