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Música y cobardía: extrañas protagonistas de las guerras
Se acabaron los enfrentamientos por honor. Entre los drones y los sicarios desaparecieron los rivales que fueron exaltados por la literatura.
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5 de jul de 2026, 12:51 a. m.
Actualizado el 5 de jul de 2026, 12:51 a. m.
Con un grupo con el que hacemos ejercicio, acostumbramos a proponer en Spotify músicas diferentes en cada sesión. Recientemente, una compañera propuso clásicos de la música francesa. Fue así como, en medio de canciones conocidas de Edith Piaf, Charles Aznavour, Jacques Brel y otros, aparecieron melodías novedosas para nosotros.
Era la música de la Revolución Francesa, canciones como Ca ira (“Ah, todo irá bien, los aristócratas a la hoguera”, dice uno de sus versos) o La Carmagnole (“Amigos, no temamos a nuestros enemigos, si vienen a atacarnos los volaremos” es el estribillo) lo que hacía inevitable no imaginar el pueblo galo enardecido cantándolas en las plazas hasta derrocar la monarquía.
Conversábamos entonces del papel de la música en las guerras. Escuadrones de soldados en campos europeos tocando las marchas militares en medio del fragor de las batallas. Los tambores marcaban el paso, las cornetas ordenaban la intensidad, todo para que el espíritu de los combatientes se mantuviera en alto y el nacionalismo o el afecto por el régimen tuviera un motivador especial en los himnos o en las canciones que entonaban los músicos guerreros, muchos de ellos depositarios de sus vidas en el campo de batalla.
La música también buscaba asustar al enemigo. Era el himno del poderío. Basta recordar las películas de vaqueros en el oeste americano. El teatro se transformaba cuando, en medio del asedio cherokee, se escuchaba el sonido de la trompeta. Llegaban los federales y los indígenas echaban marcha atrás en sus caballos pintos. Ahora, cuando el héroe era Gerónimo o Toro Sentado, jefes de las tribus, también era dramático el sonido de sus tambores en las noches previas. Los cueros de la percusión hablaban y transmitían temor.
¿Qué se hizo la música en la guerra? ¿Qué pasó con aquella melódica protagonista que acompañaba la estrategia militar, el armamento y el valor? Se redujo a sonar en actos protocolarios porque la guerra cambió su esencia. La infantería ha sido sustituida por vehículos rápidos, al punto que el protagonista de hoy son los drones.
Esta semana escuché una conferencia sobre las relaciones internacionales que emprenderá el nuevo presidente de Colombia. Se resaltaron tres países como aliados en la lucha contra la subversión: Estados Unidos, Israel y Ucrania. La razón de los dos primeros es obvia por su largo recorrido en tecnología militar, ¿pero Ucrania? Pues a raíz de la guerra con Rusia, Ucrania se convirtió en experto en diseños de drones y en el escudo para protegerse de estos.
Los valientes de antes han ido quedando sustituidos por fríos operarios que manejan desde su computador vehículos no tripulados que recorren miles de kilómetros hasta lograr su cometido: matar, bombardear, afectar. Cada vez que escuchamos que en las montañas del norte del Cauca o en el Catatumbo un dron mató soldados, policías o campesinos, es inevitable pensar en la cobardía del ataque. Sorpresivo, silencioso, sin darle oportunidad a la víctima de protegerse o de enfrentar a su contrincante, como era antes; la tecnología hoy se puso al servicio de los cobardes poderosos. Estimularlos con himnos patrióticos suena cursi en el Siglo XXI.
Se acabaron los enfrentamientos por honor. Entre los drones y los sicarios desaparecieron los rivales que fueron exaltados por la literatura. Ni siquiera el marido cornuto enfrenta al ladrón de su amor; contrata un sicario que silencia para siempre al gigoló. Se queda sin valorar la canción de Silvio Rodríguez: “La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí”.
De esos protagonistas, la música, no la de protesta, sino la que acompaña el pundonor de los valientes, perdió la batalla. La cobardía le cogió ventaja.
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