La vida suele convertirse en aquello que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo cosas. Puede que la agenda de pendientes sea tan larga que no lleguemos a reflexionar nunca sobre ello. O puede que, en esos giros inesperados de la existencia, ocurra algo que nos obligue a hacer lo que no sabemos hacer: parar.
Tamaña reflexión puede parecerse a esos mensajes inspiradores que aparecen de cuando en cuando mientras navegamos por Instagram. Pero suena muy distinta cuando emerge de los labios de alguien que, con una inexplicable sonrisa, lo dice sentada en su silla reclinatoria mientras recibe su tratamiento de quimioterapia.
Sin un solo pelito en la cabeza, cejas ni pestañas, pero extraordinariamente hermosa y luminosa, Edna Magaly Ayala repite con seguridad que, cuando todo esto pase, se tomará la vida mucho más despacio.
Está acostumbrada a las entrevistas: a que se las hagan y a hacerlas. Desde hace algunos años es la líder de Comunicaciones de la Secretaría de Educación del Valle del Cauca y, desde hace muchos más, es conocida en el país por ser “La comunicadora de la paz”, un título que se ganó en algunos de los reportajes y los perfiles que le realizaron con motivo de su historia de resiliencia.
Y es que, alrededor de 2020, esta tolimense empezó a hacerse visible porque realizaba, en instituciones educativas, charlas sobre el perdón y la reconciliación, las cuales impartía junto a una persona desmovilizada.
En el caso de Magaly, esta misión era un ejercicio especialmente retador, teniendo en cuenta que vivió en carne propia el impacto de la guerra, que llegó hasta San Antonio, en su Tolima, para arrebatarle la vida a su padre y convertirla, junto con su madre y su hermano, en parte de los más de ocho millones de desplazados por el conflicto armado en el país.
La vida la trajo a Cali, donde construyó un nuevo camino desde cero. No se trataba solamente de la búsqueda de oportunidades, sino de tramitar todo ese dolor y las preguntas sin respuesta que dejaron las heridas causadas por la violencia.
Años de dolor y resentimiento se liberaron con la fuerza de una represa cuando se enfrentó al reto de escribir su historia como su trabajo de grado en comunicación social. Escarbó en sus ancestros y encontró que la impronta de la guerra en su familia era mucho más antigua que su propio dolor.
De ese proceso nació el libro ‘Desvictimizándome’, que le permitió exorcizar sus fantasmas y encontrar el sentido y la misión de su vida a través de compartir esperanza.
“Entendí que mi camino para gestionar ese dolor era moverme de la posición de víctima, salir de allí”, señala.
Con ese mensaje empezó a recorrer colegios y universidades y luego fue invitada a espacios tan valiosos la ONU, en New York; la Universidad para la Paz, en Costa Rica, y el encuentro de víctimas del conflicto con el Papa Francisco.
Su producto editorial ha hecho parte de numerosas ferias de libros, exposiciones, talleres y giras, llegando incluso a otros países, como Ecuador, donde ofreció conferencias a más de tres mil maestros, lideres sociales y periodistas.
Su propuesta no se trataba de un ejercicio moral ni obligatorio. Consistía en explicar lo que para ella funcionó como una decisión liberadora, intentando entender qué ocurría tanto del lado de quienes siempre hemos conocido como los victimarios, como del de los sobrevivientes.
Esa postura, relata, le permitió comprender que este es un país roto desde múltiples orillas y que, para seguir su camino sin el peso del dolor, lo que necesitaba era “soltar esa maleta”.
Sin embargo, la vida le tenía reservados otros capítulos. En la búsqueda de quedar embarazada, los médicos identificaron que tenía endometriosis y cáncer de cuello uterino. Fue un golpe duro, no solo para sus planes de entonces, sino también para su cuerpo, sobre el cual recayeron tratamientos y cirugías como la histerectomía.
Hasta allí había hecho una maestría en resiliencia, pero aún faltaba. A comienzos de 2025, mientras se realizaba el autoexamen, descubrió un pequeño bulto en uno de sus senos.
Tras acudir rápidamente a una ecografía, se dio cuenta de que tenía varios tumores e inició la ruta oncológica con prontitud, dado que estas “masitas” crecían rápidamente y una de ellas hizo metástasis en uno de sus ganglios: su diagnóstico fue cáncer de seno triple negativo metastásico. Y todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.
Desde la sala de quimioterapias de la Clínica Imbanaco, donde se ha sentido amorosamente tratada, sostiene que atravesar esta situación y contar con las herramientas para narrar su historia la enfrentan a la necesidad de hacerlo, para hablar de lo que se vive desde esta orilla del cáncer, incluyendo muchos de los mitos y las situaciones que, aunque impulsadas por el amor, terminan convirtiéndose en cargas adicionales para los pacientes. Aparece, una vez más, la misión de repartir esperanza, sin importar la orilla en la que esté parada.
Habla, por ejemplo, de la recurrente tentación de asociar el padecimiento del cáncer con odios, rabias o emociones guardadas en el corazón de quienes lo enfrentan.
“‘Es que tú no has hablado’. ‘No has sacado todo ese dolor producto de tu divorcio, de tu duelo o de algo duro que te haya pasado, por eso tienes cáncer’, les dicen a muchos pacientes, depositando en ellos la responsabilidad de su enfermedad. Nada de eso es necesario, se los digo con amor”, afirma Edna Magaly.
Por eso asegura que el mejor consejo que le han dado proviene de su oncóloga, Marcela Urrego: “Esto que te sucede no es tu culpa. No es culpa de lo que sanaste o no; de lo que comiste o no; de lo que lloraste o no; del ejercicio que hiciste o no… sencillamente, tenías que vivirlo, pues no se trata de sanar, comer, perdonar, no olvidar. O cómo se explica que personas que cargan tantas rabias en la vida no deban enfrentar enfermedades como esta”.
Entender el cáncer así, sin remordimientos que hagan la carga más pesada, hace parte de los grandes aprendizajes que le ha dejado este tramo de la vida y se sincroniza con esa necesidad de ir más despacio, con menos afanes.
Desde las redes
De eso también habla en los contenidos que comparte en redes sociales (@ednamagalyayala), en los que transmite a sus más de 50 mil seguidores mensajes de “positivismo racional”: no se trata de “tapar el sol con un dedo frente a los problemas, sino de tomar conciencia de que se puede superar el obstáculo que se atraviesa y de que todo tiene un sentido”.
De eso mismo conversa con otras personas con cáncer de seno que se cruzan en su proceso: en los consultorios, en la sala de quimioterapias y en el chat Club de Vida, el cual integró con otras pacientes para que pudieran resolver dudas mutuamente y, ¿por qué no?, compartir de cuando en vez esa palabra de aliento tan necesaria en este trasegar.
“Hace mucha falta entender la importancia del acompañamiento amoroso en este proceso. La red de apoyo lo es todo: esa paciencia generosa, esa atención en los momentos críticos, esa presencia que nos dice que no estamos solos”, asevera.
Durante un tiempo dedicó sus sesiones de tratamiento a tejer manillas con libélulas que entregó a otras pacientes, unidas a mensajes de valentía y gratitud. Sí, gratitud, afirma, porque desde el lugar en el que está valora cada mañana en la que se levanta con energía, cada ocasión en la que puede comer con placer y bañarse sola, cada instante en el que puede ir despacio y sin afán para ser consciente de la vida misma.
Cerrando el año pasado, tras 16 quimioterapias rojas y blancas y un tratamiento de inmunoterapia que la “lanzaron a la lona”, Edna Magaly tocó la famosa campana que vemos en los videos de pacientes con cáncer. Fue un momento feliz, porque representó el fin de una etapa, aunque explica que aún quedan más pasos por recorrer.
“Los tratamientos son diferentes para todos; cada ser humano es un proceso, y eso también es importante que lo sepamos”, explica.
Este mes pasará por el quirófano para una mastectomía o vaciamiento total del seno y pronto deberá empezar radioterapia. Mientras tanto, cose. Espera, pegando delicadamente flores y pétalos a chaquetas de jean que se han convertido en otro de sus recursos para crear, incluso en la quietud, incluso en el malestar.
No se rinde, eso está claro. Va despacio, porque ya renunció al deseo de sentirse indispensable. Posa para las fotos y cuenta su historia porque sabe que, aunque el suyo no es el único camino pedregoso, puede alzar la voz para decir que siempre es posible la esperanza. Al fin y al cabo, la conoce de cerca: ha aprendido a encontrarla, así como a florecer, pese a todo.