Enseñar a escribir

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Enseñar
a escribir

Septiembre 24, 2019 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Me refiero a este tema con ocasión de la nueva Especialización en Escrituras Creativas en la que acabo de participar, en la Universidad Icesi, ofrecida a cualquier persona que, por motivos laborales o asuntos de vocación, considere importante desarrollar sus habilidades creativas en el uso de la palabra y la escritura.

Hace ya unos buenos cincuenta años que este tipo de enseñanza se ha ido haciendo popular en el mundo académico. Su origen está en algunos departamentos de literatura de universidades de Estados Unidos (sobre todo en la Universidad de Iowa), donde, a fuerza de llevar a la práctica una serie de preceptos para mejorar la expresión escrita, se llegó a la conclusión de que sí había un material práctico suficiente que podía ser enseñado, y que era de utilidad para quien sintiera la vocación de la escritura.

Pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿Se puede enseñar a escribir literatura? Esto aún está sin responder, aunque es igual en otras disciplinas. A nadie le cabe duda de que es pertinente estudiar dibujo y anatomía cuando se quiere pintar, sin que esto implique que el alumno está estudiando para ser Picasso o Van Gogh. No. La parte artística, el elemento agregado que proviene del misterioso don del talento, es algo que jamás podrá ser provocado en un aula de clase, pues, entre otras cosas, en las aulas se da una enseñanza no individual, sino a un grupo de personas disímiles, con experiencias de la vida y del mundo diferentes y, sin duda, con vocaciones y talentos que no pueden ser uniformizados. Cada uno, luego, dará una lectura especial a esa habilidad que aprendió o desarrolló en grupo y hará con ella lo que pueda, yendo tan lejos como sus aptitudes se lo permitan.

Un caso sobresaliente es el escritor norteamericano Raymond Carver. Se puede decir que Carver es uno de los primeros productos de estos talleres literarios y de lo que hoy llamamos ‘escritura creativa’, que él frecuentó no sólo en Iowa. En ellos Carver aprendió a tomarle el pulso a sus propias historias, a editar y mejorar, y sobre todo se inoculó algo primordial para un escritor que es la vocación, es decir la capacidad de entrega y disciplina que todo creador necesita para llevar a término una obra literaria. Más aún si se trata de un libro de cuentos o una novela, que tienen muchas páginas y alguien debe, pacientemente, escribirlas. Porque sin vocación, incluso el talento más grande naufraga.

Fue el caso de Álvaro Cepeda Samudio, un enorme talento, pero privado de vocación. El resultado fue que su obra literaria, diminuta y genial, nunca llegó a brillar lo suficiente como para hacer de él el inmenso escritor que era. Cepeda Samudio prefirió la vida social, ser el director del diario El Heraldo de Barranquilla y codearse con los artistas y escritores de su época, y lo poco que escribió fue por estar recluido en un hospital, luego de una operación.

El talento sin vocación, repito, es tan estéril como su contrario: la vocación sin talento, siendo esta última la más común. Por eso un taller de Escritura es tan útil. En él no se aprende a ser Hemingway, pero se adquieren los hábitos y las herramientas que podrían permitir llegar a serlo, empezando por el modo de leer a los grandes clásicos de la literatura. Porque toda creación, por espontánea que sea, está siempre basada en la tradición.

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