Política
De panelas, ideologías y elecciones
Para muchos creadores de opinión y analistas, lo que pasó con don Luis Felipe es la expresión más clara de la “polarización que vivimos”.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

20 de jul de 2026, 05:09 p. m.
Actualizado el 20 de jul de 2026, 05:09 p. m.
Noticias Destacadas
Por: Carlos Charry, columna de opinión
A menos de un mes de haberse llevado a cabo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en donde quedó electo el candidato Abelardo De La Espriella, un incidente ocurrido en la ciudad de Florencia, Caquetá, nos obliga a reflexionar sobre los efectos profundos que ha dejado dicho certamen electoral en la cultura política colombiana.
El incidente al que me refiero, es aquel en el que un pedagogo graba en video, desde la puerta de su casa, el diálogo que sostenía con un señor de la tercera edad quien oficia como vendedor de panela, a quien le indica que en adelante no le iba a seguir comprando su producto, debido a que prefería comprar directamente a los campesinos o productores locales. Ante dicha sentencia, el señor de la tercera edad respondió muy respetuosamente, agradeciendo los años de relación comercial, situación que, podría uno pensar, no tendría ningún problema.
Sin embargo, lo que siguió en el “dialogo” que sostenía el profesor con su vendedor de panela, fue lo que conmocionó a la opinión pública y lo que suscita esta reflexión, en tanto que la extensión de la justificación dada para no comprar panela, fue la de que el vendedor había apoyado con su voto al hoy presidente electo De la Espriella.
La exposición de razones dadas transitó entre que el comprador de panela no podría cohonestar con personas que estuvieran a favor de un proyecto político que pretendía hacer uso de la violencia en contra del gremio al que dice pertenecer, y menos, celebrar el triunfo de esa corriente política; hasta la idea según la cual él defendía “la vida” y a “los humildes”, mencionando de manera seguida su apoyo a lo que desde la campaña oficialista se ha denominado como las “reformas sociales” logradas por el gobierno saliente. Muchas de las cuales, hay que decirlo, más que se hechos cumplidos, se encuentran al borde del abismo, bajo la lupa de la Corte Constitucional, y otras tantas aluden en realidad a proyectos de ley que fueron rechazados al no conseguirse las mayorías necesarias en el Congreso para su aprobación, sea por errores técnicos en su concepción o por errores de procedimiento en su discusión.
Como colofón, en una entrevista dada a un medio radial, el profesor defendió su posición indicando que con la elaboración del video pretendía hacer un ejercicio “pedagógico” para el país, pero reconocía que en dicho intento terminó exponiendo al veterano vendedor de panelas, lo cual constituía un grave error.
Frente a este a este incomodo suceso que se ha repetido infinidad de veces en conversaciones personales, chats grupales y discusiones en espacios públicos, las redes sociales reaccionaron con la instantaneidad que las caracteriza, haciendo “famoso” al vendedor de panelas, quien comenzó a recibir una gran cantidad de apoyos morales, muchos de los cuales se tradujeron en la intensión de comprarle su producto. Con lo sucedido, Don Luis Felipe, el hoy vendedor de panelas más reconocido del país, no sólo logró la venta de todo el lote disponible de su producto, sino que la controversia llegó a los oídos del electo presidente De la Espriella, quien terminó llamándolo para que sea uno de los invitados especiales en el acto de posesión del próximo 7 de agosto.
Para muchos creadores de opinión y analistas, este suceso representó la expresión más clara de la “polarización que vivimos”, la cual, suele decirse, es producto de la “irresponsabilidad” del discurso político reproducido por los principales contendores de la lucha electoral. Argumento que suele terminar conectado, no sin razón, con evocaciones al periodo de La Violencia entre liberales y conservadores de los años 50 del siglo XX, así como a las guerras civiles del siglo XIX; coyunturas que bien pueden ser leídas en clave de lo que hoy convencionalmente se entiende por “polarización”.
Sin embargo, este tipo de sucesos da pie para la construcción de una serie larga de elucubraciones que, en vez de iluminar, contribuyen a oscurecer el entendimiento de lo que estamos viviendo. El más repetido, es el de afirmar que el país “quedó dividido en dos”, entre los casi 13 millones de ciudadanos que votaron por De La Espriella y los 12,7 que lo hicieron por Cepeda, tendencias electorales que son presentadas como si se tratara de dos grupos claramente definidos y cohesionados, argumento que es el que da fuerza al uso del concepto de polarización, que hace creer que todos los ciudadanos que ejercieron su derecho al voto hacen parte de una de tales multitudes, de por sí irreflexivas, que actúan como si se tratara de “barras bravas” o “censores morales”, similar a cómo lo hizo el pedagogo de Florencia, Caquetá.
Y por esa vía se suele incurrir en el error, muy recurrente en los análisis que se presentaron en su momento sobre el periodo de La Violencia, de asumir que todas las diferencias de orden electoral y político se traducen necesaria y obligatoriamente en una matriz que sirve para explicarlo todo.
Al menos en el caso de las elecciones recientes, algunos pocos análisis, fundamentados en datos, evidencian que factores como la clase social, el nivel educativo, la región, el género y el origen étnico, “explican” el voto, argumento que quedó representado gráficamente en un mapa que en vez de mostrar la distribución del voto por departamento, mostró dicha distribución por municipios y por localidades o comunas, con lo cual se evidenció los importantes “degrades” que dan cuenta de un panorama mucho más variopinto y complejo.
Y es que no todo elector es o ser comporta como un militante o, en su defecto, como un fanático, por lo cual, a duras penas, podríamos afirmar que un sector del electorado, que no alcanza a ser más de tercera o cuarta parte de los votos obtenidos por cada uno de los candidatos en contienda, responden de manera efectiva a votos militantes, cuyas formas de representar el mundo se alinean con los principios y discursos reproducidos desde las campañas, mientras que la mayoría restante, votó por alguna de las opciones disponibles siguiendo ideas mucho más etéreas pero de mayor influencia, que se traducen en ideas como la necesidad de defender la “justicia social” o la recuperación de “la seguridad”, sin contar acá los votos producto de las diferentes maquinarias que se enfrentan por el control de la burocracia estatal, siendo igualmente importante considerar el voto rechazo y el voto en blanco, el cual, por primera vez en nuestra historia, es mayor que la diferencia entre las dos tendencias que llegaron a la segunda vuelta.
Con esto no quiero desconocer que la denominada polarización cada vez está haciendo que el elector se vea obligado a tomar bando, pues precisamente lo que buscan quienes la incentiva, es mostrar que el mundo y la realidad se divide en dos. Tal y como argumentaba el pedagogo del Caquetá, quien llegó a afirmar que iba a revisar “muy seriamente” su círculo social. Y menos aún quiero desconocer el hecho que la polarización está logrando vencer los altos índices de abstención que hemos tenido en Colombia.
A lo que quiero llegar, es que la polarización está logrando hacernos creer el cuento que el mundo y la sociedad se divide en dos, entre “buenos” y “malos”, entre “pacíficos” y “violentos”, entre “legales” e “ilegales”, entre “legítimos” e “ilegítimos”, lo cual es un rasgo común y recurrente del efecto nocivo que ejercen la mayoría de las ideologías, que terminan en todos “ismos”, siendo el populismo el más frecuente de ellos.
Gracias al conocimiento acumulado por disciplinas como la Sociología y a enfoques interdisciplinarios como el Análisis Crítico del Discurso, sabemos hoy que tales manifestaciones hacen alusión a una configuración social específica, que hace pensar a los que están atrapados en ella que hay un “nosotros” idealizado o purificado, frente a un “ellos” satanizado y repudiado, que representa lo no-social; siendo claro que en tal configuración, más que la objetividad, domina el “carisma de grupo”, donde abundan las emociones de tipo negativo, como lo es el miedo, el cual, fácilmente se puede transformar en paranoia. Esa misma que expresaba de manera insistente el pedagogo en la entrevista dada a una influyente emisora nacional, reproduciendo con ello el miedo inducido ante la llegada al poder de alguien que representa todo lo que según “sus principios” y “su moral” no debería ser, siendo esta, más bien, la manifestación de la dominación ideológica a la que ha sido sometido. Esa misma que muchos denominan como “polarización”.
*Director del Posgrado en Estudios Sociales de la Universidad del Rosario
6024455000








