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'¿Oh, qué será?'

Enero 07, 2021 - 11:40 p. m. Por: Ossiel Villada

Por allá en 1981, mucho antes de convertirse en un feroz e incendiario defensor de Donald Trump, un genial músico neoyorquino, hijo de inmigrantes boricuas, escribió unas profundas líneas que dicen más o menos así:

“Yo creo en muchas cosas que no he visto. Y ustedes también, lo sé. No se puede negar la existencia de algo palpado, por más etéreo que sea. No hace falta exhibir una prueba de decencia de aquello que es tan verdadero. El único gesto es creer. O no. Algunas veces, hasta creer llorando…”.

Willie Colón, quien en esa época profesaba simpatía por las ideas de la izquierda latinoamericana, introdujo con esas palabras su bellísima versión de una canción que había sido compuesta en 1976 por un hombre perseguido por la dictadura militar de su país, Brasil.

Chico Buarque de Hollanda, poeta, dramaturgo, alquimista de la palabra, escribió ‘A flor da terra’ como parte de una trilogía de canciones para el filme ‘Doña Flor y sus dos maridos’, basado en la gran novela de su compatriota Jorge Amado.

Pero desde el día en que la escribió hasta hoy, nadie ha podido descifrar a qué se refería exactamente Chico con la insistente pregunta que hila esa obra maestra: ‘¿Oh, qué será…?’.

Él mismo, al ser consultado en alguna ocasión, dijo que no tenía nada que explicar y que cada quién debía hacerse su propia idea.

Con el tiempo surgieron todo tipo de interpretaciones: unas dicen que la canción exalta el espíritu de rebeldía que la dictadura nunca lograría confiscar. Otras ven en ella un retrato del amor. Y quienes conocimos primero la versión salsera antes que la original, nos quedamos con la interpretación mística que le dio Willie en sus líneas. Sí, seguramente Chico hablaba de Dios. O del 'alma' de las cosas.

Ya había olvidado esa melodía, en realidad. Pero volví a la pregunta misteriosa de Chico después de que, en una de estas noches de año nuevo, Luciana, con el desparpajo de sus 5 años, me lanzó una pregunta críptica: “Tata, ¿y qué es un alma?”.

Lo hizo después de ver ‘Soul’, la nueva película animada de Disney de la
que todos hablan y cuyo guion se basa en preguntas que desvelaron a hombres como Platón, Nietzsche, San Agustín o Rimpoché, buscando respuestas al sentido de la vida desde las orillas de la filosofía y la fe.

No sin angustia, de inmediato recordé aquella tarde en que su hermana mayor, Laura del Mar, me había lanzado otra pregunta del mismo calibre con la insolencia de sus 8 años: “Pá, ¿cómo se hizo Dios?”.

Alguna cosa medianamente creíble me sacó del embrollo en el momento. Pero después, recordando las preguntas de mis hijas, caí en la cuenta de que hace ya no sé cuanto me contagié de una grave enfermedad que afecta a todos los que veo a mi alrededor.

La llamo ‘ceguera interior’. Un terrible mal que nos hace expertos en ver y juzgar al mundo y a los demás, pero que nubla por completo la habilidad de hacernos preguntas importantes. Sobre todo aquellas que tienen que ver con nuestra esencia más profunda y la forma en que se  conecta con el resto del Universo.

Un mal que borra gradualmente de nuestro ‘disco duro’ la capacidad de hacernos preguntas con claridad y franqueza sobre lo que somos y lo que hacemos con el breve tiempo que se nos concedió en la tierra, sustituyéndolas por preguntas de trámite que no conducen a nada: ¿Quién ganará las elecciones? ¿Quién él próximo campeonato? ¿Qué influencer se divorció? ¿A quién ascendieron?

Y no es que estas cosas pequeñas no importen —porque finalmente la vida es la mezcla de la mañana hermosa, el alma de la rosa, la cocaína y el puré, qué le vamos a hacer—, sino que deliberadamente elegimos el camino de volvernos ciegos ante las preguntas críticas.

Y encontramos excusas para justificarnos porque creemos firmemente que lo que nos define es ese trabajo que nos da estatus. O todo ese bienestar material que hemos alcanzado. O el círculo de amistades que nos rodea. O la ideología que nos impulsa a dar lecciones de vida y de gobierno a los demás.

Tanto nos perdemos en los asuntos caóticos de allá afuera, que incluso llegamos a ser incapaces de ver la llama que nos legaron al nacer y que todavía arde adentro. Y se hace realidad la clara advertencia que nos lanzó  el maestro Álvaro Mutis en su Canción del Este:

"A la vuelta de la esquina te seguirá esperando vanamente ése que no fuiste, ése que murió de tanto ser tú mismo lo que eres. Ni la más leve sospecha, ni la más leve sombra te indica lo que pudiera haber sido ese encuentro. Y, sin embargo, allí estaba la clave de tu breve dicha sobre la tierra".

En este inicio de año, cuando la nube tóxica de las noticias apenas si deja respirar, quizá valga la pena volver a mirar hacia adentro. Girar menos en torno al poder y vibrar más en torno al ser. Es lo que intento hacer por estos días, en los que resulta indispensable encontrarle un nuevo sentido a la palabra 'confinamiento': volver a la melodía de preguntas que sí importan. ‘¿Oh, qué será?’.

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