Lo que comenzó como una afición por el mar terminó marcando un antes y un después en la vida de Julián Giraldo y Carlos Laguna.
Dirigían una agencia de publicidad con sedes en Pereira y Bogotá, pero las diferencias sobre el rumbo profesional empezaron a generar distancia. Mientras Julián buscaba expandir el negocio hacia el exterior, Carlos prefería un ritmo distinto. Las visiones opuestas terminaron por separarlos sentimentalmente.
Tiempo después volvieron a encontrarse en Nueva York, ciudad donde Carlos adelantaba estudios. Allí, Julián llegó con flores para pedir una nueva oportunidad. Tras retomar la relación, ambos acordaron acompañarse en cualquier circunstancia, una promesa que años más tarde enfrentaría su momento más difícil.
Julián viajó a Santa Marta para practicar buceo, una actividad que describía como una de sus mayores pasiones. Después de una jornada bajo el agua, consultó cuánto tiempo debía esperar antes de tomar un vuelo hacia Bogotá. Aunque siguió la recomendación recibida, su organismo no logró eliminar completamente el nitrógeno acumulado durante la inmersión.
Horas después de aterrizar comenzó a sentirse mal. El 21 de marzo de 2017, al intentar levantarse de la cama, sufrió fuertes mareos y caídas repetidas. En medio de la desorientación, se encerró en su habitación sin imaginar que esa decisión retrasaría la atención médica.
Preocupado porque Julián no respondía llamadas relacionadas con el trabajo, Carlos logró ingresar al lugar con ayuda de un cerrajero. Tras varias dificultades para conseguir asistencia, fue trasladado a una clínica en Bogotá, donde los médicos confirmaron un accidente cerebrovascular severo provocado por burbujas de gas que afectaron su cerebro.
Allí debió someterse a una intervención de alta complejidad. Los cirujanos retiraron temporalmente parte del cráneo para controlar la inflamación cerebral. Julián permaneció 18 días en coma, con ventilación mecánica y alimentación por sondas, y el pronóstico médico advertía posibles secuelas neurológicas graves.
A pesar del impacto que la situación tuvo en su vida personal y laboral, Carlos decidió permanecer a su lado durante la hospitalización. Sin poder hablar ni moverse, Julián comenzó a responder a un código de golpes rítmicos que ambos habían creado meses atrás como un juego, lo que se convirtió en una de las primeras señales de respuesta consciente.
Durante el proceso de recuperación, Julián intentó seguir con movimientos de labios una canción que sonaba en televisión, “Roar”, de Katy Perry. Poco después logró pronunciar sus primeras palabras, un avance que sorprendió al equipo médico.
En la rehabilitación, tuvo que reaprender funciones básicas como caminar, alimentarse y hablar. Cuatro meses después del accidente regresó gradualmente a la oficina como parte de su proceso terapéutico, acompañado permanentemente por Carlos.
Un año más tarde decidió volver a bucear, esta vez con autorización médica. Durante esa experiencia, bajo el agua, le pidió matrimonio a Carlos.
Posteriormente iniciaron un proceso de adopción ante el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). La llegada de su hijo Noah se convirtió en un nuevo impulso dentro de su recuperación, especialmente en el proceso de comunicación.
Actualmente, Julián camina y habla nuevamente y es autor del libro Milagrosamente bien, escrito con la ayuda de Carlos, quien lo acompañó en la reconstrucción de recuerdos y experiencias tras el accidente. El título resume el proceso que ambos atravesaron, en el que la recuperación médica estuvo acompañada por el apoyo constante de su pareja y familia.