Crónica: así fue como el Naya conoció la violencia

Crónica: así fue como el Naya conoció la violencia

Septiembre 23, 2018 - 08:00 a.m. Por:
Aura Lucía Mera y Beatriz López / Especial para El País
Río Naya

En la parte alta del río Naya vive un número significativo de familias campesinas blancas y mestizas de otras zonas del país, expulsadas por la violencia o por la adversa estructura de tenencia de la tierra en sus regiones de origen.

Especial para El País

¡El primer blanco!

Le contaron los abuelos hace tiempos, que a comienzos de los años 50, en esa vereda del Bajo Naya, donde empezaba y se acababa el mundo, las treinta familias salieron de sus casas hasta la orilla del río, porque bajaba el cadáver de un hombre blanco, flotando con la panza arriba, inflado como un globo.

Se amotinaron aterrorizados. Jamás habían visto un blanco. Muchos decían que lo había desteñido el agua, otros afirmaban que podía ser un fantasma, un ánima. Lo sacaron a flote y lo enterraron con sus rituales sagrados ancestrales. Cantaron los rogatorios y el novenario, pocos días después rescataron más cuerpos blancos. También los enterraron. Un pequeño cementerio fue el último hogar de hombres extraños que jamás nadie buscó ni rescató.

Quién narra esta historia es Nelly Núñez Viveros, que vivió en San Antonio, vereda del río Naya, hasta los 9 años. Sus abuelos, Ernesto Viveros y Rosa Lía Angulo, eran hijos del primer emigrante de raza negra que llegó a colonizar esa región, después de escapar con otros esclavos, cuando construían la vía a Buenaventura durante el siglo XIX, y el colegio Pascual de Andagoya, el más antiguo de esa ciudad.

Empezaron los rumores que montaña arriba existía la chusma, blancos que se mataban entre sí, blancos peligrosos, gente rara que odiaba a los negros y los creían inferiores, había que cuidarse de ellos. Violaban a las mujeres y luego daban a luz hijos mezclados. También llegaron blancos buenos que se mezclaron en los caseríos. Decían que eran guerrilleros, pero construían escuelas, y enseñaban a leer y escribir a la comunidad.

Ernesto y Rosa Lía abrieron trocha en San Antonio. Tenían una granja donde hoy está la escuela, gracias a que donaron una porción de tierra para su construcción. El abuelo de Nelly manejaba la tienda, en la que vendía petróleo y sal. Ernesto nunca fue minero, porque el que sabía leer y escribir hacía otras labores, como el de Inspector. Rosalía era la costurera y tejedora del pueblo.

Así poblaron la región del Naya, desde el Océano Pacífico hasta las alturas de la Cordillera Occidental. Siempre cerca de los ríos. Allí se asentaron y nacieron veredas y poblados. Luego llegaron otros: unos que vacunaban contra la malaria, como el “doctor muelitas”. Otros que repartían leche en polvo para los niños y los llamaban “paisas”. Entonces se podía vivir en paz. Hasta que esos cuerpos empezaron a bajar por el río. Ahí conocieron la violencia.

¡Oro, mucho oro!

Mucho oro. Sí, había mucho oro, hasta debajo de las casas, pero solo bateaban lo estrictamente necesario para sobrevivir.

Primero le pedían permiso a la mina, pues ésta pertenecía a la tierra. Se hacían rogaciones antes de horadar la montaña, y después el oro se lavaba en el río. No había retroexcavadoras, ni se contaminaba el río sagrado con mercurio. Cuando se caía un fajo de tierra en la mina, todos se iban, porque la tierra estaba molesta.

La familia Núñez tenía muchas minas, las más apetecidas son las que se ubican donde hay agua. Después de lavar el metal en bateas, se ofrecía a los compradores mestizos o paisas, que llegaban hasta Puerto Merizalde, desde Buenaventura y de ahí a la Bocana, en canoas o pequeños barcos.
Pero la supervivencia no era solamente a través de la extracción del oro. Tenían el río para pescar, sembraban chontaduro, bananos, caña y otras plantas. Sus antepasados, los esclavos que huyeron del Cauca y del Valle buscando la selva y el agua, habían escondido en sus trenzas muchas semillas.

Las mujeres llevaban las palabras escritas en sus trenzas. Los hombres sabían leerlas, así se comunicaban y sabían cuando huir, callar o protestar. Los turbantes fueron al principio, símbolo de esclavitud. Sobre todo en la cocina. Eran hechos en tela blanca. Hoy, el turbante lleno de colores, es símbolo de libertad e identidad. “Los negros amamos los colores, los llevamos en el alma como el baile y la música”.

Llegan las Farc

Las tres veredas que conforman la parte media del rio Naya son San Antonio, la Marucha y San Francisco, donde se celebran cada año las Fiestas del Santo. Nelly recuerda que cuando ella tenía 8 años, en octubre de 1980, durante la misa, entraron por la mitad del templo unas personas blancas: 4 hombres y dos mujeres de pelo lacio, muy bonitas. Subieron al púlpito y tomaron la palabra y dijeron que eran de las Farc.

Ellos permanecieron durante las fiestas en San Francisco. “Las muchachas llevaban armas y cargaban cuadernos para enseñarnos a escribir. Luego se fueron loma arriba”, recuerda.

Fue dos meses después que vieron descender por el lecho del río unos cadáveres blancos. La gente decía que eran ellos, que los habían matado. Pero los muertos siguieron bajando, y las gentes de San Antonio se dieron cuenta que algo estaba sucediendo en el Alto Naya.

Llegan los paras

En la década de los 80 llegaron los narcotraficantes y después los paramilitares al Alto Naya, recuerda Nelly. Cuando se dieron cuenta que debajo de las casas había oro, obligaban a abandonar los predios a sus dueños o si no los mataban.

El tropel empezó entonces. La sangre venía de arriba. Hubo enfrentamientos entre paras, narcos y Ejército. Con la violencia llegaron las retroexcavadoras y profanaron la tierra. Llegaron de todas partes para escarbar las minas y hacerse ricos. Sembraron matas de coca y construyeron laboratorios. Se inició el éxodo de familias, que abandonaron tierras y casas.

Como aparece en el libro ‘Naya’ de la escritora Paula Alejandra Gómez, además de la violencia generada por los paramilitares, contratados por terratenientes del Valle, la siembra de pinos, por parte de multinacionales fue otra de las causas de violencia contra las comunidades afro que buscaron su libertad en ese recodo de la Cordillera Andina.

Pero fue la masacre del Alto Naya la que prendió las alarmas sobre lo que pasaba allá.

Al firmarse el Acuerdo de Paz con las Farc, la región del Naya se ha convertido en la ‘cumbre’ de narcos, paras, y disidentes guerrilleros. Ya no se siembran chontaduros, solo coca, el oro no se lava en bateas y el mercurio envenena los cultivos y el río.

Del Naya a Cali

Nelly Núñez dejo atrás el río Naya. A los 11 años empezó a trabajar en una casa de familia. Está casada y tiene dos hijos. El mayor tiene 27 años y es profesional en Salud Ocupacional, el menor estudia Comunicación Social en la Autónoma, a través de un préstamo en el Icetex.

Compraron una casita en el barrio Compartir, donde conoció a la hermana Alba Stella Barreto, que la animó a asistir a los talleres de Consejería de Familia, y hoy coordina la Fundación Francisco Esperanza, de la cual ha hecho réplicas en las comunas 6 y 7 de Buenaventura.

Tanto San Antonio como San Francisco tienen luz eléctrica y la modernidad permeó a la juventud. Pero la violencia cambió de rostro, porque las causas siguen latentes. Es el paraíso perdido. “Hoy, la ley está en manos de los depredadores de la tierra sagrada”.

Más datos del río Naya

El río Naya es un corto afluente costero de la vertiente del Océano Pacífico.

Nace en el Cerro Naya. Sirve de límite entre los departamentos del Valle del Cauca y Cauca, perteneciendo la margen izquierda al municipio de Buenaventura y la margen derecha a López de Micay. Al tributar sus aguas al Océano Pacífico forma la isla del Ají.

Cuenta con una extensión de 120km; recorriendo además de los municipios mencionados, el municipio de Buenos Aires.

Es el segundo río más importante del municipio y uno de los principales de la vertiente del Pacífico y del departamento del Cauca.

Su cuenca hidrográfica cuenta con importantes afluentes como el río Agua Clara y otros como Canayero, entre otros.

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