Llegó al Instituto de Ciegos y Sordos cuando era un niño. 80 años después sigue allí. Su familia nunca fue por él; nadie lo adoptó. Ni siquiera cuando parte de la edificación se vino al suelo por el terremoto de Tumaco de 1979 y se les pidió a los acudientes que recogieran a los internos. Por Polo nadie preguntó.
Hoy, sentado en su cama junto a un ventanal—con camisa roja, sudadera gris, medias negras y pantuflas—, llora cuando no le dan su comida preferida: pan y café hirviendo.
— Es muy mimado —reconoce Danna Angely Granados, una de las tres enfermeras que se turnan para acompañarlo las 24 horas.
Cuando alguien lo dejó en la puerta del Instituto —nadie sabe quién—, apuntó su nombre en un papel: Polo Libardo Apolinar. No se conoce más de su pasado; la carpeta de su expediente se perdió. Tal vez en el terremoto, en alguna de las inundaciones o a lo mejor en el incendio que mencionan los más antiguos.
Fue Sara María Domínguez, la segunda directora, quien decidió acogerlo. La institución la había fundado Luisita Sánchez de Hurtado en 1940, cuando Cali era un pueblo de menos de cien mil habitantes en donde no había ninguna entidad que atendiera a los niños sordos y ciegos.
En su juventud, Polo recorría día y noche el edificio. Barría patios, sembraba matas, prendía o apagaba luces, ayudaba a los profesores en los trasteos de salón o hacía favores, como llevar paquetes a la oficina de dirección.
— Después se sentaba en su lugar: las escalinatas de la portería, bajo el reloj. Allí se pasaba el día, junto a la pared, y a veces se quedaba dormido oyendo radio. Uno lo saludaba y él contestaba a su manera, con un balbuceo, porque no desarrolló el lenguaje. Era su forma de decir “quihubo” —recuerda Gloria Stella Montoya, coordinadora de los niños con discapacidad visual, quien trabaja allí desde hace 30 años.
Eucaris Marín, la secretaria de los especialistas, le regaló un cojín de los que se llevan al estadio o a la plaza de toros, pero Polo jamás lo usó. Ella le bromeaba con que la cola se le iba a enfriar y la columna a entiesar. Eucaris era de las pocas que lo abrazaba hasta que se pensionó. A Polo no le gusta el contacto físico, tal vez porque nunca lo tuvo; se sospecha que no contó con una madre que lo arrullara. Pero entre los muros del Instituto encontró una familia donde todos lo cuidan, todos tienen que ver con él.
Rogelio, el portero, por ejemplo, era el único que lograba que hablara. Le hacía chanzas y Polo respondía con un sonido con el que parecía decir: “berraco”.
Wilson Henao, el conductor, no solo se encargaba de peluquearlo, sino que también lo llevaba a conocer Cali. Un día, Wilson le pidió que lo esperara en el carro mientras entregaba un paquete. Al regresar, vio a Polo con la cara blanca, llena de harina, como si acabara de salir del Carnaval de Negros y Blancos. Sobre sus piernas sostenía un paquete repleto de gelatinas de Andalucía que le había entregado un vendedor ambulante. A Wilson no le quedó más remedio que pagarlas.
Esa complicidad institucional casi le cuesta al Instituto una multa millonaria. Para garantizar su seguridad social y afiliarlo a la EPS, lo inscribieron en la nómina. Sin embargo, a la entidad reguladora de pensiones le llamó la atención que no recibiera los pagos de ese rubro y envió una notificación exigiendo su jubilación.
— Me tocó volverme García Márquez para hacerles llegar una carta donde explicaba que Polo no trabajaba para el Instituto, sino que era nuestra manera de garantizarle el acceso a la salud. Ellos lo entendieron —recuerda el actual director, Pedro Pablo Perea Mafla.
Polo jamás usó reloj, pero no lo necesitaba. A las 8:00 en punto estaba listo en el casino para desayunar, y a las 12:00 del mediodía, para almorzar. Siempre estaba parado en la portería a la hora que ingresaba Elsa, la asistente de dirección, quien le regalaba una pastilla de vitamina C para que no se enfermara.
También se ponía las bermudas a la misma hora. Al verlo, Eucaris le decía: “Ya estás en modo fin de semana”. Le gustaba subir a la terraza para disfrutar de la brisa, escuchar los pájaros y señalar hacia las montañas de Cristo Rey.
Ahora, en su cuarto —tan amplio que alberga dos camas y un sofá—, señala el baño. Por sus problemas de próstata, orina con frecuencia. Allí, además del televisor, hay una radio; en su juventud le encantaban los transistores. También tuvo una cámara fotográfica que le regaló Doris García de Botero, la directora, en 1994. A lo mejor Polo soñaba con ser fotógrafo, porque jugaba a tomarles fotos imaginarias a los niños. Ellos posaban sonrientes, al igual que los profesores.
De la cámara ya no hay rastro en la habitación. Lo que sí quedan son fotos reales de celebraciones navideñas, del Día del Niño —donde Eucaris lo disfrazaba de mimo o de granjero— o de sus cumpleaños. Fue Elsa quien le tramitó la cédula que dice que Polo nació un 19 de marzo. Ella no iba a permitir que siguiera siendo invisible ante el Estado, sin derechos ciudadanos. Viajó hasta Santander de Quilichao para hacer el registro y algunas abuelas del Instituto sirvieron como testigos.
Cada vez que cumple años, todos se reúnen en el salón de eventos alrededor de una torta. Si algo le alegra la vida a Polo es comer; lo hace rápido y varias veces al día. Cuando le da dolor de estómago, el doctor Pedro Pablo atiende su dolencia. Ahora que Polo ya no ve, debido a las cataratas, basta con que escuche la voz del médico para que se lleve las manos a la barriga. Cuando estuvo hospitalizado durante la pandemia, su habitación fue una romería: directivos y profesores se turnaban las 24 horas para que nunca estuviera solo.
El susto más grande ocurrió hace unos meses. Pedro Pablo llegó en la mañana y lo encontró lleno de morados. Revisó cada hueso. Por fortuna, no había fracturas. Se había caído la noche anterior. El director entendió que Polo ya no podía permanecer solo y se le ocurrió enviarlo a un centro geriátrico.
Apenas duró un par de jornadas. Polo lloraba todo el tiempo. En el Instituto, los profesores lo extrañaban y los niños preguntaban por los pasillos: “¿Dónde está el abuelo?”.
— Cuando el terremoto de 1979, por Polo nadie preguntó. Tantas décadas después, basta con que falte un día para que todo el Instituto pregunte por él - dice el director.
Pedro Pablo lo trajo de vuelta enseguida, porque a él también le hacía falta la presencia de Polo, pero esta vez con enfermeras exclusivas. Porque Polo —lo repiten los profesores— es la historia viva del Instituto de Ciegos y Sordos de Cali, el último testigo de una época que ya se fue.
Algunos, al verlo con su caminador por los pasillos o mientras toma el sol en las mañanas, piensan que Polo es como un niño de 80 años, o les recuerda a un señor muy viejo con dos alas enormes, como en el cuento de Gabo; un ángel que decidió quedarse allí para siempre.