¿Diké o Hybris?

¿Diké o Hybris?

Julio 29, 2018 - 09:47 a.m. Por: Pedro Medellín

Decían los griegos que el destino tenía dos caras: una que era la diosa Diké (justicia), que es “la fuerza que ordena las partes haciendo que cada cosa ocupe su lugar y desempeñe la función que le corresponde”; Y la otra cara que era la fuerza opuesta, Hybris (desmesura), que “provocaba que las partes cambiaran o excedieran el lugar que les había sido asignado”, rompiendo la armonía del todo. Y que el ritmo del cosmos estaba determinado por una lucha entre Diké y Hybris, entre el orden y el desorden, entre la armonía y la desproporción.

Y en Colombia pareciera que Hybris no le permite reaccionar a Diké. La desmesura se impone en todas las dimensiones. En la política, la conducción del Estado, la resolución de los conflictos, la regulación de la vida cotidiana. Aquí el desorden y la desproporción están por encima de todo. Incluso si hay un gran caso de conmoción social, un asesinato o el drama de una población, todo parece estar regido por la desmesura.
Fenómenos como la violencia o la corrupción desbordan los límites de lo imaginable.

Por eso, la ausencia de justicia impide que las cosas ocupen su lugar. Que la sociedad valore el papel de los jueces y su esfuerzo por que cada cosa realice la tarea que le corresponde, y cumpla con la función que le ha sido asignada. La fuerza de Hybris es de tal magnitud que también ha arrastrado consigo a Diké. La ha llevado a que, incluso en su propio interior, sea la desmesura la que la controle a la acción de los jueces.
Por eso hemos llegado a un lugar en el que a la sociedad colombiana le da más valor a la riqueza, sobre todo si es obtenida de una manera más o menos rápida. Y como diría el propio Platón, “entre más se valora la riqueza más desestimable es la virtud”. Y en esa búsqueda desmedida de riqueza, los individuos tienden a desobedecer a las leyes llegando incluso hasta tergiversarlas para alcanzar sus objetivos. Son las sociedades en las que la acción política, privilegia a los más fuertes y, en su afán de atender los requerimientos de notoriedad y honor de quienes los gobiernan, terminan aceptando sus acciones y decisiones como un dictado de sus deseos, alterando todas las jerarquías institucionales y los sistemas de control social.

La fuerza de Hybris ha sido tan arrasadora, el centro de todo el poder se ha alojado en la persona del Presidente. La desmesura en las reformas, la falta de autocontrol en los límites de poder asignado han llevado a que el Presidente (no como institución) sea el que define paso a paso qué le compete al Estado y qué no le compete; qué es lo público y qué es lo que debe ser privado; qué es lo estatal y qué no debe ser. Y desde finales de los 90, bajo la forma de un presidencialismo plebiscitario, la concentración de poder comienza a imprimir un distintivo bien determinado al nuevo tipo de Estado que está emergiendo: el Estado timocrático. Es decir, un Estado gobernado por un hombre timocrático que, como lo describiera Platón, se debe exclusivamente guiado por la ambición de mando y el deseo de acumular honores.

Ahora que comienza un nuevo gobierno, y que se plantean los grandes desafíos del momento, y que el nuevo equipo hace todos sus esfuerzos por establecer una escala de prioridades para atender, sin duda la necesidad de restablecer el orden emerge como la mayor de las prioridades.

Y para que la búsqueda sea viable, la autorregulación del poder va a tener que comenzar por la propia persona del presidente. Más allá de sus sueños, sus metas o sus compromisos, la obligación de cumplir estrictamente con las funciones que se le asignen y de hacer valer las reglas de juego que se le han impuesto, son las que garantizan que cada cosa vuelva a ocupar su lugar. Su poder no está por encima de la justicia, ni el cumplimiento de sus compromisos está regido por la desmesura. Actuar en consecuencia, sería la mejor de las señales para la sociedad. El camino está libre.

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