La vida de Nataly Torres, una mujer de 34 años que vive en Medellín, cambió por completo después de que un dolor de cabeza, que inicialmente parecía una migraña común, se transformara en una enfermedad neurológica que hoy la mantiene incapacitada y con un dolor permanente.
Torres contó en el programa Los Informantes su padecimiento, un caso atípico de neuralgia del trigémino, una patología que históricamente se ha conocido como la “enfermedad del suicidio”, debido a la intensidad del dolor que experimentan quienes la padecen.
De acuerdo con su testimonio, todo comenzó en diciembre de 2023, cuando sintió un intenso dolor en el lado derecho del rostro, el cual se fue intensificando a un punto en el que se convirtió en una sensación constante de descargas eléctricas que afectan acciones tan cotidianas como respirar, hablar o sentir el viento sobre la cara.
“Es un dolor que, pues, a mí me ponen a calificarlo y yo simplemente respondo 11 por responder. Pues yo no puedo calificar el dolor en un porcentaje real porque el dolor es demasiado fuerte, es un dolor extremo. Un dolor que yo no le deseo a nadie”, dijo en la entrevista.
La enfermedad no solo transformó su vida social, su amor por la cocina y su trabajo en servicio al cliente, en el cual tiene 13 años de experiencia, sino que se afectó el cuidado de su hijo de 11 años, diagnosticado con hiperactividad, ya que el menor tuvo que mudarse con su abuelo por los cuidados que requiera.
“Incluso yo tengo por escrito la recomendación médica donde me dice que no puedo estar con los cuidados personales de mi hijo en el momento, hasta que yo no mejore y esté en condiciones”, añadió.
La paciente explicó que, en los momentos más críticos, el sufrimiento físico llega a ser tan intenso que incluso olvida todo lo que ocurre a su alrededor: “El dolor es, yo lo llamo un dolor enloquecedor porque a mí se me olvida que soy madre, que soy esposa, que soy hija y me vuelvo egoísta, pienso en mí. Y hay momentos... por eso lo llaman la enfermedad del suicidio, porque hay momentos donde es tan fuerte el dolor que solamente uno quisiera terminar con él”.
Ante su padecimiento, ella consume 16 medicamentos diarios, incluyendo hidromorfona, metadona, pregabalina y amitriptilina. No obstante, este fuerte tratamiento le ha provocado efectos secundarios severos como amnesias temporales, movimientos involuntarios y un aumento de peso de 22 kilos.
El consumo de estos medicamentos solo estabiliza el dolor en un nivel 8 de 10, por lo que ella ha recurrido a múltiples procedimientos, desde bloqueos de ganglios hasta una craneotomía de alto riesgo. En ese sentido, la idea de la muerte digna ha cruzado su mente.
“En dos, tres ocasiones yo le decía a mi mamá, ‘Yo quiero que me ayudes a gestionar la eutanasia, porque no quiero sentir más este dolor... Quiero vivir sin dolor’. En una crisis como las que me han dado, fuertes, haría yo la gestión de la eutanasia sin decirle a nadie. Nadie me va a apoyar, pero no porque no quieran apoyarme, sino porque les duele apoyarme. Entonces, tendría que hacer yo esa gestión sola”, señaló.