Los libros de la vida

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Los libros de la vida

Enero 10, 2021 - 06:30 a. m. Por: Santiago Cruz Hoyos

Es cierto que los libros cambian vidas. Yo puedo dar testimonio de ello. El libro que me cambió la mía se llama ‘Sentir que es un soplo la vida’, del cronista antioqueño Juan José Hoyos. Aún lo conservo como un tesoro, no importa que varias de sus hojas estén desprendidas.

El libro lo conocí gracias a un profesor que también me cambió el destino. En la Universidad Autónoma tenía fama de ‘cuchilla’, pero yo lo que veía desde el pupitre era a un hombre apasionado por el periodismo cuyo único objetivo era que sus estudiantes ejerciéramos a cabalidad el oficio. Germán Ayala, se llama.

En su clase, Prensa I, Germán nos comenzó a revelar a los grandes maestros del periodismo en Colombia y el mundo. Nos hablaba del poeta Gonzalo Arango, del cronista Germán Castro Caycedo, de García Márquez, Tom Wolfe, Gay Talese y Truman Capote, leíamos a Daniel Samper, a Heriberto Fiorillo, a Ernesto McCausland, a Ximénez, hasta que llegamos a Juan José Hoyos. Germán nos recomendó una crónica de título poderoso: ‘Los muertos fuimos cinco’, que se encontraba en la página 145 de ‘Sentir que es un soplo la vida’.

Como el libro no se conseguía en Cali, mi tía, Margarita María Cruz, quien me regaló el privilegio de estudiar en la universidad, y cumplir el sueño de ser periodista, también me regaló el libro. Ella, gracias a un contacto en Buga, lo encargó a la editorial de la Universidad de Antioquia.

Cuando llegó a mi casa, en un sobre de manila, y como se trata de una recopilación de crónicas periodísticas, arranqué a leerlo por esa página 145. Era la historia de Esmar Agudelo, un campesino que había sido testigo de una masacre.

Recuerdo que apenas comencé a leer el corazón se me quería salir. Sentía la angustia de Esmar, quien podía ver todo lo que hacían los asesinos ya que le habían tapado la cara con una camiseta de algodón muy usada. Vio cómo uno de los verdugos se acercó hasta donde él estaba para pegarle un peinillazo en la nuca. Después le pegó otros dos, uno en cada hombro.

Esmar alcanzó a ver por la camiseta cuando el asesino se agachó para sacar la puñaleta. Le metió tres puñaladas más en el pecho. Después escuchó que varios hombres se rieron cuando el asesino dijo: “voy a dañarle la jeta a este hijueputa”. Esmar sintió un peinillazo en la boca y se desmayó. Fue cuando se hizo el muerto.

Una vez los asesinos se descuidaron, entraron a un rancho por unas palas, Esmar dice que cayó en la cuenta de que estaba vivo y empezó a correr. Pero no era capaz de guardar el equilibrio. La cabeza le podía. Se le iba para los lados. Hasta que logró meterse en la montaña.
En ese punto solté el libro. La historia estaba tan bien narrada, que era como si yo fuera el campesino a quien le habían dado un machetazo en la boca, el hombre a quien su cabeza se le iba para los lados. Sentir lo que sentía la víctima era una manera de entender mi país. Sentir que es un soplo la vida.

Cuando terminé de leer la crónica me dije: “yo quiero hacer lo que hace Juan José Hoyos, contar historias para ayudar a entender”. Entonces deseché para siempre esa idea de dedicarme solo al periodismo deportivo. Como amo el fútbol, pero soy muy malo jugando, entendí que una manera de estar cerca de ese amor era el periodismo. Sin embargo, cuando leí a Juan José, esa idea se ensanchó: quería ser periodista, sí, pero no solamente para dedicarme al deporte.

Lo reafirmé cuando cogí el siguiente libro que tenía sobre la cama y leer otra de las crónicas que nos había recomendado en clase Germán: Caracas sin agua, de García Márquez. El texto hace parte de la Antología de Grandes Reportajes Colombianos, seleccionados por Daniel Samper Pizano.

Gabo describe con tal detalle la escasez de agua en Caracas en 1958, que se me secó la boca mientras leía y no tuve más remedio que dirigirme a la cocina a tomar un sorbo. Mientras bajaba las gradas pensaba: los buenos libros, es cierto, le cambian la vida a sus lectores.

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