Por Paola Guevara, enviada especial de El País al Hay Festival de Cartagena
Para Héctor Abad se cumple un año desde que escribió ‘Ahora y en la hora’, que narra el instante aterrador en que un misil ruso con 600 kilos de explosivos cayó sobre la pizzería ucraniana donde el colombiano departía con otros escritores y amigos. Este año sus nietos, y la certeza de que ha tenido la fortuna de estar vivo para superar en edad a su padre, han transformado radicalmente sus prioridades literarias. Nos concedió esta entrevista íntima y reflexiva en el Hotel Santa Clara, de Cartagena, en el marco del reciente Hay Festival 2026.
—Tras una larga carrera literaria que incluye obras tan celebradas como ‘El olvido que seremos’ y la más reciente ‘Ahora y en la hora’, sobre los horrores de la invasión rusa en Ucrania. ¿Son los temas quienes buscan al escritor y se le hacen encontradizos para que los narre? ¿O es el escritor quien va detrás de los temas que le obsesionan?
No, no, no… Yo no he buscado estos temas ni los hubiera querido vivir. Tal vez ni siquiera los habría querido escribir. No. Yo no voy detrás de ningún tema. Yo no persigo estos temas tan trágicos. Es curioso, es como si lo que me pasa me buscara. Es como si yo no pudiera hacer nada más, o ninguna otra cosa, que escribirlo. Todo lo contrario: a estos temas les huyo. Yo me siento más bien como una antena que va por ahí, por la vida, sin mayores pretensiones. Pero que me pasan cosas, me pasan. Cosas raras, devastadoras, extraordinarias en el sentido de “fuera de lo ordinario”.
—¿Entonces la escritura ha sido una forma de procesar y asimilar lo que, de forma inevitable, le pasa?
Yo creo en esa frase de Pascal de que toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola causa y es su incapacidad de quedarse tranquilos en su propia casa. Yo, si pudiera, me quedaría tranquilo en mi propia casa, pero a veces no puedo, salgo a la puerta… y algo pasa.
—A veces al que nace para escritor le mandan historias...
Sí, sí, es muy raro, es un misterio por qué me pasan estas cosas así. ¿Por qué las tengo que escribir?, eso lo tengo más claro; pero, ¿por qué me pasan? Te juro que no es porque las busque. Al revés. Yo soy muy cauteloso, porque a mí me crio un médico salubrista. Lo de mi padre era la medicina preventiva: “No corras riesgos”. A mí no me dejaba ni siquiera subir a un árbol. Traté de llevar una vida sana, tranquila y, sin embargo, también me enfermo.
—Hace 10 años en Cali dio una charla en la Universidad Autónoma de Occidente y aún recuerdo dos cosas que dijo y que siempre se han quedado aquí, conmigo, sin que yo las haya anotado en un cuaderno. Lo primero que recuerdo es que llevó el discurso escrito, y dijo “Yo escribo para no tener que hablar”. ¿Por qué?
Uno con los años va perdiendo cierta timidez, cierto pudor, cierto temor de hablar en público. Antes, si me hacían una entrevista, yo cogía mi libretica y contestaba por escrito lo que me acababan de preguntar, porque era mi única manera de organizar las ideas, y luego le mostraba al periodista la respuesta y este le tomaba una foto. Sí, es de verdad, es de verdad, durante un tiempo me ponía muy nervioso para hablar en público, prefería llevar algo preparado por escrito y leerlo.
A veces decía “mándame la entrevista y yo te la contesto”, pero ahora me importa todo mucho menos. Y hablo, trato de hablar más o menos coherente. La razón es que yo solo tuve hermanas, cuatro hermanas mayores y una menor, que hablaban mejor que yo, hablaban más rápido que yo, hablaban con más gracia que yo, entonces a mí no me quedaba de otra que escribir, porque yo al lado de ellas hablaba muy mal, entonces me comunicaba mejor por carta. ¿Y lo segundo que recuerda de ese discurso en Cali?
—Y lo segundo es que al final dijo que, pese al estado desastroso del país y del mundo, y pese al peso de todo lo inevitable, cultivar el propio jardín -a la manera de Voltaire- era el mejor antídoto.
Sí, a mí siempre me ha fascinado el ‘Cándido’, de Voltaire. Después de este libro corto lleno de desventuras, de muertes, de heridas, de pestes, de naufragios, de terremotos, de todas las tragedias que nos pueden pasar a los seres humanos, la conclusión a la que llega Cándido, el personaje de Voltaire, es que hay que cultivar el propio jardín. Cada uno de nosotros tiene su jardín. Mi jardín es la escritura y yo trato de cultivarlo, y creo que todos deberíamos cultivar el que encontremos: el médico, en el hospital; el arquitecto, haciendo casas y edificios muy bonitos. Me parece que también haríamos mucho menos mal si nos dedicáramos a cultivar nuestro arte, y esa es la conclusión del libro, ir en contra del pesimismo. Mi papá era jardinero, cultivaba rosas; cuando se jubiló, dijo que se iba a dedicar a cultivar rosas y amigos. Ser jardinero es muy bonito.
—Me hace pensar en Murakami en ‘De qué hablo cuando hablo de escribir’, cuando dice que el escritor no encuentra las soluciones rápido, a la primera, sino después de mucho decantar y darle vueltas a cosas que para los demás son sencillas, claras y directas.
Sí, yo estoy muy de acuerdo. Hay excepciones, pues entre los escritores hay gente increíblemente brillante. Yo no me siento particularmente inteligente. Siento, sí, que me pasan cosas y que, como escribo desde chiquito, he aprendido a redactar. Trato de redactar bien y de superar la etapa de ser un puro redactor. Trato de darle alguna belleza a mi escritura, pero los cuentos vienen de afuera. Me siento una caja vacía: me entran por un huequito historias reales y saco historias escritas por otro huequito.
—Hablando de cultivar el jardín, estamos en un momento político -no solo del mundo sino de Colombia- bastante preocupante, y sorprende mucho el silencio de tantos intelectuales. El escritor es alguien que cultiva géneros como el ensayo, la novela, la poesía, y debería ser el primero en salir a advertir cosas que no dependen de ninguna ideología sino que son, literalmente, cuidar un jardín que se llama Colombia. ¿Cuál es su posición ante esta disyuntiva?
Bueno, en los últimos años yo reconozco que me he preocupado más por el mundo, por la geopolítica, por lo que pasa en Rusia, en Ucrania, ahora en Estados Unidos o en la crisis de la Unión Europea; por lo que pasa en Israel y en Palestina. En Colombia hemos tenido cuatro años muy locos, de un presidente muy inestable psicológicamente, muy delirante; habla tanto que es como esos relojes que están malos pero dan la hora correcta dos veces al día. Él, en tantos delirios, a veces dice algo correcto sobre el calentamiento global.
A mí me preocupa mucho este triunfo global de los hombres prepotentes, que creen que lo importante no es la democracia, que lo importante no son las leyes internacionales sino que lo importante es la fuerza. Eso ha sido así durante gran parte de la historia del mundo, pero creí que habíamos concluido que era mejor un mundo con reglas, sin guerras, sin invasiones, y todo eso está hoy en entredicho. Es casi como si Trump y Putin se quisieran repartir el mundo y a China tal vez no le molestaría, aunque China al ser un país mucho más comercial le interesan más la estabilidad y la paz, que es lo que favorece el comercio.
Pero sí es muy angustioso que gobiernen a través de las redes sociales y solo piensen en el efectismo, en lo en lo más brutal, en el lenguaje más burdo, en la pérdida de cualquier cortesía e incluso del buen lenguaje. Como que ya nada de eso importa… Yo sí he escrito todo lo que puedo contra los prepotentes, contra el delirio de las redes sociales, lo que pasa Paola es que no sé hasta qué punto sirva y quién lo ve y quién lo oye. Cuanto más sensato trata de ser uno, más aburrido parece. Entonces, si uno no tiene frases que tengan un efecto y suenen muy duras, pareciera que no habla, y es lo que está pasando en Colombia. A lo mejor no es que no se esté hablando, es que cuando lo único que se escucha es lo atronador, las voces mesuradas y pensantes quedan en una especie de limbo.
—¿Cómo ve a los candidatos a la presidencia?
Me preocupa mucho cómo hay candidatos que lo que ofrecen es matar a los comunistas, destriparlos o no sé qué. Y el otro, continuar con este delirio de Petro porque le ha funcionado, hasta cierto punto, para tener un porcentaje de votación muy alto. La coyuntura es muy mala. Si nuestras únicas opciones son la extrema derecha o la extrema izquierda, o si las únicas opciones para Venezuela son Trump o Maduro, es fatal para nosotros y fatal para el mundo. Yo creo que los únicos que pueden salvar a Estados Unidos son los mismos gringos.
Las mayores víctimas de Putin son los mismos rusos: en su invasión a Ucrania han muerto por lo menos 400.000 soldados rusos y eso es una burrada, eso es mucho más que todo el Ejército de Colombia junto. Lo que pasa es que tiene un país inmenso, pero para su propio país es una tragedia enorme de muertos, de destrucción de familias, de dolor. Todo por un apetito imperial desaforado. Y diera la impresión de que a Trump no le parece tan mal, pues trata mucho mejor a Putin que a Zelenski. Si no le parece mal, mejor nos repartimos al mundo y volvemos a un orden colonial, como de los años 30 del siglo pasado, donde lo que se impone son los hombres fuertes. Y la democracia, como se entiende después de la Segunda Guerra Mundial, pasa a estar otra vez en desuso. El momento es muy, muy grave.
—Pareciera que estamos en una época donde unos creen en ideologías radicales y otros en el pragmatismo puro y duro. ¿En qué cree usted? ¿Cuál es el Credo de Héctor Abad?
Yo creo mucho en la duda. Para empezar, creo que uno debe analizar cualquier problema con mente abierta, es decir, con una mente dubitativa y, en ese sentido, deliberativa. Yo creo en la deliberación, en el pensamiento, en el diálogo. No creo en la revolución. No creo en los actos brutales y rápidos. No creo en las soluciones violentas inmediatas. Creo en la evolución y no en la revolución, es decir, creo en las reformas. Pero en cierto tipo de reformas. Soy un moderado, entonces a lo mejor un tibio. Pero no importa, no quiero pertenecer a un mundo rápido de decisiones rápidas y de pretender saber exactamente cuál es la fórmula, porque la realidad es muy compleja.
Creo que si un tipo de extrema derecha habla de la importancia de la seguridad, no me parece una ridiculez, porque los que más sufren la inseguridad son muchas veces los más pobres. Pero aunque pueda estar yo de acuerdo en que la inseguridad es un problema gravísimo, con lo que no estoy de acuerdo es con las soluciones fáciles, como decir que hay que meter en la cárcel a todos los que parezcan de bandas, sin importar si son culpables o no, y sin importar que ahí caiga un montón de inocentes.
Entiendo que Petro diga que hay muchas poblaciones de Colombia con minorías marginadas a las que nunca se les prestó atención; que él les ha prestado un poco de atención le concedo, pero eso no quiere decir que por ser una minoría entonces yo voy a bajar todos los estándares de educación y de información para darles cargos administrativos importantes. Hay gente que no por ser de una minoría tiene las aptitudes para gobernar o para manejar un presupuesto.
No puedes decirles “por ser pobre y por haber sido marginado tienes derecho a manejar el país” o “por ser rico y haber tenido privilegios estás totalmente descalificado”. Creo en la ciencia mucho más que en la ideología, porque a mí la medicina me ha salvado la vida muchas veces. Yo estaría muerto, cinco veces, si no fuera por la medicina contemporánea, entonces sí creo en la ciencia y no creo que en el Ministerio de Ciencias tú puedas poner a una persona que no tiene ni idea de qué es el conocimiento científico.
Para ser médico que tienes que estudiar mucho, para ser cirujano tienes que estudiar mucho, y para ser Ministro también; no desprecio el conocimiento, no desprecio el estudio, creo que es fundamental. Como ves, mi credo no lo tengo tan claro. Yo no creo en Dios padre todopoderoso creador del cielo y de la tierra; me gustaría creer, pero no lo siento. Creo mucho en el amor. Tengo muy claro que la institución familiar es compleja pero, para mí, sigue siendo muy importante mi familia: mi mujer, mis hijos, ahora mis nietos.
No me da vergüenza decir que ese amor, para mí, es el motor de muchas de las cosas que hago y que renegar de eso… me parece bien si alguien lo quiere hacer, pero como yo he tenido una experiencia familiar en mi niñez, y ahora en mi vejez, que es agradable y bonita, no me da vergüenza decir que ese refugio es también el jardín que yo cultivo. No soy creyente pero no estoy en contra de la religión, mi mamá era una mujer creyente entonces yo respetó muchísimo a las personas que creen y más bien los envidio.
—¿Ser abuelo cómo le ha transformado la escritura? ¿Son ellos una nueva persona en la que piensa cuando escribe o cuando piensa cómo lo van a leer a futuro?
Mis nietos nacieron el 29 de diciembre de 2024 y desde entonces no he escrito. Bueno, publiqué ‘Ahora y en la hora’, pero no he escrito ningún libro después del nacimiento de ellos, es más, como nacieron prematuros extremos entregué el libro desesperadamente, porque ellos entraron en la UCI y se quedaron allí varios meses. Dije: “No puedo escribir, me dedico a mis nietos”. En Ucrania habían matado a dos gemelas frente a mí, en ese restaurante, entonces tuve un episodio medio místico cuando mi hija me dijo: “Estoy esperando. Y estoy esperando mellizos, mellizas o gemelos”, entonces sentí que mis nietos eran, de alguna manera, la reencarnación de esas gemelas ucranianas.
—Al momento de esta entrevista, ya ocupa el lugar que algún día ocupó su papá, en el sentido de que se ha vuelto un esposo, padre y abuelo. Ya es el relevo generacional de aquel que fue su modelo.
Soy más viejo de lo que fue mi papá nunca, es decir, ya soy mi papá. Lo mataron a los 65 años y yo ya tengo 67, ya soy más viejo que él. Mi papá tuvo nueve nietos, alcanzó a conocer a mi hija y dijo de ella que era su Novena Sinfonía. Él citaba mucho una bendición bíblica que dice: “Y verás a tus hijos y a los hijos de tus hijos”, y ahora que mis nietos sobrevivieron y están sanos, lo entiendo.
Si ellos hubieran nacido hace 30 años no sobreviven, punto. Sí que estoy muy agradecido con la ciencia y con la ciencia médica en Colombia; no, este no era el peor sistema de salud del mundo como dice el Presidente, funcionaba mucho mejor que casi todos los sistemas de salud de América Latina y mejor que el de Estados Unidos, donde si uno se enferma se quiebra y tiene que vender la casa.
—Este momento de su vida, entonces, ha sido una pausa literaria.
Estoy muy tranquilo. Para mí, en este momento, la misma literatura no es lo más importante. Es más importante para mí ser abuelo que ser escritor. Mucho más importante. No me importa. Yo sé que mis amigos realmente tienen una profunda fe y creencia en la literatura, pero ya ves que en mi Credo yo no mencioné la literatura.
—Tampoco mencionó en su Credo las palabras, las letras, el lenguaje.
No, no. Mira, yo he llegado en la literatura mucho más lejos de lo que me soñé. Ya no quiero más reconocimiento. No aspiro a ningún premio, estoy bien. Ya la literatura me ha dado las cosas que tengo, hasta una finquita, hasta una manera de vivir agradable. Ahora, sí voy a seguir escribiendo porque me gusta, pero ojalá sin que me ocurra nada muy serio.
—Que no llegue otro “tema”.
Sin temas. Sin temas trágicos.