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Ortega y demás

Junio 20, 2021 - 11:40 p. m. 2021-06-20 Por: Víctor Diusabá Rojas

Me sumergí en los últimos días en la situación que vive Nicaragua para escribir un artículo* sobre esa tragedia que a millones hace padecer el sátrapa del Daniel Ortega.

Para ello, hablé por teléfono con algunos ‘nicas’. En realidad, con los que pude, porque con otros me fue imposible ya que antes se los llevaron presos, eso sin contar aquellos que temen hablar porque de inmediato les caen encima los esbirros del régimen.

Y comprobé una vez más que estos mesías que parecen caer del cielo no son casualidad sino casi una escuela que además trae cartilla, la de cómo convertirse en dictador sin despertar sospechas (bueno, solo en principio).

El fenómeno ya tiene nombres (nuevas dictaduras, tiranías modernas, etc.). Los profesores Sergei Guriev y Daniel Treisman las llaman ‘Democracias revolucionarias’ en un artículo publicado por The New York Times.

Ahí surgen rasgos tan sorprendentemente parecidos entre Ortega, Putin (Rusia), Erdogan (Turquía), Orbán (Hungría), Lukashenko (Bielorrusia) y Chávez y Maduro (Venezuela). Aunque la lista es mucho más larga. Porque hay otros que han pasado, de agache, camuflados de demócratas. Y eso sin contar con quienes ahora mismo hacen cola para sumarse a esa temible causa.

La cartilla aquella o el catálogo de la autocracia tiene elementos viejos como la propaganda y la censura, pero también, tal cual señalan los profesores, “otros trucos basados en la información para inflar sus calificaciones y para convencer a los ciudadanos de su superioridad sobre las alternativas disponibles”.

Cuando la economía funciona, la usan para captar a “críticos potenciales con recompensas materiales”. Pero si llegan las vacas flacas, dicen los autores, “usan la censura (y) sobornan medios de comunicación con contratos publicitarios, amenazan con demandas por difamación, y animan a los inversores aliados del régimen a adquirir medios críticos”.

Y si se trata de poner orden, las nuevas dictaduras “reprimen a separatistas o a manifestantes desarmados (...) y a los partidarios los convierte en adversarios”. Según Guriev y Treisman, los dictadores de esta generación “niegan cuidadosamente cualquier complicidad cuando son asesinados activistas de la oposición o periodistas”.

Ahora bien, siempre habrá campo para la imaginación. Vean esto que ocurre en Hungría. El estadio de Budapest (Puskás Aréna) se ha llenado en los partidos de la selección de fútbol durante la actual Eurocopa. Los hinchas no llevan tapabocas y, al final, muy patrióticos, entonan el himno nacional, en especial una tribuna de muchachitos vestidos con camisetas negras que empuñan banderas de su país.

Es más, Budapest puede ser sede de la final de ese campeonato de selecciones europeas. Pero todo es nada más que maquillaje. En realidad, Orbán dice poco o no dice nada cuando esos mismos de las camisetas negras se desatan en las calles para mostrar toda su furia homófoba y racista. Los romaníes (o gitanos, como nos acostumbraron a llamarles) son su principal objetivo.

Él, Orbán, metió en los últimos años centenares de millones de euros de las arcas públicas al fútbol local para convertirlo en arma política. Incluso, hay jugadores que ya aprendieron. Hace poco, en un partido sub 21, algunos futbolistas del equipo húngaro se dedicaron a llamar “gitanos”, con algún epíteto adicional, a sus rivales de la selección de Rumanía. Ah, un dato: el partido lo ganaron los rumanos.

Al igual que los otros, en principio Orbán no parecía ser más que un político de esos inquietos y atrevidos. Y como casi todos, ganó las primeras elecciones solo a punta de votos. Porque a las que todos ellos acostumbran falsear es a las siguientes, y a las que vienen después, ya sea a nombre propio o con interpuestas personas.

‘Democracias revolucionarias’ que no son más que repudiables despotismos.

*https://www.connectas.org/analisis/nicaragua-daniel-ortega-persecucion-a-opositores/

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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