El irlandés

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El irlandés

Diciembre 10, 2019 - 11:55 p. m. Por: Santiago Gamboa

Acabo de verme de un tirón las tres horas y media de esta última película del director Martin Scorsese, que recordaremos como el genio del cine de gángsters en EE.UU.

Grosso modo es la historia de Frank Sheeran, asesino a sueldo, sicario de la mafia y mafioso ambivalente (con escrúpulos) interpretado por un Robert De Niro al límite de la fe, que sobrevivió a una de las épocas más violentas de la mafia, los años 60. Década dura y repleta de historias, pues Sheeran fue además la mano derecha del sindicalista Jimmy Hoffa, representado por un Al Pacino también vespertino, y con otro actor que, la verdad, me dio una alegría inmensa volver a encontrar, Joe Pesci, ese malandrín nervioso que siempre mete en líos a sus compañeros en filmes ya clásicos como Goodfellas, de 1990, o Casino, de 1995, o su entrañable personaje de mafioso de pacotilla en la serie de Arma Letal. Como si lo anterior fuera poco, aparece también Harvey Keitel, inolvidable en películas de Scorsese como Mean Streets y Taxi Driver.

Un elenco de viejas glorias que es a la vez ejemplo para todo creador por algo que considero fundamental: la lealtad del trabajo con los compañeros de ruta, los de toda la vida, en una obra que por eso mismo se vuelve grupal, un golpe de dados de toda una generación, como diciendo “tenemos el sol en las espaldas, pero aquí estamos”. Scorsese y De Niro, Pesci y Keitel. Por un momento pensé que aparecería Ray Liotta. Y eso me pareció hermoso y noble. Importante. Como diría León De Greiff: “Una fábrica de crepúsculos con arreboles”.

La primera frase es absolutamente genial: “Cuando era niño creía que los pintores de casas pintaban casas”. A partir de ahí la narración sube y baja y, como en todas las películas de Scorsese, acaba volviéndose Historia, la realidad de esos años interpretada por el film, así que vemos la incómoda irrupción de Fidel Castro en la apacible vida habanera de la mafia italiana de Estados Unidos, o la elección de Kennedy y su asesinato, el propio ascenso de Hoffa, sus años de poder y luego los de reclusión, hasta su final triste, en fin, episodios reinterpretados a la luz de una gran obra hecha con el arte del viejo cine, es decir largos diálogos, expresiones y miradas fuertes, escenas entrelazadas y personajes desarrollados hasta el fondo.

Lo único que lamenté fue no haberla visto en un cine, pues las producciones de Netflix vistas en televisores HD producen un extraño efecto presencial. Como si uno estuviera en el set viendo a los actores bajo la luz natural o luz de ascensor. Sin filtros. Casi se les ven los vasos capilares, los poros, las venas. Hay algo en la mirada de De Niro, esa maravillosa mirada, que parece apagado, como si le faltara un bombillo por dentro. Los maquillajes usados para variar la edad se ven muy exagerados en ese ambiente tan directo y toda la ropa parece nueva, por muy viejo estilo que sea. Las arrugas impresionan un poco y la piel se ve de varios tonos.

Pero hay más, pues la híper realidad opera también con las cosas, que se ven demasiado luminosas, como de museo del Vintage. Pero de cualquier modo es un film de Scorsese, una obra de arte que indaga sobre el paso del tiempo, las lealtades y la traición, la soledad y la amistad.

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