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La odisea de El Telégrafo 1

Abril 18, 2021 - 06:30 a. m. 2021-04-18 Por: Santiago Cruz Hoyos

Hace 100 años, a las 9:35 a.m. del 21 de abril de 1921, aterrizó el primer avión en Cali. Se llamaba El Telégrafo 1, y estaba piloteado por Ferruccio Guicciardi Romani, un italiano de 25 años que dejó enamoradas a las caleñas, pero quien consideraba el matrimonio como “una incógnita más dudosa que 200 km entre nubes sin ver tierra”. Por lo menos fue lo que le dijo al periodista de El Relator que lo entrevistó tras el aterrizaje, y que firmaba sus notas como ‘Frou Frou’.

La historia me la contó Hugo Suárez Fíat, el fundador de Caliwood, el Museo de la Cinematografía, quien desde sus días de vicepresidente del Museo del Transporte, hace dos décadas, se ha dedicado a reconstruir aquel 21 de abril de 1921, sobre todo ahora, cuando se cumple el centenario de la llegada del primer avión. Su obsesión lo llevó a contratar estudiantes de universidad para que digitalizaran cuanto recorte de periódico existe sobre la noticia, la más esperada por los caleños en la época.

Tanto que en la ciudad se ofrecían dos premios, uno concedido por el Concejo y dotado con $200 oro, y otro entregado por el Gobernación, de $500 oro, “para el primer aviador que aterrizara en la capital del Valle”.
El acontecimiento era inminente. En marzo de 1921 se anunció que el avión ‘Antioquia’, conducido por un piloto llamado Machaux, tenía planeado despegar desde Medellín, hacer escala en Cartago para proveerse de gasolina, y seguir hacia la ciudad para alzarse con el premio.

Ese día los caleños se dirigieron al campo de Versalles, al que se le llamó Aeródromo de Long Champ, “impacientes por recibir esta emoción de la vida moderna”, se leía en los periódicos. “Si el avión Antioquia sale, la ciudad habrá quedado vacía”.

Pero el avión no despegó. Lo impidieron los aguaceros de marzo. Días después, cuando ‘Antioquia’ por fin llegó a Cartago, y luego tomó vuelo hacia Cali, chocó contra un tronco, despedazándose. Los pilotos se salvaron, y la ciudad, de nuevo, se quedó con la fiesta hecha.

Mientras tanto, en Pasto, el capitán Ferruccio Guicciardi anunciaba que emprendería la hazaña. Él era un piloto que había estado en la Primera Guerra Mundial. Según el periodista de El Relator que lo entrevistó, exhibía una herida en la sien izquierda, ‘como una medalla de honor’.

“En una lucha recibí esta herida, a 3.000 mts. Logré bajar dirigiendo mi avión con la mano izquierda. En otra ocasión, iba en servicio de exploración en el campo austriaco, cuando un cañonazo me dañó tres cilindros del motor. Tuve la fortuna de planear y caer en las trincheras italianas. Estas acciones están resumidas en la Cruz de Guerra, una medalla de bronce y otra de plata, con que Italia premia el valor militar”, dijo.

Ferruccio venía haciendo vuelos en América, primero en Cuenca, Ecuador, después Río Bamba y Quito, hasta llegar a Pasto y Cali, donde lo recibieron como un héroe, tal vez porque estuvo a punto de morir. Cuando sobrevolaba Popayán, el motor del avión dejó de funcionar.
“Empecé a bajar, hasta dar con las nubes, en donde no veía nada. Seguí bajando sin saber dónde iría a parar, viendo el altímetro, y con temor de chocar contra algún picacho. Cuando estaba a 2.200 metros volvió a funcionar el motor”. En ese momento recordó a Da Vinci: “Y si estás solo, serás todo tuyo”.

Pese a esas anécdotas, le sorprendía la confianza de la gente hacia la aviación. En cada pueblo donde aterrizaba no había persona que no quisiera volar. “Cuando llegué a Cuenca, los indios, que al principio pensaron que el aparato era de mal agüero y pusieron cruces para que no se dañara la cosecha, empezaron a acercarse y hubo muchísimos que se sentaban frente al aparato a mirarlo y remirarlo”, le contó a ‘Frou Frou’.

Cuando el avión aterrizó en Cali, El Relator publicó: “Entre delirantes aclamaciones nunca presenciadas, acaba de aterrizar el biplano Telégrafo, ha desatado ovación gigantesca”.

El domingo 24 de abril se realizó un festival en el aeródromo para ver a Ferruccio pilotar de nuevo el aparato, y cobrar una entrada para pagar “los considerables gastos” del viaje desde Pasto. La ciudad quedó vacía.

Días después Ferruccio anunció un viaje a Palmira, aunque debido a un neumático pinchado llegó tarde (para arreglar la llanta la rellenó con pasto, según investigó Hugo Suárez) y la demora hizo que los palmiranos en vez de celebrar el acontecimiento, lo abuchearan.

La historia terminó cuando Ferruccio se estrelló contra un barranco mientras aterrizaba en Manizales. Salió ileso, y los restos del avión fueron llevados a lomo de luma hasta Flandes, aunque Hugo Suárez recuperó el altímetro, que se exhibe en Caliwood, el Museo de la Cinematografía.

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