26 niños muertos en La Guajira

Enero 23, 2022 - 06:30 a. m. 2022-01-23 Por: Santiago Cruz Hoyos

Chichi me dice que, en la cultura Wayuu, avistar un zorro es señal de que algo malo va a ocurrir. Hace unos años le sucedió. Iba por el desierto con su hermana cuando vieron al animal. Al siguiente día murió su abuela.

Chichi también me cuenta que el cielo es fuente de señales para los indígenas Wayuu. Cuando hay muchas estrellas es porque habrá abundancia de pescado, la base de su alimentación. Si se acaba el pescado, recurren a la carne de chivo, símbolo de poder adquisitivo en la comunidad. Entre más chivos se tenga, más rico el clan. Los chivos funcionan, en algunos casos, como en los matrimonios, como moneda.

Es un jueves de enero, al atardecer, el cielo se torna rojo, y Chichi me cuenta todo ello mientras un grupo de turistas la acompañamos precisamente a arrear al rebaño de chivos de su ranchería, ubicada en Punta Gallinas, en el extremo norte de La Guajira. Más tarde nos enseñará las danzas Wayuu, donde la mujer siempre bailará hacia adelante, el hombre hacia atrás, y si se cae, es señal de que será un esposo irresponsable. Chichi lo explica y se sonríe.

Ella hace parte de una minoría: los indígenas Wayuu que cuentan con seguridad alimentaria y acceso a la educación. Chichi estudia el bachillerato en Uribia, la capital indígena de Colombia, a unas cuatro horas de Punta Gallinas, después estudiará enfermería y gracias a esa educación se ha librado de algunas costumbres, como que la mujer Wayuu está obligada a casarse. También se encarga de ser la traductora de los turistas franceses que visitan la zona, donde el desierto y el mar ofrecen lo que deben ser los paisajes más bellos de Colombia: cielos muy azules, atardeceres muy naranjas, dunas y playas solitarias que si fueran más conocidas estarían en las listas de las mejores del mundo.

Sin embargo, la realidad de los niños y adolescentes de la comunidad Wayuu es muy distinta a la de Chichi. Según la Defensoría del Pueblo, entre el 1 de enero y 4 de septiembre de 2021, se notificaron 26 niños muertos por desnutrición en La Guajira, la mayoría indígenas. En toda Colombia fueron 115 los niños que murieron de hambre, y según lo advierte la Defensoría, tanto en el país, como en La Guajira, las estadísticas son mayores. No son pocos los niños que mueren en sus casas de hambre sin que sean noticia.

Parte del problema está en la corrupción con la que se maneja el departamento. Pese a la riqueza en minerales de la Guajira, sobre todo sal y carbón, los beneficios económicos no llegan a las comunidades.
Para hacerse una idea, solamente el tren que se avista camino a las rancherías, y que tiene como destino El Cerrejón, una de las minas de carbón a cielo abierto más grandes del mundo, transporta 16 mil toneladas del mineral, en 150 vagones. Y sin embargo persiste el hambre.

Camino al Cabo de la Vela, para poner otro ejemplo, está Manaure, el municipio más importante del país para la explotación de sal marina. Al año allí se extraen un millón de toneladas de sal. Pero a las comunidades apenas les pagan $50 mil por cada tonelada, y el proceso, explica el guía, puede tardar dos meses. “La gente trabaja en las salinas más por sobrevivir y por cultura, que para hacer dinero. Con esos precios a los que se paga la sal jamás se saldrá de la pobreza”, dijo.

Otra de las razones del atraso y el olvido de la Alta Guajira son también algunas leyes Wayuu, que no permiten la inversión privada por parte de los ‘arijunas’, es decir los extranjeros o quienes no hagan parte de su comunidad. Si el gobierno desea invertir en la zona también debe pedir permiso, hacer una consulta previa. Aunque las leyes Wayuu son también excusa de los políticos de turno para desviar los recursos.

Chichi cuenta entonces el origen de los ‘peajes’ que montan cientos de niños desde el Cabo de la Vela hasta Punta Gallinas. Con una cabuya detienen a los carros de los turistas, que de alguna manera reemplazan al Estado: reparten bolsas de agua, papeletas de café, libras de arroz, panela, pan, galletas, salchichas, cuadernos, colores, a cambio de que los niños bajen las cuerdas y continuar el camino. Algunos de esos niños solo comen gracias a lo que llevan los turistas. En pleno 2022 no es admisible que sigan muriendo niños de hambre. Es cuestión de girar la mirada hacia ellos. En la Alta Guajira, un viaje que ningún colombiano debería perderse, dicen que el último presidente que los visitó fue Gustavo Rojas Pinilla.

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