En las goteras

Septiembre 22, 2020 - 11:40 p. m. 2020-09-22 Por: Vicky Perea García

El lunes, mientras en las ciudades capitales la preocupación eran las marchas de protesta y saber si al final del día terminarían desvirtuadas por el vandalismo y la violencia, en el municipio de Buenos Aires, al norte del Cauca, lloraban a seis muchachos asesinados el día anterior y se preguntaban si ese infierno que viven un día sí y al siguiente también, tendrá fin alguna vez.

Las víctimas eran jóvenes entre los 16 y los 26 años que se dedicaban a la actividad minera en el corregimiento de Munchique, ubicado a diez minutos del casco urbano. ¿Quiénes los mataron? ¿Por qué al lugar llegaron hacia la 1:00 p.m. del domingo varios encapuchados y durante 30 minutos dispararon ráfagas de fusil mientras lanzaban granadas contra las viviendas? ¿Iban tras ellos o simplemente les interesaba apuntarle a lo que cayera?

Las respuestas no se conocen con certeza, como sucede cada vez que hay una masacre o se comete uno de esos hechos de violencia que son cada vez más frecuentes en el suroccidente colombiano. Pero sí se sabe que Buenos Aires, a escasos 30 minutos de Cali, al igual que el norte del Cauca o las montañas de Jamundí están a merced de las organizaciones criminales, llámense columna móvil ‘Jaime Martínez’ de las disidencias de las Farc que comanda alias Mayimbú, o las mafias que manejan la minería ilegal o los carteles del narcotráfico importados desde México que parecieran haberse camuflado con el paisaje porque todo el mundo dice que están pero hasta ahora no se conoce el primer rostro ni mucho menos ha habido el primer capturado.

Esta no es la primera masacre que se comete este año en Buenos Aires; otra que dejó tres muertos ocurrió el 26 de abril también en Munchique.
Si en el 2019 fueron 20 los crímenes cometidos en ese municipio de 31.000 habitantes, la mayoría de los cuales vive en la zona rural, en los nueve meses que van del 2020 la cifra ya se superó con creces e incluye a reinsertados, líderes indígenas y jóvenes como los de la masacre del domingo anterior. En ese escenario de guerra el alcalde ha sido amenazado, han atentado contra su vida y comenzando su gobierno debió refugiarse en Popayán desde donde gobernó por varias semanas.

Lo más grave es que no hay indicios de que esa ola de terror y violencia se pueda contener, ni que las estrategias de las Fuerzas Armadas y de las autoridades estén dando los resultados que se necesitan, aún reconociendo los esfuerzos constantes que hacen. Mientras los cultivos ilícitos se sigan expandiendo, la minería ilegal sea el lucrativo negocio que es hoy para la guerrilla y otras mafias, mientras el norte del Cauca -y el sur del Valle- continúen siendo el corredor preferido del narcotráfico hacia el Pacífico, la cruenta guerra que afecta a la población no acabará.

El problema no es solo del Cauca o de Nariño donde la situación es igual o peor. Que no se nos olvide que municipios como Buenos Aires limitan con el Valle, están en las goteras de Cali y que la ciudad como la principal capital del suroccidente colombiano se ha convertido en epicentro de operaciones de esas organizaciones criminales, receptora de su violencia y por igual de quienes huyen desplazados por ella.

Por ello no hay lugar a la indiferencia, debemos convertirnos en factor de presión constante para que el Estado cumpla con su deber de imponer la seguridad, proteger a la ciudadanía y hacer la presencia que le corresponde para garantizar el desarrollo que demandan municipios como Buenos Aires y las oportunidades que esperan sus habitantes para no sucumbir a la presión del crimen organizado.

En Colombia hay mucho por qué protestar y hacerlo es un derecho que todos tenemos. ¿Alguien recordó durante las marchas del lunes a los seis muchachos de Buenos Aires asesinados un día antes, a las víctimas de las 61 masacres que se han cometido este año o condenó a las disidencias, a la guerrilla y a las mafias que son las causantes directas de la violencia que azota al Suroccidente y al Pacífico?

Sigue en Twitter @Veperea

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