Huellas de la guerra en cuerpo de mujer

Huellas de la guerra en cuerpo de mujer

Noviembre 23, 2017 - 11:30 p.m. Por:
Luz Jenny Aguirre / especial para El País 
Magdalena

Un grupo de mujeres en una de las reuniones de la ‘Estrategia de Reparación Integral para Mujeres Víctimas de Delitos contra la Libertad e Integridad Sexual’.

Especial para El País

Magdalena tiene algo más de 60 años. Sentada junto a otras doce mujeres que comparten con ella una dolorosa coincidencia, recuesta su rostro en un rústico bastón de madera y empieza a llorar con toda la fuerza que le asiste.

“Yo no he podido sanar, no he podido. Cierro los ojos y los recuerdos de lo que me ha pasado me torturan, me quitan el aire. Fui abusada sexualmente tres veces y eso me destroza el alma. La primera vez fue mi padre, que me tocó siendo niña y me mostró ‘eso’. Quedé con tanto miedo que tiemblo solo de hacer memoria. Después fue la guerrilla, hicieron conmigo lo que quisieron hasta dejarme casi muerta. Salvé mi vida justo por eso, porque me hice la muerta y pude huir tirada en una lancha”.

El relato es atropellado y agónico, acompañado por el llanto de todas aquellas que la escuchan, sentadas en círculo, en un salón de la Biblioteca Departamental.

La mujer agrega que su familia no sabe lo que le ocurrió, que es algo difícil de contar y que seguro no están preparados para oírlo. Así que aprovecha el momento de sentirse comprendida y abrazada por otras valientes que como ella sobrevivieron a una de las crueldades más agudas cometidas por distintos actores del conflicto armado en Colombia: la violencia sexual en medio de la guerra.

Muy seguramente no todos los casos han sido denunciados o declarados ante las autoridades. El hecho es que hoy, en el Registro Único de Víctimas figuran 22.227 mujeres que en todo el país sufrieron “delitos contra la integridad y la libertad sexual” en medio de conflicto. Eso equivale a un municipio entero como Ginebra (Valle).

En nuestro departamento, el mismo registro indica que al menos 1340 mujeres padecieron esos vejámenes.

Las doce que están reunidas con Magdalena decidieron asistir a algo que se llama ‘Estrategia de Reparación Integral para Mujeres Víctimas de Delitos contra la Libertad e Integridad Sexual’, en la que se encuentran en grupo, en distintas oportunidades, con sicólogos de la Unidad para las Víctimas para intentar avanzar en la sanación de esa herida inmensa que las acompaña.

Muchas, como Magdalena, lo hacen para poder hablar con alguien de ese secreto que tanto les pesa. Hay algunas muy adultas, abuelas silenciosas, que ya en la madurez de su vida tuvieron que experimentar una agresión sexual.

Luisa es una de ellas, no habla, no quiere hacerlo. Asiste al taller con una amiga que la ha cuidado durante años y que es su voz para contar del horror, pero también de la esperanza.

“Yo amo a esta viejita, usted no se imagina cómo es de linda. Ha vivido tanta tragedia que no sé cómo sonríe”, dice la acompañante.

En uno de los primeros momentos de la terapia colectiva la sicóloga Ángela María Tovar las invita a dibujarse de cuerpo entero en varios pliegos de papel. Lo que resulta de aquel ejercicio son siluetas que muestran heridas físicas en los genitales, las piernas, las manos que fueron inmovilizadas con violencia, moretones, cortadas. Todas ubican su corazón, a veces roto, a veces con lágrimas.

Pero también se dibujan con el mar al lado, con flores, mostrando donde quisieran estar, en qué lugar residen sus deseos.

“Esta soy yo, me sueño arriba de una montaña, donde el viento sople fuerte y yo pueda extender los brazos”, describe una de ellas al compartir su autorretrato.

Junto a Magdalena se sienta una joven de no más de 30 años que tímidamente levanta la mano. “No sé ni cómo hablar de esto… yo tengo pareja y un hijo de tres años con autismo. Hay días en que siento que no puedo ni conmigo misma. La intimidad es difícil, yo trato, pero muchas veces no soy capaz, es imposible no acordarme de lo que me hicieron…”.

Ángela y sus colegas las escuchan, las acogen, les repiten que nadie tenía el derecho de acceder a sus cuerpos: no importa si ustedes algún día les sonrieron a esas personas, si alguna vez fueron amables, no importa si tenían alguna ropa que alguien pueda considerar provocadora, no importa nada, esas agresiones jamás debieron suceder.

En medio de esto resultan otras víctimas como ‘Albita’, abusada por personas de las AUC y a quien también le mataron un hijo. “Venga yo le doy un abrazo compañera, hable con nosotras que la vamos a escuchar sin juzgarla, yo conozco su dolor porque lo experimenté en mi propio cuerpo. Le quiero decir que se puede pasar al otro lado del sufrimiento, yo lo hice gracias a la compañía y apoyo de otras mujeres como ustedes, que han sido toda mi fuerza. Yo le di otra oportunidad a mi vida”.

En otros momentos de la estrategia que se lleva a cabo con este grupo, leen, cantan y hablan de canciones como ‘Rumbita del sano amor’, de Rosa Zaragoza, que trata del amor propio, de reír sin pena, de poder decidir con quién compartir los deseos. “Yo prefiero ser la mujer de mis sueños, creo que esta vida es para ser feliz”, dice la canción.

También tienen tiempos de relajación, de danza y automasaje para consentir esos cuerpos que a la fuerza fueron territorios de la guerra. Los conocedores llaman a esto “escuelas del cuerpo”, “visualización” y ejercicios de “autorregulación física”.

Fabiola Perdomo, directora de la Unidad para las Víctimas en el Valle, afirma que las mujeres fueron particularmente golpeadas por el conflicto.

“Si miramos un hecho como el desplazamiento, que es el que mayor cantidad de víctimas genera (más del 80 %), vemos que las mujeres fueron las más afectadas: en el Valle son 271.246 desplazadas, 32.000 más que en el caso de los hombres. En cuanto a delitos contra la libertad y la integridad sexual las mujeres representan el 91 % de las víctimas”, indica Perdomo.

Añade que “las que vemos hoy aquí, en este intento de sanación, son ejemplo de la valentía y la grandeza de la que es posible el ser humano. Ellas son una razón más para decir sí al fin del conflicto”.

Este sábado, 25 de noviembre, cuando se conmemora el Día de la No Violencia contra la Mujer, este grupo de víctimas realizará un acto simbólico de cierre de este proceso de reconstrucción interior.

Escribirán en hojas de carta mensajes sobre la eliminación de la violencia contra la mujer, los pegarán en sus espaldas y luego realizarán un acto de quema simbólica. Luego soltarán globos blancos al aire, anhelando que algo del dolor se vaya con ellos. Elevarán su voz clamando porque su historia no se repita nunca más.

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