Por: Mabel Lara, líder de proyectos especiales Alcaldía de Cali - Columna de opinión

Hay ciudades que construyen carreteras, otras edificios. Las más visionarias construyen reputación. A Cali le toca construir a marchas forzadas ambas.

La reputación no es un asunto de mercadeo. Es una estrategia de desarrollo.

Mientras Colombia mira hacia Cali por la posesión presidencial, nosotros tenemos la responsabilidad de mirar mucho más allá del 7 de agosto. Porque este no es un evento aislado, es la bienvenida; puerta de entrada a una agenda de más de 40 eventos en el segundo semestre del año que convertirán a la ciudad en el escenario de conversaciones globales, ciencia, turismo, cultura, deporte, encuentros empresariales y ciudadanos.

Esto no ocurre por casualidad. Las ciudades que lideran la innovación, el turismo y la inversión entendieron hace años que la reputación es un activo económico. El turismo representa cerca del 10% del PIB mundial y uno de cada diez empleos en el planeta. Y las decisiones de invertir, realizar un evento o viajar, no dependen únicamente de infraestructura, y así nos parezca increíble, tampoco exclusivamente de las condiciones de seguridad. Depende de la confianza que inspira. Y pongo el acento aquí: Sí, la seguridad sigue siendo nuestro principal desafío. Sería irresponsable negarlo. Pero también sería un error permitir que sea el único relato sobre Cali.

México, por ejemplo, enfrenta enormes desafíos en seguridad y, aun así, recibe cerca de 45 millones de visitantes internacionales al año. No porque haya resuelto todos sus problemas, sino porque entendió que una nación —y una ciudad— pueden enfrentar sus dificultades mientras fortalecen aquello que las hace admirables.

Cali ha demostrado que también puede hacerlo. Las ciudades exitosas no esconden sus dificultades, las enfrentan mientras fortalecen aquello que las hacen únicas. No porque debamos ignorar nuestros problemas, sino porque ninguna ciudad construye futuro desde el pesimismo permanente.

Somos una ciudad privilegiada sobre el Pacifico colombiano. Somos una de las ciudades latinoamericanas más diversas étnica y culturalmente y esta es una ventaja competitiva. Contamos con una reconocida capacidad médica, clínica e investigativa. Tenemos biodiversidad, gastronomía, industrias creativas, deporte, música, emprendimientos, y una ciudadanía que incluso en medio de las dificultades, nunca ha perdido su capacidad de reinventarse.

Lo curioso es que muchas veces quienes más dudan de ese potencial somos nosotros mismos. Y el potencial, por sí solo, no transforma una ciudad. Hay que contarlo, demostrarlo, convertirlo en experiencias memorables pero especialmente en oportunidades reales para quienes viven aquí.

Durante años vimos cómo Medellín y Cartagena consolidaban una visión compartida alrededor del turismo y los grandes eventos. Nosotros llegamos un poco después a esa conversación. Pero llegamos con una identidad imposible de copiar.

Hoy Cali tiene la oportunidad de ocupar el lugar que merece como ciudad global. Una ciudad donde ocurren conversaciones importantes. Una ciudad que recibe al mundo. Una ciudad capaz de convivir con la diferencia, incluso con quienes piensan distinto, porque las ciudades verdaderamente grandes no se construyen desde la unanimidad, sino desde el respeto.

Pero hay algo que me importa mucho más que las cifras de visitantes o la ocupación hotelera: y es que todo esto termine mejorándole la vida al ciudadano de a pie.

Que el taxista tenga más carreras. Que el pequeño restaurante venda más. Que el artesano encuentre nuevos clientes. Que el joven vea oportunidades donde antes veía límites. Que el barrio sienta orgullo cuando el mundo lo visita: como ha sucedido en Comuna 1, Comuna 20, barrio Obrero o la zona rural hacia donde debería dirigirse un modelo de sostenibilidad y turismo regenerativo que le de oportunidades a nuestra “loma” y ayude a preservar, entre muchos otros asuntos a nuestro tororoi bailador- o salsita como lo llaman los vecinos del Parque Farallones. Que nuestras tradiciones no se conviertan en espectáculo, sino que se preserven porque aprendimos a valorarlas. No podemos hacerlo todo al mismo tiempo. Ninguna ciudad lo hace. Hay que avanzar paso a paso, con una visión clara y compartida.

Yo creo profundamente en una idea: una ciudad buena para vivir termina siendo una ciudad buena para visitar. Así debe ser, es imperativo para que todo este esfuerzo tenga sentido. Y cuando una ciudad logra ambas cosas, empieza a atraer inversión, talento, oportunidades y esperanza. Ese es el camino.

La posesión presidencial no será importante solo por quien asume la Presidencia. Será importante porque pone a Cali otra vez bajo los ojos del mundo. Y cuando las luces se apaguen, lo verdaderamente valioso será lo que hagamos con esa visibilidad.

El sueño debería ser que, dentro de algunos años, dejemos de discutir si Cali tiene potencial. Que eso sea una conversación superada y pasemos al otro nivel: preguntarnos y resolver cómo avanzar en competitividad, cómo vincular a los barrios, a los jóvenes, las visiones locales al concepto de reputación y, sobre todo, al de desarrollo.

Y que, por fin, los caleños y quienes muy generosamente hemos sido adoptados aquí, volvamos a creer en la ciudad que siempre hemos tenido frente a nosotros.